El coche en su andar cruzó la carretera N-III, y maniobró su parada en Montalbo, penúltimo pueblo del trayecto y a solo once kilómetros del final de la línea y de su destino en Villarejo, entonces acentuó el cura Andrés la necesidad de ordenar sus pensamientos, y su memoria le devolvió de nuevo a su familia, en su infancia carecía de conciencia de sus orígenes y condición social, ahora ya tenia conocimiento y experiencia para auto-clasificarse socialmente. El era un ser más afortunado que la inmensa mayoría de los mortales, ya que la bendición de Dios le había otorgado la vocación necesaria para estudiar una carrera que le permitiría ejercitar de por vida la hermosa labor de robarle almas al demonio y encaminarlas por la senda del bien a la dicha eterna. Sus padres vivieron siempre del trabajo de la tierra, eran tan solo campesinos con modestas propiedades, que alcanzaban a redondear sus ingresos trabajando en aparcería algunas tierras de Doña Loli, extravagante terrateniente local que residía la mayor parte de su tiempo en Madrid.
Para sus cortas estancias en el pueblo contaba Doña Loli con buen caserón en la calle que desde la Plaza Mayor pasaba ante el antiguo seminario de jesuitas, así como muchas fanegas de tierras fértiles. Eran muy pocas las veces que la terrateniente se dejaba ver por las calles y plazuelas del lugar, pasaba tanto tiempo en el edificio eclesial como en su propia casa, y por supuesto no alternaba con la gente llana, a lo más, se la veía a ratos sentada en el quicio de su puerta entretenida viendo el pasar de sus convecinos sin cruzar con ellos palabra alguna, incluso olvidando corresponder a los sacrosantos saludos de “buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, nadie dejaba por ello de emitir el saludo, ni nadie se incomodaba por no ser correspondido, sin embargo, uno pasos más adelante el viandante que de esta guisa se había cruzado con Dª Loli esbozaba una sonrisa burlona al recordar su siempre estrafalario vestuario de jovenzuela rica con que disfrazaba su ya ajado cuerpo, exhibiendo diseños recargados de grandes lazos y abalorios, con coloridos chirriantes, todo propio de edad más próxima a la primera comunión. Y además, casi siempre, rodeada de juguetes que hubieran hecho felices a los infantiles alumnos de la escuela nacional situada a unos metros mas arriba de su morada. No se sabia de gente que la visitara formalmente en su domicilio, y por ende tampoco se conocía nadie que pudiera decir como era el interior de su casa.
Insistía el cura Andrés en la remembranza de tan singular señora, por que a ella le debía, según se encargaron de recordar repetidamente sus preceptores, la beca con que costeó la carrera que había terminado y que ahora se disponía a ejercer, este acontecimiento, tal como le contaron unos, tal como lo recordaba él, ocurrió poco más o menos de la forma siguiente.
Cierto día, ahora ya lejano, mandó Dª Loli a su administrador a la escuela publica con el encargo de que consultara a los maestros que niños destacaban por su buen comportamiento y aprovechamiento escolar, y de entre estos aquellos que cumplían con especial devoción los rezos y ritos católicos. Igual consulta mando realizar la pía dama al párroco local, sobre los mozalbetes que con mayor abrochamiento seguían la catequesis. En ambos casos y entre un reducido número de niños apareció en las dos listas el nombre de Andrés. Tal coincidencia parece que alegró a la pintoresca terrateniente y más aún cuando se enteró que el infante era hijo de una de las familias arrendatarias de sus tierras, precisamente unas de las pocas que nunca le ocasionaron discusión ni problema alguno, y además las rentas eran siempre satisfechas puntualmente y jamás discutidas.
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Se supo que Dª Loli hizo llegar recado al padre de Andrés pidiéndole que fuera a su casa. Bueno en realidad el mensaje especificaba que quería hablarle de un asunto de su interés para lo que debía acudir a la caída de la tarde a las portadas traseras, que se abstuviese por tanto de llamar a la puerta principal. Acudió intrigado el padre de Andrés, y su arrendadora, con su habitual singularidad le espetó.:
-Quiero hacer una buena obra cristiana en este pueblo tan poco católico, a sí que he decidido pagar la beca, o dote de un seminarista, bueno que pago la carrera de cura a uno que sea nacido aquí, y he decidido que el chico que mejores condiciones reúne es tu hijo Andrés, así que como esto es una alegría para tu familia no tengo la menor duda de que estarás conforme y agradecido, aunque no lo hago por ti si no por el Santísimo Cristo de los Pastores, para que os cristianice un poco.
-Entérate cuando comienza el curso y no tienes más que mandar a tu hijo Andrés al Seminario de Cuenca, yo ya lo arreglaré todo con el Señor Obispo, y mañana me mandas recado con mi administrador de que no pones reparos. Bueno, pues adiós.
Así, sin más explicaciones, sin dar lugar a conocer la opinión familiar, ni por supuesto la del propio interesado, el destino del hoy ya cura Andrés se fraguó con el pío capricho de la terrateniente arrendadora de sus padres.
Cuando el padre de Andrés volvió a su casa, llamó a su mujer y le preguntó.
- ¿Están los hijos en casa?
-Ahora mismo no hay ninguno.
-Para lo que te tengo que decir mejor que no estén. ¿Sabes para que me quería la Loli?. Pues ni más ni menos que para decirme que tiene el capricho de pagar la carrera de cura de nuestro Andrés. ¿Qué te parece?
- ¡Hay Dios mío! ….. Yo soy muy creyente, pero …... un hijo metido a cura es perderle, y a saber donde nos lo mandarán. ¿Y si el chico no tiene vocación o le falta cabeza para los estudios?. ¿Qué pasará después?
-Escucha mujer lo que yo pienso. Con las pocas fanegas que tenemos y las que arrendamos nos vamos defendiendo, eso sí, con mucho trabajo. Hambre y malas necesidades hasta ahora no hemos pasado, aunque nunca hemos sabido lo que es un capricho, ni tampoco podríamos pagar estudios a nuestros hijos.
Nosotros no vamos a vivir eternamente, y nuestros hijos crecerán y querrán como Dios manda tener casa propia. ¿Si repartimos lo poco que ahora es nuestro? ¿Qué le queda a cada uno?. ¡Miseria!. Y eso que pienso solo en los varones, por que la chica se casará y ya cuidará su marido de poner casa y jornal. Además el mayor ya está trabajando nuestras tierras como si fuera un hombre cuajado, las cosas de los libros no le van y no seria justo que uno solo fuera el peón de la casa deslomándose en el campo y el otro el señorito y que después hubieran de repartirse por igual lo poco que tenemos. ¿Por qué al mayor no le dejamos las tierras, y al pequeño le damos estudios de cura?. Y si ahora no tiene vocación ya la tendrá en cuanto entre en el Seminario, y además la cosa de libros dicen los maestros que le van mucho, y el cura del pueblo comenta que es muy de misa y de santos y siempre le anda rondado para ser monaguillo. Así que lo mejor es que le
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digamos que sí a la Loli, y que Andrés se haga cura, que luciendo sotana no le faltará de por vida con poco sudor, mesa, cama y techo.
-Hay Señor, Señor, voy a perder a un hijo. Ya no lo tendré más en mi casa. Ni me dará alegría de nietos....... Si tu crees que es bueno para todos ¿Qué quieres que diga yo? ¡Que sea lo que Dios quiera!
Mientras el cura Andrés evocaba lo que debió ser la decisión de sus progenitores para ingresarlo en la carrera eclesial, le acudió a la memoria que uno de sus primeros y obligados actos en Villarejo tenia que ser el de presentarse a Dª Loli, ponerse a su disposición y reiterarle el agradecimiento por haberle ayudado a que se convirtiera en ministro del Señor.
Remontaron los pensamientos del Cura Andrés sus vivencias y se pararon en su etapa escolar, transcurrida íntegramente en la Escuela Nacional unitaria, debidamente segregada, en un aula los niños, en la otra las niñas, en la de varones dos sacrificados maestros venidos de lejos, al final muy afincados en la villa, para las niñas, una maestra siempre forastera, cuya vida no arraigaba en el pueblo y que cambiaba cada curso. Los chicos y chicas no compartían ni aulas ni recreo, los únicos actos en que participaban en común eran las celebraciones religiosas, en Mayo el mes de María, y cuando el cura del pueblo lo requería a los maestros, la catequesis impartida en la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, las tandas de confesiones, la preparación para las primeras comuniones, en un lado de la ermita ellas con obligación de cubrirse con velos, blancos y de puntillas las hijas de familias con mejor posición económica, negros y escasamente adornados para las de familia más humilde, en el otro sexos por riguroso
Para sus cortas estancias en el pueblo contaba Doña Loli con buen caserón en la calle que desde la Plaza Mayor pasaba ante el antiguo seminario de jesuitas, así como muchas fanegas de tierras fértiles. Eran muy pocas las veces que la terrateniente se dejaba ver por las calles y plazuelas del lugar, pasaba tanto tiempo en el edificio eclesial como en su propia casa, y por supuesto no alternaba con la gente llana, a lo más, se la veía a ratos sentada en el quicio de su puerta entretenida viendo el pasar de sus convecinos sin cruzar con ellos palabra alguna, incluso olvidando corresponder a los sacrosantos saludos de “buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, nadie dejaba por ello de emitir el saludo, ni nadie se incomodaba por no ser correspondido, sin embargo, uno pasos más adelante el viandante que de esta guisa se había cruzado con Dª Loli esbozaba una sonrisa burlona al recordar su siempre estrafalario vestuario de jovenzuela rica con que disfrazaba su ya ajado cuerpo, exhibiendo diseños recargados de grandes lazos y abalorios, con coloridos chirriantes, todo propio de edad más próxima a la primera comunión. Y además, casi siempre, rodeada de juguetes que hubieran hecho felices a los infantiles alumnos de la escuela nacional situada a unos metros mas arriba de su morada. No se sabia de gente que la visitara formalmente en su domicilio, y por ende tampoco se conocía nadie que pudiera decir como era el interior de su casa.
Insistía el cura Andrés en la remembranza de tan singular señora, por que a ella le debía, según se encargaron de recordar repetidamente sus preceptores, la beca con que costeó la carrera que había terminado y que ahora se disponía a ejercer, este acontecimiento, tal como le contaron unos, tal como lo recordaba él, ocurrió poco más o menos de la forma siguiente.
Cierto día, ahora ya lejano, mandó Dª Loli a su administrador a la escuela publica con el encargo de que consultara a los maestros que niños destacaban por su buen comportamiento y aprovechamiento escolar, y de entre estos aquellos que cumplían con especial devoción los rezos y ritos católicos. Igual consulta mando realizar la pía dama al párroco local, sobre los mozalbetes que con mayor abrochamiento seguían la catequesis. En ambos casos y entre un reducido número de niños apareció en las dos listas el nombre de Andrés. Tal coincidencia parece que alegró a la pintoresca terrateniente y más aún cuando se enteró que el infante era hijo de una de las familias arrendatarias de sus tierras, precisamente unas de las pocas que nunca le ocasionaron discusión ni problema alguno, y además las rentas eran siempre satisfechas puntualmente y jamás discutidas.
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Se supo que Dª Loli hizo llegar recado al padre de Andrés pidiéndole que fuera a su casa. Bueno en realidad el mensaje especificaba que quería hablarle de un asunto de su interés para lo que debía acudir a la caída de la tarde a las portadas traseras, que se abstuviese por tanto de llamar a la puerta principal. Acudió intrigado el padre de Andrés, y su arrendadora, con su habitual singularidad le espetó.:
-Quiero hacer una buena obra cristiana en este pueblo tan poco católico, a sí que he decidido pagar la beca, o dote de un seminarista, bueno que pago la carrera de cura a uno que sea nacido aquí, y he decidido que el chico que mejores condiciones reúne es tu hijo Andrés, así que como esto es una alegría para tu familia no tengo la menor duda de que estarás conforme y agradecido, aunque no lo hago por ti si no por el Santísimo Cristo de los Pastores, para que os cristianice un poco.
-Entérate cuando comienza el curso y no tienes más que mandar a tu hijo Andrés al Seminario de Cuenca, yo ya lo arreglaré todo con el Señor Obispo, y mañana me mandas recado con mi administrador de que no pones reparos. Bueno, pues adiós.
Así, sin más explicaciones, sin dar lugar a conocer la opinión familiar, ni por supuesto la del propio interesado, el destino del hoy ya cura Andrés se fraguó con el pío capricho de la terrateniente arrendadora de sus padres.
Cuando el padre de Andrés volvió a su casa, llamó a su mujer y le preguntó.
- ¿Están los hijos en casa?
-Ahora mismo no hay ninguno.
-Para lo que te tengo que decir mejor que no estén. ¿Sabes para que me quería la Loli?. Pues ni más ni menos que para decirme que tiene el capricho de pagar la carrera de cura de nuestro Andrés. ¿Qué te parece?
- ¡Hay Dios mío! ….. Yo soy muy creyente, pero …... un hijo metido a cura es perderle, y a saber donde nos lo mandarán. ¿Y si el chico no tiene vocación o le falta cabeza para los estudios?. ¿Qué pasará después?
-Escucha mujer lo que yo pienso. Con las pocas fanegas que tenemos y las que arrendamos nos vamos defendiendo, eso sí, con mucho trabajo. Hambre y malas necesidades hasta ahora no hemos pasado, aunque nunca hemos sabido lo que es un capricho, ni tampoco podríamos pagar estudios a nuestros hijos.
Nosotros no vamos a vivir eternamente, y nuestros hijos crecerán y querrán como Dios manda tener casa propia. ¿Si repartimos lo poco que ahora es nuestro? ¿Qué le queda a cada uno?. ¡Miseria!. Y eso que pienso solo en los varones, por que la chica se casará y ya cuidará su marido de poner casa y jornal. Además el mayor ya está trabajando nuestras tierras como si fuera un hombre cuajado, las cosas de los libros no le van y no seria justo que uno solo fuera el peón de la casa deslomándose en el campo y el otro el señorito y que después hubieran de repartirse por igual lo poco que tenemos. ¿Por qué al mayor no le dejamos las tierras, y al pequeño le damos estudios de cura?. Y si ahora no tiene vocación ya la tendrá en cuanto entre en el Seminario, y además la cosa de libros dicen los maestros que le van mucho, y el cura del pueblo comenta que es muy de misa y de santos y siempre le anda rondado para ser monaguillo. Así que lo mejor es que le
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digamos que sí a la Loli, y que Andrés se haga cura, que luciendo sotana no le faltará de por vida con poco sudor, mesa, cama y techo.
-Hay Señor, Señor, voy a perder a un hijo. Ya no lo tendré más en mi casa. Ni me dará alegría de nietos....... Si tu crees que es bueno para todos ¿Qué quieres que diga yo? ¡Que sea lo que Dios quiera!
Mientras el cura Andrés evocaba lo que debió ser la decisión de sus progenitores para ingresarlo en la carrera eclesial, le acudió a la memoria que uno de sus primeros y obligados actos en Villarejo tenia que ser el de presentarse a Dª Loli, ponerse a su disposición y reiterarle el agradecimiento por haberle ayudado a que se convirtiera en ministro del Señor.
Remontaron los pensamientos del Cura Andrés sus vivencias y se pararon en su etapa escolar, transcurrida íntegramente en la Escuela Nacional unitaria, debidamente segregada, en un aula los niños, en la otra las niñas, en la de varones dos sacrificados maestros venidos de lejos, al final muy afincados en la villa, para las niñas, una maestra siempre forastera, cuya vida no arraigaba en el pueblo y que cambiaba cada curso. Los chicos y chicas no compartían ni aulas ni recreo, los únicos actos en que participaban en común eran las celebraciones religiosas, en Mayo el mes de María, y cuando el cura del pueblo lo requería a los maestros, la catequesis impartida en la ermita de Nuestra Señora de la Soledad, las tandas de confesiones, la preparación para las primeras comuniones, en un lado de la ermita ellas con obligación de cubrirse con velos, blancos y de puntillas las hijas de familias con mejor posición económica, negros y escasamente adornados para las de familia más humilde, en el otro sexos por riguroso