-Andrés, hijo, en la puerta está Manuel, el joven que trabaja en la fábrica de harinas y que el otro día te dije que se casaba muy pronto con una moza del pueblo.
-Por favor madre acompáñalos hasta aquí, mientras me abotono la sotana y si no te causa mucho trastorno prepara un café o una copita de mistela, lo que te parezca.
-Buenas tardes don Andrés, esperamos haber sido puntuales y no causar molestia.
-Adelante, adelante, por favor toma asiento. Eres joven y me atrevo a tutearte ¿Me lo permites?.
-No faltaría más don Andrés.
- ¿Y tu novia ha venido?.
-Se ha entretenido saludando a su señora madre en la puerta, se conocían desde hace mucho tiempo, ahora pasa enseguida.
Pocos segundos después la madre de Andrés y la joven novia entraron en la sala donde esperaba el novio y el cura.
-Mira, mira, Andrés, la joven que vas a casar es Apolonia. ¿No te acuerdas de ella?. Cuando erais unos chiquillos que no levantabais dos palmos siempre marchabais juntos a la escuela. Y la de veces que os preparé la merienda que comíais jugando por el porche o el zaguán. ¡Cómo pasa el tiempo Señor!. Ahora ya no veo dos niñitos, veo a Apolonia todo una guapa moza casadera y mi Andrés ya todo un sacerdote hecho y derecho. Bueno, bueno, os dejo, que se me pone un nudo en la garganta de pensar como ha pasado el tiempo y como nos hacemos viejos.
Se retiró la madre y quedaron en el cuarto, de pie, los dos novios y el cura Andrés.
Durante unos segundos nadie dijo nada, ella, la novia quieta con la mirada perdida, él, él novio, igualmente quieto repasando con la vista lo que contenía la estancia, y el cura Andrés, más inhiesto que ninguno hacia enormes esfuerzos para evitar mirar a los ojos de la joven Apolonia.
Si en el cuarto hubiera habida una luz nítida a nadie se le hubiera escapado que la cara del sacerdote se había tornado lívida tan pronto como escuchó de su madre el nombre de la joven que venia a tramitar su casamiento.
22
Andrés intentó dar la bienvenida a la que durante su infancia fue su mejor y única amiga, pero no atinaba que tratamiento aplicar al saludo. Las enseñanzas del Seminario no alcanzaron nunca a prever una situación parecida. ¿Qué decirle a la mujer que había sido durante tanto tiempo su exclusiva compañera de juegos?
¡Hija mía!..... ¡Ridículo!
¡Hermana en nuestro Señor Jesucristo!.... ¡Patético!
¡Simplemente Apolonia!..... ¡Irrespetuoso!, Un cura no podía tener familiaridades con una mujer joven.
¿Doña Apolonia?, ¿Señorita Apolonia? o ¿Señora Apolonia?..... ¡Distanciador!, ¡Fariseo!, sonaba a falso, era poner barreras artificiosas a la comunicación entre el pastor y su rebaño.
-Hola... hola.... que tal está... que tal estás... nos alegramos.... me alegro de verte y de que estés bien ¿Y tus padres?, llévales mis saludos, ya pasaré a verles un día de estos, me he acordado mucho de ellos. – Atinó entre incontrolados tics nerviosos a decir el cura Andrés, mientras extendía y rápidamente recogía la mano, no se atrevió a darla para estrecharla con la de su contertulia y sudó al pensar que siguiendo la costumbre, por otro lado tan del agrado de la jerarquía eclesiástica, de que se la besara. Pensar en esto ultimo hizo que las piernas del cura Andrés temblaran.
La joven también dudó sobre la forma en que debía tratar al cura Andrés, no en vano también anidaban en ella los recuerdos de su infantil convivir.
-Pues mire usted, mis padres bien gracias....... Yo es que no sé como debo llamarle sin faltar el respeto, no estamos acostumbrados a párrocos del mismo pueblo y jóvenes como usted, ¿Le parece adecuado si le llamo Señor Cura?
-Por supuesto que sí,........ yo no quiero que entre mis feligreses y yo haya distanciamientos, esto de los tratamientos no es por la persona, ¿Sabes?. No lo veas así por favor, yo fui, soy y seré Andrés a secas, pero el vestir sotana impone un respeto hacia la Santa Madre Iglesia, que es lo que esta ropa representa, pero no a la persona que es la misma que si viste de civil, aunque claro..... siempre hay excepciones.. y... y... y... cir.. circunstancias – Acabó el cura Andrés tartamudeando su contestación a Apolonia, con los nervios cada vez mas alterados.
Tras una profunda inspiración el cura Andrés se sosegó algo e invitó a sus visitantes a que se sentaran en las sillas que rodeaban la mesa del comedor, donde él ya tenia desplegado tintero, pluma, los papeles sobre los que tenia que tomar nota de los datos de los contrayentes y el librejo que un rato antes había sacado de su maleta con el ánimo de entregarlo como obsequio.
Mientras Apolonia tomaba asiento en una de las sillas de la mesa, el cura Andrés la miró con detenimiento y vio una mujer joven de buena alzada. Robusta pero esbelta. Su erguida cabeza la remataba con una abundante cabellera de color castaño oscuro, con un peinado tan cuidado como sencillo. Frente despejada y tersa. Rostro enmarcado en un óvalo casi perfecto, contenido unas finas cejas bajo las que brillan unos ojos de un azul oscuro, inquietos, dicharacheros, buscando la chispa y la luz de las cosas. Nariz suavemente respingona. Mejillas encendidas en suave arrebol, no por encogimiento ni por
23
afeites, si no por el roce con el aire puro y frío del ancho campo manchego. Dentadura alba con sus piezas en perfecto orden y tamaño. Labios finos y bien dibujados, ligeramente carnales, limpios de todo vestigio de potingues para el acrecentamiento de su natural sonrosado. Mentón cerrado en suave ovalada. Orejas pequeñas y pegadas, cuello más bien alto y realzado, hombros anchos, firmes, remate de un sólido armazón corpóreo que se forjó desde bien pronto, más con el duro trabajo campesino que con la holganza. Los brazos cubiertos por un jersey y sobrepuesta una rebeca a juego, que solo dejaban ver sus manos de tamaño menguado, en donde su piel se exhibía ligeramente áspera signo innegable de que se curtieron en los trabajos del campo y tareas domésticas. Bajo la sencilla pero a la vez digna y cuidada vestimenta que cubría su tórax, la fugaz mirada inquisidora del cura Andrés no vio con sus ojos, pero su mente adivinó las suaves curvas de sus dos cantaros de miel, tersos y con la carnal dureza que les hacia desafiar orgullosamente erguidos la ley de la gravedad al apuntar descaradamente al cielo sus pequeños pezones, serenamente plantados en sus rosetas.
Los pensamientos del cura Andrés se interrumpieron cuando la herencia del desvarío del misógino San Pablo hizo presencia y despertaron cruelmente la inconsciente instrucción represora recibida en tantos años de seminario, con tantas premoniciones sobre los males y pecados que acarrean las hembras, y también como no, sobre la castidad que había jurado custodiar.
Fueron muy pocos los segundos transcurridos en estos pensamientos, cuando rechazándolos con esfuerzo, el cura Andrés, con los ojos esquivando mirar a Apolonia y dirigidos con dolorosa rigidez hacia la tabla de la mesa, inició con balbuceos la conversación, aunque poco a poco fue ganando aplomo en la locución, reprimía constantemente su instinto de mirar hacia la moza, o que se cruzara su vista con la de ella. Le aterrorizaba que en un descuido las miradas de ambos quedaran fijas el uno en el otro.
-Hijos míos, me alegro mucho de veros, también me dais una alegría al confiarme oficiar vuestro enlace, ya que será la primera vez que yo celebre el sacramento del matrimonio, así que por lo menos estar seguros de que pondré todo mi interés en que la ceremonia salga tan bien como merecéis, aunque algún rezo habrá que elevar a las advocaciones de la parroquia para que ayuden. ¡Que nunca está de más! Como estoy seguro que querréis adornar el altar, reclinatorios y todo el entorno del lugar de la celebración con flores, lo voy a dejar a vuestro personal cuidado, mi confianza en vosotros es total y con agrado os dejaré las lleves de la ermita para que en horas que no estén convocados oficios ni esté expuesto el Señor, podáis hacerlo vosotros mismo o quien encarguéis, un ruego tan solo, tened
-Por favor madre acompáñalos hasta aquí, mientras me abotono la sotana y si no te causa mucho trastorno prepara un café o una copita de mistela, lo que te parezca.
-Buenas tardes don Andrés, esperamos haber sido puntuales y no causar molestia.
-Adelante, adelante, por favor toma asiento. Eres joven y me atrevo a tutearte ¿Me lo permites?.
-No faltaría más don Andrés.
- ¿Y tu novia ha venido?.
-Se ha entretenido saludando a su señora madre en la puerta, se conocían desde hace mucho tiempo, ahora pasa enseguida.
Pocos segundos después la madre de Andrés y la joven novia entraron en la sala donde esperaba el novio y el cura.
-Mira, mira, Andrés, la joven que vas a casar es Apolonia. ¿No te acuerdas de ella?. Cuando erais unos chiquillos que no levantabais dos palmos siempre marchabais juntos a la escuela. Y la de veces que os preparé la merienda que comíais jugando por el porche o el zaguán. ¡Cómo pasa el tiempo Señor!. Ahora ya no veo dos niñitos, veo a Apolonia todo una guapa moza casadera y mi Andrés ya todo un sacerdote hecho y derecho. Bueno, bueno, os dejo, que se me pone un nudo en la garganta de pensar como ha pasado el tiempo y como nos hacemos viejos.
Se retiró la madre y quedaron en el cuarto, de pie, los dos novios y el cura Andrés.
Durante unos segundos nadie dijo nada, ella, la novia quieta con la mirada perdida, él, él novio, igualmente quieto repasando con la vista lo que contenía la estancia, y el cura Andrés, más inhiesto que ninguno hacia enormes esfuerzos para evitar mirar a los ojos de la joven Apolonia.
Si en el cuarto hubiera habida una luz nítida a nadie se le hubiera escapado que la cara del sacerdote se había tornado lívida tan pronto como escuchó de su madre el nombre de la joven que venia a tramitar su casamiento.
22
Andrés intentó dar la bienvenida a la que durante su infancia fue su mejor y única amiga, pero no atinaba que tratamiento aplicar al saludo. Las enseñanzas del Seminario no alcanzaron nunca a prever una situación parecida. ¿Qué decirle a la mujer que había sido durante tanto tiempo su exclusiva compañera de juegos?
¡Hija mía!..... ¡Ridículo!
¡Hermana en nuestro Señor Jesucristo!.... ¡Patético!
¡Simplemente Apolonia!..... ¡Irrespetuoso!, Un cura no podía tener familiaridades con una mujer joven.
¿Doña Apolonia?, ¿Señorita Apolonia? o ¿Señora Apolonia?..... ¡Distanciador!, ¡Fariseo!, sonaba a falso, era poner barreras artificiosas a la comunicación entre el pastor y su rebaño.
-Hola... hola.... que tal está... que tal estás... nos alegramos.... me alegro de verte y de que estés bien ¿Y tus padres?, llévales mis saludos, ya pasaré a verles un día de estos, me he acordado mucho de ellos. – Atinó entre incontrolados tics nerviosos a decir el cura Andrés, mientras extendía y rápidamente recogía la mano, no se atrevió a darla para estrecharla con la de su contertulia y sudó al pensar que siguiendo la costumbre, por otro lado tan del agrado de la jerarquía eclesiástica, de que se la besara. Pensar en esto ultimo hizo que las piernas del cura Andrés temblaran.
La joven también dudó sobre la forma en que debía tratar al cura Andrés, no en vano también anidaban en ella los recuerdos de su infantil convivir.
-Pues mire usted, mis padres bien gracias....... Yo es que no sé como debo llamarle sin faltar el respeto, no estamos acostumbrados a párrocos del mismo pueblo y jóvenes como usted, ¿Le parece adecuado si le llamo Señor Cura?
-Por supuesto que sí,........ yo no quiero que entre mis feligreses y yo haya distanciamientos, esto de los tratamientos no es por la persona, ¿Sabes?. No lo veas así por favor, yo fui, soy y seré Andrés a secas, pero el vestir sotana impone un respeto hacia la Santa Madre Iglesia, que es lo que esta ropa representa, pero no a la persona que es la misma que si viste de civil, aunque claro..... siempre hay excepciones.. y... y... y... cir.. circunstancias – Acabó el cura Andrés tartamudeando su contestación a Apolonia, con los nervios cada vez mas alterados.
Tras una profunda inspiración el cura Andrés se sosegó algo e invitó a sus visitantes a que se sentaran en las sillas que rodeaban la mesa del comedor, donde él ya tenia desplegado tintero, pluma, los papeles sobre los que tenia que tomar nota de los datos de los contrayentes y el librejo que un rato antes había sacado de su maleta con el ánimo de entregarlo como obsequio.
Mientras Apolonia tomaba asiento en una de las sillas de la mesa, el cura Andrés la miró con detenimiento y vio una mujer joven de buena alzada. Robusta pero esbelta. Su erguida cabeza la remataba con una abundante cabellera de color castaño oscuro, con un peinado tan cuidado como sencillo. Frente despejada y tersa. Rostro enmarcado en un óvalo casi perfecto, contenido unas finas cejas bajo las que brillan unos ojos de un azul oscuro, inquietos, dicharacheros, buscando la chispa y la luz de las cosas. Nariz suavemente respingona. Mejillas encendidas en suave arrebol, no por encogimiento ni por
23
afeites, si no por el roce con el aire puro y frío del ancho campo manchego. Dentadura alba con sus piezas en perfecto orden y tamaño. Labios finos y bien dibujados, ligeramente carnales, limpios de todo vestigio de potingues para el acrecentamiento de su natural sonrosado. Mentón cerrado en suave ovalada. Orejas pequeñas y pegadas, cuello más bien alto y realzado, hombros anchos, firmes, remate de un sólido armazón corpóreo que se forjó desde bien pronto, más con el duro trabajo campesino que con la holganza. Los brazos cubiertos por un jersey y sobrepuesta una rebeca a juego, que solo dejaban ver sus manos de tamaño menguado, en donde su piel se exhibía ligeramente áspera signo innegable de que se curtieron en los trabajos del campo y tareas domésticas. Bajo la sencilla pero a la vez digna y cuidada vestimenta que cubría su tórax, la fugaz mirada inquisidora del cura Andrés no vio con sus ojos, pero su mente adivinó las suaves curvas de sus dos cantaros de miel, tersos y con la carnal dureza que les hacia desafiar orgullosamente erguidos la ley de la gravedad al apuntar descaradamente al cielo sus pequeños pezones, serenamente plantados en sus rosetas.
Los pensamientos del cura Andrés se interrumpieron cuando la herencia del desvarío del misógino San Pablo hizo presencia y despertaron cruelmente la inconsciente instrucción represora recibida en tantos años de seminario, con tantas premoniciones sobre los males y pecados que acarrean las hembras, y también como no, sobre la castidad que había jurado custodiar.
Fueron muy pocos los segundos transcurridos en estos pensamientos, cuando rechazándolos con esfuerzo, el cura Andrés, con los ojos esquivando mirar a Apolonia y dirigidos con dolorosa rigidez hacia la tabla de la mesa, inició con balbuceos la conversación, aunque poco a poco fue ganando aplomo en la locución, reprimía constantemente su instinto de mirar hacia la moza, o que se cruzara su vista con la de ella. Le aterrorizaba que en un descuido las miradas de ambos quedaran fijas el uno en el otro.
-Hijos míos, me alegro mucho de veros, también me dais una alegría al confiarme oficiar vuestro enlace, ya que será la primera vez que yo celebre el sacramento del matrimonio, así que por lo menos estar seguros de que pondré todo mi interés en que la ceremonia salga tan bien como merecéis, aunque algún rezo habrá que elevar a las advocaciones de la parroquia para que ayuden. ¡Que nunca está de más! Como estoy seguro que querréis adornar el altar, reclinatorios y todo el entorno del lugar de la celebración con flores, lo voy a dejar a vuestro personal cuidado, mi confianza en vosotros es total y con agrado os dejaré las lleves de la ermita para que en horas que no estén convocados oficios ni esté expuesto el Señor, podáis hacerlo vosotros mismo o quien encarguéis, un ruego tan solo, tened