VILLAREJO DE FUENTES: comedimiento tanto en lo excesivamente llamativo como...

comedimiento tanto en lo excesivamente llamativo como en lo voluminoso, el buen gusto no está en la abundancia ni en la estridencia. Sabéis que ninguno de los dos templos del pueblo tiene órgano, así que si pensabais en música no lo veo fácil, salvo que la traigáis vosotros de fuera, en cualquier caso y para lo que decidierais tener presente que tiene que ser música sacra, ahí si que me agradaría que me informarais antes del como y del quien. Por lo demás todos los trámites serán sencillos y.....
En ese momento entró la madre del cura portando una bandeja cubierta con un tapete de bolillos y encima una chocolatera de loza, tres tazas y un plato con mantecados.
-Perdonadme si os interrumpo, pero he pensado que por la hora que es a lo mejor os apetecería tomar una cosilla, no es apenas nada, y a mí me hace mucha ilusión.

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-Gracias madre, por favor déjalo en la mesa que seguro que lo tomaremos ¿Verdad? – Aseveró el cura Andrés dirigiéndose a su madre, sin mirar a sus feligreses
- ¿Por qué se ha molestado?. Ha sido usted muy amable. ¿No se sienta con nosotros?. – Apostilló el novio.
No dejó el cura Andrés que contestara su madre
-No, no, por favor, nuestra reunión es casi, casi.... casi... de confesionario, aunque sea mi propia madre, lo que aquí se hable es totalmente secreto – Y continuó –
-Ahora tengo que tomar nota de vuestros datos personales para poder obtener vuestras partidas de bautismo, bueno en el caso tuyo – Dijo dirigiéndose al novio – Creo que si eres de Osa de la Vega estarás bautizado en aquella parroquia, y en cuanto a Apolonia creo que lo estarás aquí, así que si os parece me encargo de escribir al párroco de Osa pidiendo la partida de bautismo y la otra la saco yo mismo de los libros parroquiales. De los ayuntamientos de aquí y de Osa hará falta la fe de soltería y los certificados de inscripción en el Registro Civil. Como sois mayores de edad no necesitáis el consentimiento paterno, pero para hacer las cosas con mayor escrupulosidad no creo que vuestros padres, al menos los de Apolonia tengan inconveniente en pasarse por la sacristía cualquier día y firmarme su consentimiento, aunque os repito que no es imprescindible.- Hizo una breve pausa y continuó
-En las misas mayores de los tres próximos días de guardar leeré en el púlpito vuestras amonestaciones. Y si como espero y deseo, por el bien de vuestras almas, en la misa de esponsales comulgáis tendréis que venir a confesaros no más tarde del día anterior a la ceremonia, si queréis, cualquier día que nos veamos con lo de los papeles quedamos para este sacramento. Si hay algo que no os parezca bien lo decís con toda confianza. También está lo de los cursillos prematrimoniales, no son obligatorios, pero si que muy recomendados por nuestros obispos, de eso podemos hablar en otro momento antes de la boda y así yo me documentaré un poco más.
En ese momento se acordó el cura Andrés del librito que había recogido para obsequiar a los novios, “La castidad matrimonial un camino de santidad”. Instintivamente alargó su brazo para tomarlo en su mano y entregarlo, pero a mitad del gesto se paró, se sintió inmerso en una barahúnda mental, frenó su intención y desistió de entregar el texto, disculpándose internamente en que quizá todavía no era el momento más oportuno.
-Don Andrés usted es el que sabe de todo esto, lo que usted nos diga nos parecerá bien. Y también queríamos decirle cuanto nos costará, por que ya sabe usted, y perdone que tengamos que hablar de dinero, pero es que desgraciadamente no abunda.
-Mirar en lo que concierne al adorno de la Iglesia, como he dicho queda de vuestra cuenta, gastaros lo que os parezca, y en cuanto al papeleo solo os costará lo que cobre, si es que cobra algo el Ayuntamiento, lo que yo pueda arreglar no os costaran nada, y por toda la ceremonia.... pues.... lo que buenamente podáis dar como limosna para la parroquia, yo por supuesto no quiero nada, es en mi primera boda.
-Ahora los datos.
Anotó el cura Andrés la filiación de ambos novios, cuando hubo terminado, buscó la manera más cariñosa de decirles que podían regresar a sus casas.

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Aquella noche Andrés se mostró excitado e inapetente durante la cena, en la conversación con sus padres podía incluso traslucirse algún ramalazo contenido de ansiedad, que no pasó desapercibido a sus progenitores.
Después del refrigerio, no permaneció en la sobremesa y se retiró Andrés a su cuarto más temprano de lo habitual, excusándose en que tenia un ligero dolor de cabeza y que antes de dormir necesitaba orar e implorar al Espíritu Santo para que le iluminara sobre algunas dudas que podían presentarse en su labor de apostolado.
Los padres de Andrés, como cualesquiera otros padres, quedaron preocupados con las palabras de su hijo, lo comentaron entre sí y llegaron a la conclusión de que eran cosas de la ingente y delicada labor que como párroco tenia que realizar, al fin de cuentas en un pueblo solo hay un alcalde, un médico, un juez de paz, un comandante del cuartelillo, un cura. Es por tanto una de las personas más importantes de la colectividad, y con ello se tranquilizaron sobre lo que acaban de ver y oír.
Entró en su dormitorio el cura Andrés y ante el espejo colgado en una de las paredes quedó quieto viendo reflejada su imagen sobre el bruñido cristal, muy lentamente empezó a desabrocharse la larguísima botonera de su sotana, se despojó de ella, como también de su camisa. Cubierto su tronco solo con la camiseta el espejo le devolvía la imagen de un hombre como cualquier otro, en donde el supuesto estado de gracia en que creía vivir y que le tenia que ayudar a cumplir con los votos que lo elevaron socialmente por encima de sus iguales, solo estaba en su negra vestimenta, su cuerpo era tan de piel, carne y hueso como el de cualquier otro, como igualmente lo eran los deseos, se daba cuenta ahora que él sentía hambre como la sentían los demás, sentía sed, frio o calor, como cualquier mortal, como también de sopetón, el agudo mordisco del deseo había hincado sus fieros dientes en su carne. Se sentía perdedor en la batalla con el diablo y falto de la fortaleza que había jurado una y mil veces mantener frente a la concupiscencia. No hallaba justificación ni consuelo para sus pecaminosos pensamientos. La primera vez que tuvo frente así a un recatada mujer la había examinado nada menos que con los ojos de la carnalidad. Y su cuerpo de varón humano, en modo alguno divino, desarrolló todo el potencial del que su creador le había dotado, haciendo que su sangre circulara con intensidad tal que no pudo contener se manifestara en una desenfrenada y dolorosa tensión de sus vísceras y atributos de macho. El cura Andrés era incapaz de discernir cual era su dolor mas profundo, si el que canónicamente le producía el pecado o el que corporalmente se cebaba en sus carnes más sensibles.
En su desesperación, el cura Andrés buscó afanosamente entre sus cosas la santa disciplina que le librara de aquel tormento, encontró el siniestro utensilio y se azotó con el repetidamente la espalda mientras entonaba jaculatorias, rezos y latinajos dedicados a todas las divinidades y santos celestiales. No se contentó con los azotes del latiguillo y apeló al cilicio que se apretó en la parte superior de su muslo derecho, pensando que le ayudaría a aliviar la tensión que sufría en aquella parte de su pecaminosa carnalidad humana.
La tortura auto-administrada hizo su efecto y calmó los ardores lujuriosos del cura Andrés, quedó con su espalda marcada con finas brechas sangrantes y su entrepierna dolorida e igualmente exangüe, con todo su cuerpo desmadejado cayó sobre la cama y se sumió en el sueño que había implorado le redimiera de la procacidad de los pensamientos de aquella tarde.

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A la mañana siguiente despertó mas temprano de lo habitual y procuró pasar desapercibido de sus padres, desde su cuarto le gritó a su madre que se marchaba a la ermita para celebrar los ritos del día y ordenar papeles, una vez en el templo confesó a dos viejas beatas, a las que encontró por la calle y se lo pidieron, y a las que hasta el Dios más inmisericorde seguro que por edad y condición ya les tenia dada bula e indulgencias plenarias.