internos la más mínima actitud de intimidad por estar no solo terminantemente prohibida, si no también reprimida, y que hubiera dado lugar a comentarios poco piadosos tanto de profesores como discípulos.
Concluida la despedida, el cura Andrés miró su reloj, se cercioró de que andaba justo de tiempo para coger La Rápida, el coche de línea que debida llevarle aquella misma tarde a Villarejo, así que subió a su cuarto, se cambio su sotana de trabajo por la nueva que le había proporcionado el Seminario, se caló su sombrero clerical de ala redonda, se abrochó su vestimenta talar, cogió una maleta en cada mano, descendió hasta el claustro del caserón y en silencio, rehuyendo cualquier nueva comunicación con los internos del establecimiento salió por su puerta principal, en la pequeña colina sobre la hoz del Huecar, bajo el puente de San Pablo y con paso rápido abordó el camino que serpenteaba junto al modesto riachuelo tributario del Júcar, marchando hacia la calle República Argentina, en la parte nueva de la población, donde tenían su garaje y punto de partida los coches de línea de la empresa “La Rápida”.
En su andar firme y resuelto, pulcramente afeitado, tocado con sombrero clerical, calzado con austeros negros y duros zapatos Segarra, la imagen del cura Andrés traslucía el aspecto de un joven gañán de buena alzada y anchos hombros, brazos largos que se intuían musculosos, facciones regulares, ligeramente aniñadas, mejillas manifiestamente sonrosadas, producto quizá de las heladas y escarchas que en el invierno atacaban el desabrido edificio que hasta ese momento había sido su hogar. Si hubieran desvestido al cura Andrés de su ropaje eclesial, se hubiera visto la efigie de un mozarrón de buena planta, proporcionado de tronco y extremidades, espécimen que en el Renacimiento no
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hubiera desechado Miguel Ángel como modelo de un David, y por el que cualquier moza en edad de merecer hubiera suspirado por tenerle como compañero sentimental.
Llegó con unos quince minutos de antelación a la hora oficial fijada para la salida del coche que hacia el trayecto hasta Villarejo, preguntó a un empleado cual de los vehículos en aquel momento estacionados en el garaje y rodeados de gente era el que le correspondía, se lo señalaron y le añadieron
-Y Sr. Cura ya puede usted entregar las maletas para que se las coloquen en la baca, advierta que va hasta Villarejo que es el final del trayecto ¿Lo sabe?
-Sí gracias, muy amable.
Hizo caso el cura Andrés, se aproximó al coche y la gente que en ese momento se encontraba junto a la escalinata de acceso a la baca, se apartó dejando paso preferente al Sr. Cura, al notar esta actitud Andrés, se sintió algo cohibido y a media voz, se manifestó.
-Por favor señores, de ningún modo, yo guardo mi turno como cualquiera de ustedes y además voy al final del trayecto, de verdad que se lo agradezco a todos, pero me sentiría avergonzado de una deferencia que no viene al caso.
En eso, desde la baca, el cobrador que estaba recogiendo y ordenando las maletas, le grita.
-“ ¿Usted debe ser el nuevo cura que mandan a Villarejo? ¿No?, pues venga “pa cá” su equipaje hombre de Dios, que “tos” estos están mu agradecios de viajar hoy “bendecios” por “usté”, cuando estemos pasando el puerto Cabrejas hace usté un rezo para que no le fallen los frenos al conductor y tos contentos, venga hombre de Dios, venga, y súbase ya al coche, y asiéntese en el que hay junto al chófer que es el más conveniente, to el mundo quie viajar ahí. Así que no se hable más y hágame caso que si no tos estos se quedan más paraos que una piedra. ¡Y no se olvide el rezo!
-Por Dios hombre vaya compromiso en que me pone usted – Respondió el cura Andrés mientras elevaba sus maletas hacia la baca, procurando que le oyeran los que estaban a su alrededor
– Muchas gracias, de verdad, pero sinceramente todo esto no hacia falta, han sido ustedes muy amables.
Subió el cura Andrés al coche, se sentó donde le había recomendado el cobrador, extrajo de un bolsillo de su sotana un breviario e inició su lectura, mas por deseo de pasar inadvertido en los minutos que faltaban hasta la salida, que por un verdadero interés en el contenido del libro que ya había memorizado por la infinidad de ocasiones en que hubo de leerlo.
Poco a poco a poco fue llenándose el desvencijado vehículo y cuando quedaban cuatro o cinco asientos libres, apareció el chófer que digiriéndose a tanto a los viajeros que subían al mismo, como a los que esperan para hacerlo, les dijo.
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-Hasta que salgamos de Cuenca tienen que dejar libres los dos asientos de la primera fila por si nos acompaña una pareja de la guardia civil, si no hay bastante sitio, los que bajen en las primeras paradas que vayan de pie, toos los días de Torrejoncillo pa lante solo se ocupa la mitá.
No apareció aquella tarde la escolta esporádica y el coche, y como era su rutina inició su bamboleante andadura con el sonoro crujir de toda su estructura de madera, y para dar mayor impresión de normalidad, con los diez minutos de retraso tradicionales. Se encaminó hacia el cauce ciudadano del Júcar, cruzó el puente y comenzó su recorrido por la carretera N-400, en donde anduvo los doce primeros kilómetros, hasta el punto en que el chófer tuvo que reducir marchas y apretar acelerador para obtener del débil y renqueante motor la fuerza necesaria para remontar los repechos del puerto de Cabrejas, para seguidamente retenerlo en las rampas en descenso. Este tramo aún discurría por las estribaciones de la sierra de Cuenca, allá por donde se asegura nace el Guadiana en un paisaje agreste y densamente cuajado de pinos resinosos y piñoneros que proporcionaban al viajero curioso amenidad en la marcha. Y para tranquilidad del cura Andrés, sin que durante el recorrido por el peligroso trecho el cobrador le recordara la condición exigida de un rezo por un buen pasar por allí.
Cruzado el puerto, la campiña fue cambiando de aspecto, después del bosque, las grandes manchas de sotobosque, sotillo y monte ralo, alternando con labrantíos, mitad ya con el manto verde brillante del cereal ascendiendo, mitad en barbecho, y según seguía el coche su camino hacia la Mancha conquense, comenzaba a ser la única vista la extensa planicie, de tierra rojiza y suaves oteros, en donde refrescaba la vista contemplar la pujanza de la siembra; de lejano tramo en tramo, un grupo de chopos dejaba constancia que junto a ellos discurría un tenue riachuelo, o que sus ávidas raíces bebían en una charca, una fuente o un pozo rompiendo la sequedad del páramo.
Entre pueblo y pueblo, lo primero que de ellos llegaba hasta la vista del viajero era la cuadrada torre campanario de la medieval iglesia-fortaleza, levantada siempre en lo más elevado del lugar. Dice la historia que la ubicación de estos templos y sus torres nunca fue casual, ya que tanto servían para avisar de acechos y alarmas a la vecindad dispersa en el laboreo, como guía para el viajero, y protección de sus feligreses, cumplían por tanto la función de ser lugar privilegiado para el avistamiento de la llegada de forasteros, tanto si venían en son de paz o en actitud belicosa para solventar querellas surgidas entre los señoríos feudales.
Hacia tiempo que el cura Andrés había dejado de leer su breviario, y aunque lo mantenía abierto entre sus manos, su vista no repasaba las palabras impresas, lo conservaba en esa postura por que le servia de excusa para mantenerse ausente de las conversaciones de sus compañeros de viaje. Velozmente sus pensamientos saltaban de su vida pasada, a las premoniciones sobre su futuro, y así como en una crónica deslavazada, recordaba sus orígenes familiares, los motivos de haber seguido la carrera eclesial, su vocación, su ordenamiento sacerdotal, en especial recordaba con cariño a su madre y su padre, sus juegos y amistades infantiles, el colegio con las clases unitarias y segregadas, y también la duda sobre que recibimiento y acogida tendría entre sus paisanos, y como encararía la sagrada labor que la Divinidad le había encomendado.
Barruntando aquellos pensamientos, sus votos de pobreza, obediencia y perenne celibato, no formaban parte ni de sus nostalgias ni de sus anhelos, los tenia asumidos como algo normal, consustancial con la propia vida, habían calado tan en el fondo de su ser y sentir que no concebía que pudiera ser de otra forma o que ni siquiera existiese
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posibilidad de vivir sin esas reglas que tan machaconamente le tenían inculcado sus preceptores.
Concluida la despedida, el cura Andrés miró su reloj, se cercioró de que andaba justo de tiempo para coger La Rápida, el coche de línea que debida llevarle aquella misma tarde a Villarejo, así que subió a su cuarto, se cambio su sotana de trabajo por la nueva que le había proporcionado el Seminario, se caló su sombrero clerical de ala redonda, se abrochó su vestimenta talar, cogió una maleta en cada mano, descendió hasta el claustro del caserón y en silencio, rehuyendo cualquier nueva comunicación con los internos del establecimiento salió por su puerta principal, en la pequeña colina sobre la hoz del Huecar, bajo el puente de San Pablo y con paso rápido abordó el camino que serpenteaba junto al modesto riachuelo tributario del Júcar, marchando hacia la calle República Argentina, en la parte nueva de la población, donde tenían su garaje y punto de partida los coches de línea de la empresa “La Rápida”.
En su andar firme y resuelto, pulcramente afeitado, tocado con sombrero clerical, calzado con austeros negros y duros zapatos Segarra, la imagen del cura Andrés traslucía el aspecto de un joven gañán de buena alzada y anchos hombros, brazos largos que se intuían musculosos, facciones regulares, ligeramente aniñadas, mejillas manifiestamente sonrosadas, producto quizá de las heladas y escarchas que en el invierno atacaban el desabrido edificio que hasta ese momento había sido su hogar. Si hubieran desvestido al cura Andrés de su ropaje eclesial, se hubiera visto la efigie de un mozarrón de buena planta, proporcionado de tronco y extremidades, espécimen que en el Renacimiento no
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hubiera desechado Miguel Ángel como modelo de un David, y por el que cualquier moza en edad de merecer hubiera suspirado por tenerle como compañero sentimental.
Llegó con unos quince minutos de antelación a la hora oficial fijada para la salida del coche que hacia el trayecto hasta Villarejo, preguntó a un empleado cual de los vehículos en aquel momento estacionados en el garaje y rodeados de gente era el que le correspondía, se lo señalaron y le añadieron
-Y Sr. Cura ya puede usted entregar las maletas para que se las coloquen en la baca, advierta que va hasta Villarejo que es el final del trayecto ¿Lo sabe?
-Sí gracias, muy amable.
Hizo caso el cura Andrés, se aproximó al coche y la gente que en ese momento se encontraba junto a la escalinata de acceso a la baca, se apartó dejando paso preferente al Sr. Cura, al notar esta actitud Andrés, se sintió algo cohibido y a media voz, se manifestó.
-Por favor señores, de ningún modo, yo guardo mi turno como cualquiera de ustedes y además voy al final del trayecto, de verdad que se lo agradezco a todos, pero me sentiría avergonzado de una deferencia que no viene al caso.
En eso, desde la baca, el cobrador que estaba recogiendo y ordenando las maletas, le grita.
-“ ¿Usted debe ser el nuevo cura que mandan a Villarejo? ¿No?, pues venga “pa cá” su equipaje hombre de Dios, que “tos” estos están mu agradecios de viajar hoy “bendecios” por “usté”, cuando estemos pasando el puerto Cabrejas hace usté un rezo para que no le fallen los frenos al conductor y tos contentos, venga hombre de Dios, venga, y súbase ya al coche, y asiéntese en el que hay junto al chófer que es el más conveniente, to el mundo quie viajar ahí. Así que no se hable más y hágame caso que si no tos estos se quedan más paraos que una piedra. ¡Y no se olvide el rezo!
-Por Dios hombre vaya compromiso en que me pone usted – Respondió el cura Andrés mientras elevaba sus maletas hacia la baca, procurando que le oyeran los que estaban a su alrededor
– Muchas gracias, de verdad, pero sinceramente todo esto no hacia falta, han sido ustedes muy amables.
Subió el cura Andrés al coche, se sentó donde le había recomendado el cobrador, extrajo de un bolsillo de su sotana un breviario e inició su lectura, mas por deseo de pasar inadvertido en los minutos que faltaban hasta la salida, que por un verdadero interés en el contenido del libro que ya había memorizado por la infinidad de ocasiones en que hubo de leerlo.
Poco a poco a poco fue llenándose el desvencijado vehículo y cuando quedaban cuatro o cinco asientos libres, apareció el chófer que digiriéndose a tanto a los viajeros que subían al mismo, como a los que esperan para hacerlo, les dijo.
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-Hasta que salgamos de Cuenca tienen que dejar libres los dos asientos de la primera fila por si nos acompaña una pareja de la guardia civil, si no hay bastante sitio, los que bajen en las primeras paradas que vayan de pie, toos los días de Torrejoncillo pa lante solo se ocupa la mitá.
No apareció aquella tarde la escolta esporádica y el coche, y como era su rutina inició su bamboleante andadura con el sonoro crujir de toda su estructura de madera, y para dar mayor impresión de normalidad, con los diez minutos de retraso tradicionales. Se encaminó hacia el cauce ciudadano del Júcar, cruzó el puente y comenzó su recorrido por la carretera N-400, en donde anduvo los doce primeros kilómetros, hasta el punto en que el chófer tuvo que reducir marchas y apretar acelerador para obtener del débil y renqueante motor la fuerza necesaria para remontar los repechos del puerto de Cabrejas, para seguidamente retenerlo en las rampas en descenso. Este tramo aún discurría por las estribaciones de la sierra de Cuenca, allá por donde se asegura nace el Guadiana en un paisaje agreste y densamente cuajado de pinos resinosos y piñoneros que proporcionaban al viajero curioso amenidad en la marcha. Y para tranquilidad del cura Andrés, sin que durante el recorrido por el peligroso trecho el cobrador le recordara la condición exigida de un rezo por un buen pasar por allí.
Cruzado el puerto, la campiña fue cambiando de aspecto, después del bosque, las grandes manchas de sotobosque, sotillo y monte ralo, alternando con labrantíos, mitad ya con el manto verde brillante del cereal ascendiendo, mitad en barbecho, y según seguía el coche su camino hacia la Mancha conquense, comenzaba a ser la única vista la extensa planicie, de tierra rojiza y suaves oteros, en donde refrescaba la vista contemplar la pujanza de la siembra; de lejano tramo en tramo, un grupo de chopos dejaba constancia que junto a ellos discurría un tenue riachuelo, o que sus ávidas raíces bebían en una charca, una fuente o un pozo rompiendo la sequedad del páramo.
Entre pueblo y pueblo, lo primero que de ellos llegaba hasta la vista del viajero era la cuadrada torre campanario de la medieval iglesia-fortaleza, levantada siempre en lo más elevado del lugar. Dice la historia que la ubicación de estos templos y sus torres nunca fue casual, ya que tanto servían para avisar de acechos y alarmas a la vecindad dispersa en el laboreo, como guía para el viajero, y protección de sus feligreses, cumplían por tanto la función de ser lugar privilegiado para el avistamiento de la llegada de forasteros, tanto si venían en son de paz o en actitud belicosa para solventar querellas surgidas entre los señoríos feudales.
Hacia tiempo que el cura Andrés había dejado de leer su breviario, y aunque lo mantenía abierto entre sus manos, su vista no repasaba las palabras impresas, lo conservaba en esa postura por que le servia de excusa para mantenerse ausente de las conversaciones de sus compañeros de viaje. Velozmente sus pensamientos saltaban de su vida pasada, a las premoniciones sobre su futuro, y así como en una crónica deslavazada, recordaba sus orígenes familiares, los motivos de haber seguido la carrera eclesial, su vocación, su ordenamiento sacerdotal, en especial recordaba con cariño a su madre y su padre, sus juegos y amistades infantiles, el colegio con las clases unitarias y segregadas, y también la duda sobre que recibimiento y acogida tendría entre sus paisanos, y como encararía la sagrada labor que la Divinidad le había encomendado.
Barruntando aquellos pensamientos, sus votos de pobreza, obediencia y perenne celibato, no formaban parte ni de sus nostalgias ni de sus anhelos, los tenia asumidos como algo normal, consustancial con la propia vida, habían calado tan en el fondo de su ser y sentir que no concebía que pudiera ser de otra forma o que ni siquiera existiese
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posibilidad de vivir sin esas reglas que tan machaconamente le tenían inculcado sus preceptores.