sexos por riguroso orden en que ocupaban los bancos, se alternaban en acercarse al confesionario, por los laterales las hembras, por delante los varones. Aunque recordaba el cura Andrés toda la ceremonia, no acertaba a concentrarse de que pecados podía en su infantil edad necesitar perdón para ganar la salvación y estar a buenas con su incipiente conciencia y con su Creador, aunque si que recordaba las leves penitencias, generalmente poco imaginativas, no más de un padrenuestro, o un credo y siempre las tres avemarías de rigor.
Paseó su recuerdo por las travesuras infantiles en que participó, nada excepcionales, algún salto de tapias para entrar en las tardes de domingo en el patio del colegio y organizar cuando era la temporada una moraga, o un rústico partido de fútbol, siempre desequilibrado en cuanto a numero de jugadores, a él constantemente le apuntaban para que jugara de medio campo, ya que para defensa era poco duro y para delantero le faltaba empuje. En el Agosto algún baño clandestino en las charcas enfangadas del cercano arroyo, y si tenían certeza de ausencia del amo, chapuzones en balsas de riego.
No recordaba ningún compañero hostil, ni enfado con ninguno que durara más de un día, tampoco exclusivos afectos o querencias, si acaso, el buen trato que siempre mantuvo con su amiguita Apolonia, a la que acompañaba frecuentemente desde la salida de la escuela unas veces directamente a casa de ella donde sus padres les preparaban a los dos merienda de miel o arrope sobre hogaza de pan casero, otras el tentempié de la tarde lo recogían en casa de los padres de Andrés, la insustituible hogaza unas veces acompañada de loncha de ojeroso queso manchego, otras de áspera onza del llamado entonces chocolate, omitiendo ser sucedáneo de ignorada materia prima, cuando en primavera las tardes alargaban, en los porches de una u otra casa se ayudaban mutuamente en sus deberes escolares, o se intercambiaban las pocas publicaciones
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infantiles que llegaban al pueblo, en ocasiones reunían las cuatro perras de sus ínfimos ahorros y bajaban hasta la parada de La Rápida para pedirle al cobrador que les comprara en Cuenca algún tebeo, que recogían al día siguiente y leían juntos con fruición.
En las ceremonias religiosas, o en los días festivos de guardar, acudían a misa juntos, y aunque no podían compartir banco buscaban sentarse en la misma fila uno a cada lado del pasillo central. En las fechas de confesión obligatoria, después de sus inocentes revelaciones al sacerdote administrador de la absolución y al terminar la penitencia, entre risillas, se intercambian los pecadillos declarados y la platica del confesor, generalmente coincidente y recurrente, unas veces inteligible y otras premonitora de pesadumbres sin fin que en su candidez en ocasiones les aterraba y en otras les producía una hilaridad que compartían sanamente. Recordaba también el cura Andrés las caminatas dominicales por el “roce”, aquel inocente paseo consistente en un ir y venir de los vecinos del pueblo, tanto da que casados, novios formales, o simples amigos, en un constante transitar por la calle principal, saludándose todo el mundo con las simples “buenas tardes”, consumiendo pipas de girasol, garbanzos tostados o los dulces del puesto de la repostera del pueblo la Hermana Librada, condumios de entretenimiento que unas veces portaba ella, otras él, y la gaseosa que indefectiblemente compraba Andrés en el casinillo, en donde una hembra aunque niña, no estaba bien visto que entrara en semejante establecimiento, compartían amigablemente la sencilla bebida para sosegar la sed de los frutos ingeridos, y temprano, no más tarde de que el “lucero” del pueblo encendiera el modesto alumbrado público, Apolonia volvía a su casa acompañada por Andrés y se despedían con un ¡Hasta mañana!.
Algunos días de la canícula, cuando el calor y el polvo de las eras hacia insoportable el ambiente, entre la cuadrilla de los escolares que no estaban encadenados al trabajo de la recolección, aparecía algún chiquillo con la noticia de que una de las balsas de riego de los alrededores del pueblo se encontraba llena de fresca agua y con el amo ausente, rápidamente la noticia circulaba entre aquellos chicos y chicas que más confianza se tenían y se organizaba una secreta excursión al refrescante chapuzón, Andrés era el encargado de llevar el aviso a Apolonia, la cual solo accedía a acompañar al grupo si formando parte del mismo iban otras niñas, de las que Andrés tenia previamente que dar relación a Apolonia, y estas otras acompañantes habían de ser de su agrado y por supuesto no haber oído en su casa o en la escuela ningún comentario negativo sobre su conducta.
El baño en inocente camaradería siempre presentaba el problema de la vestimenta adecuada, para ellos la solución consistía en quedarse en calzoncillos, para ellas, su incipiente pudor no les permitía desvestirse con la misma facilidad, las que podían salían de su casa con un camisón entre la ropa intima y la externa, las que no alcanzaban esta solución se limitaban a arremangarse las faldas y chapotear con las piernas en el agua. La sesión de baño siempre acababa con el lamento de alguna mozuela por haberse mojado la ropa más de lo deseado y temer que la descubrieran en casa. Aunque la sangre nunca llegó al río.
Absorto en estos recuerdos, el cura Andrés se percató dando un respingo de el coche abandonaba la carretera de Montalbo y entraba en Villarejo por la llamada “Esquina de Trespelos”, enfilando la recta calle que le llevaría hasta la posada de El Chato, final de trayecto y garaje del vehículo hasta su salida en la madrugada del día siguiente, en este recorrido observó fugazmente al pasar por la travesía que subía hasta la monumental Iglesia de Santa María Magdalena, que en el pórtico de la misma se estaban colocando
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macetas floridas y un verde enramado, que no reconoció por la lejanía con que plantas estaba hecho, cubriendo el contorno del vetusto atrio medieval.
Como era tradicional, la llegada del coche siempre concentraba grupos de gente a su alrededor, era el pequeño y posiblemente único acontecimiento de cada día. Entre los presentes los había cotidianos por obligación, como el cartero, que tenia que recoger las sacas de correspondencia. La guardia civil, que los días que el coche no llevaba escolta se acercaban a curiosear que forasteros llegaban y que pinta traían, también aquellos que tenían que recoger los encargos realizados el día anterior al cobrador del coche, generalmente medicinas solo accesibles en las farmacias de Cuenca, así como los familiares de los viajeros que tenían noticia cierta de la llegada de sus deudos ese día. Y otros simplemente a contemplar con curioseo ese pequeño ajetreo alrededor del único medio de comunicación del pueblo con el exterior.
Aquella tarde, a la llegada del coche de línea se concentró más vecindario de lo habitual, al menos así lo creyó el cura Andrés cuando descendió del vehículo y se encontró rodeado de sus padres y hermanos. La madre se abalanzó sobre el benjamín de sus hijos y lloriqueando se le abrazó al tiempo que besuqueaba sus mejillas.
- ¡Hijo mío!.. ¡Hijo mío!, se me desboca el corazón al tenerte otra vez en casa. ¡Pero que flaco estás!. ¡Que alegría Dios mío! ¡Que alegría! ¿Pero como debo llamarte hermoso mío, si ya eres cura, todo un cura?. ¿Señor cura o Don Andrés?
-Madre, yo también estoy muy contento de volver a estar con todos vosotros, y solo me tienes que llamar como siempre, para mis padres y mis hermanos sigo siendo Andrés, solo Andrés. ¡Anda padre dame un abrazo!, y vosotros hermanos cuanto me alegro de veros también!. ¡Me tenéis que contar tantas cosas!
Unos pasos más atrás del recibimiento familiar y sin perder detalle, esperando intervenir se encontraba Julián “El Maleta”, Secretario del Ayuntamiento con manifiesta curiosidad e interés mal disimulado en inmiscuirse en el recibimiento. Cuando se calmaron los ardores familiares, se digirió al recién llegado.
-Buenas... pues que si te parece a usted bien, en fin que como no se como tratarte después de haberte conocido de crío y ahora de todo un señor cura, que me armo un lío con el tratamiento, así que si no me dices lo contrario te diré Don Andrés.
-Hombre de Dios, respetando siempre lo que representan mis hábitos, llámame como tu quieras, no seré yo quien ponga trabas en que haya una buena relación con mis paisanos.
Paseó su recuerdo por las travesuras infantiles en que participó, nada excepcionales, algún salto de tapias para entrar en las tardes de domingo en el patio del colegio y organizar cuando era la temporada una moraga, o un rústico partido de fútbol, siempre desequilibrado en cuanto a numero de jugadores, a él constantemente le apuntaban para que jugara de medio campo, ya que para defensa era poco duro y para delantero le faltaba empuje. En el Agosto algún baño clandestino en las charcas enfangadas del cercano arroyo, y si tenían certeza de ausencia del amo, chapuzones en balsas de riego.
No recordaba ningún compañero hostil, ni enfado con ninguno que durara más de un día, tampoco exclusivos afectos o querencias, si acaso, el buen trato que siempre mantuvo con su amiguita Apolonia, a la que acompañaba frecuentemente desde la salida de la escuela unas veces directamente a casa de ella donde sus padres les preparaban a los dos merienda de miel o arrope sobre hogaza de pan casero, otras el tentempié de la tarde lo recogían en casa de los padres de Andrés, la insustituible hogaza unas veces acompañada de loncha de ojeroso queso manchego, otras de áspera onza del llamado entonces chocolate, omitiendo ser sucedáneo de ignorada materia prima, cuando en primavera las tardes alargaban, en los porches de una u otra casa se ayudaban mutuamente en sus deberes escolares, o se intercambiaban las pocas publicaciones
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infantiles que llegaban al pueblo, en ocasiones reunían las cuatro perras de sus ínfimos ahorros y bajaban hasta la parada de La Rápida para pedirle al cobrador que les comprara en Cuenca algún tebeo, que recogían al día siguiente y leían juntos con fruición.
En las ceremonias religiosas, o en los días festivos de guardar, acudían a misa juntos, y aunque no podían compartir banco buscaban sentarse en la misma fila uno a cada lado del pasillo central. En las fechas de confesión obligatoria, después de sus inocentes revelaciones al sacerdote administrador de la absolución y al terminar la penitencia, entre risillas, se intercambian los pecadillos declarados y la platica del confesor, generalmente coincidente y recurrente, unas veces inteligible y otras premonitora de pesadumbres sin fin que en su candidez en ocasiones les aterraba y en otras les producía una hilaridad que compartían sanamente. Recordaba también el cura Andrés las caminatas dominicales por el “roce”, aquel inocente paseo consistente en un ir y venir de los vecinos del pueblo, tanto da que casados, novios formales, o simples amigos, en un constante transitar por la calle principal, saludándose todo el mundo con las simples “buenas tardes”, consumiendo pipas de girasol, garbanzos tostados o los dulces del puesto de la repostera del pueblo la Hermana Librada, condumios de entretenimiento que unas veces portaba ella, otras él, y la gaseosa que indefectiblemente compraba Andrés en el casinillo, en donde una hembra aunque niña, no estaba bien visto que entrara en semejante establecimiento, compartían amigablemente la sencilla bebida para sosegar la sed de los frutos ingeridos, y temprano, no más tarde de que el “lucero” del pueblo encendiera el modesto alumbrado público, Apolonia volvía a su casa acompañada por Andrés y se despedían con un ¡Hasta mañana!.
Algunos días de la canícula, cuando el calor y el polvo de las eras hacia insoportable el ambiente, entre la cuadrilla de los escolares que no estaban encadenados al trabajo de la recolección, aparecía algún chiquillo con la noticia de que una de las balsas de riego de los alrededores del pueblo se encontraba llena de fresca agua y con el amo ausente, rápidamente la noticia circulaba entre aquellos chicos y chicas que más confianza se tenían y se organizaba una secreta excursión al refrescante chapuzón, Andrés era el encargado de llevar el aviso a Apolonia, la cual solo accedía a acompañar al grupo si formando parte del mismo iban otras niñas, de las que Andrés tenia previamente que dar relación a Apolonia, y estas otras acompañantes habían de ser de su agrado y por supuesto no haber oído en su casa o en la escuela ningún comentario negativo sobre su conducta.
El baño en inocente camaradería siempre presentaba el problema de la vestimenta adecuada, para ellos la solución consistía en quedarse en calzoncillos, para ellas, su incipiente pudor no les permitía desvestirse con la misma facilidad, las que podían salían de su casa con un camisón entre la ropa intima y la externa, las que no alcanzaban esta solución se limitaban a arremangarse las faldas y chapotear con las piernas en el agua. La sesión de baño siempre acababa con el lamento de alguna mozuela por haberse mojado la ropa más de lo deseado y temer que la descubrieran en casa. Aunque la sangre nunca llegó al río.
Absorto en estos recuerdos, el cura Andrés se percató dando un respingo de el coche abandonaba la carretera de Montalbo y entraba en Villarejo por la llamada “Esquina de Trespelos”, enfilando la recta calle que le llevaría hasta la posada de El Chato, final de trayecto y garaje del vehículo hasta su salida en la madrugada del día siguiente, en este recorrido observó fugazmente al pasar por la travesía que subía hasta la monumental Iglesia de Santa María Magdalena, que en el pórtico de la misma se estaban colocando
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macetas floridas y un verde enramado, que no reconoció por la lejanía con que plantas estaba hecho, cubriendo el contorno del vetusto atrio medieval.
Como era tradicional, la llegada del coche siempre concentraba grupos de gente a su alrededor, era el pequeño y posiblemente único acontecimiento de cada día. Entre los presentes los había cotidianos por obligación, como el cartero, que tenia que recoger las sacas de correspondencia. La guardia civil, que los días que el coche no llevaba escolta se acercaban a curiosear que forasteros llegaban y que pinta traían, también aquellos que tenían que recoger los encargos realizados el día anterior al cobrador del coche, generalmente medicinas solo accesibles en las farmacias de Cuenca, así como los familiares de los viajeros que tenían noticia cierta de la llegada de sus deudos ese día. Y otros simplemente a contemplar con curioseo ese pequeño ajetreo alrededor del único medio de comunicación del pueblo con el exterior.
Aquella tarde, a la llegada del coche de línea se concentró más vecindario de lo habitual, al menos así lo creyó el cura Andrés cuando descendió del vehículo y se encontró rodeado de sus padres y hermanos. La madre se abalanzó sobre el benjamín de sus hijos y lloriqueando se le abrazó al tiempo que besuqueaba sus mejillas.
- ¡Hijo mío!.. ¡Hijo mío!, se me desboca el corazón al tenerte otra vez en casa. ¡Pero que flaco estás!. ¡Que alegría Dios mío! ¡Que alegría! ¿Pero como debo llamarte hermoso mío, si ya eres cura, todo un cura?. ¿Señor cura o Don Andrés?
-Madre, yo también estoy muy contento de volver a estar con todos vosotros, y solo me tienes que llamar como siempre, para mis padres y mis hermanos sigo siendo Andrés, solo Andrés. ¡Anda padre dame un abrazo!, y vosotros hermanos cuanto me alegro de veros también!. ¡Me tenéis que contar tantas cosas!
Unos pasos más atrás del recibimiento familiar y sin perder detalle, esperando intervenir se encontraba Julián “El Maleta”, Secretario del Ayuntamiento con manifiesta curiosidad e interés mal disimulado en inmiscuirse en el recibimiento. Cuando se calmaron los ardores familiares, se digirió al recién llegado.
-Buenas... pues que si te parece a usted bien, en fin que como no se como tratarte después de haberte conocido de crío y ahora de todo un señor cura, que me armo un lío con el tratamiento, así que si no me dices lo contrario te diré Don Andrés.
-Hombre de Dios, respetando siempre lo que representan mis hábitos, llámame como tu quieras, no seré yo quien ponga trabas en que haya una buena relación con mis paisanos.