Después de la despedida de Manuel, el cura Andrés quedó absorto y preocupado ¿Como le trasmitirá a Apolonia la conversación que habían tenido?. ¿Que conclusiones sacará la joven de todo aquello?. ¿Se divulgará por el pueblo la pacata cobardía del cura?. ¿Como interpretará la feligresía que su cura recién ordenado haya cometido pecado mortal por pensamientos impuros?. Con estas zozobras sin contestación, se retiró a su dormitorio, nerviosamente se despojó de su ropaje talar y seguidamente de su ropa interior, de su mesita de noche extrajo la disciplina con que volvió a azotar su espalda desnuda buscando que el dolor le calmara la perturbación en que se hallaba sumido. Cuando el sufrimiento infligido empezó a ser insoportable, cayó al unisonó el látigo al suelo y su cuerpo sobre la cama.
Durmió aquella noche sumido en pesadillas que al despertar solo recordaba vagamente, ni el sueño, ni el ensueño le habían tranquilizado, al contrario, su desazón iba cada vez mas en aumento, y notó aquel día recién comenzado que los rayos del Sol le cegaban como si su mirada la tuviera clavada en el astro rey, y el calor de éste le abrasaba como ascuas celestes próximas a su piel. Salió a la calle sin rumbo fijo, olvidó por completo las obligaciones sacramentales que se había auto-impuesto, ni siquiera la misa. Dejó de lado la ermita y el ayuntamiento, no quiso saber de nacimientos a batear, ni de enfermos pendientes de consuelo no de extremaunción, ni de misas de difuntos, ni de papeleos administrativos. Su estado depresivo le llevó a iniciar un cansino andar hacia la salida del pueblo, sin elegir camino, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, las piernas y los pies arrastrados, la garganta amarga, la mente embotada, la tristeza dueña de todo su ser ganaba la batalla a los destellos de racionalidad que de vez en cuando pugnaban en su cerebro por encontrar una razón que justificara aquel estado de derrota, se reconfortaba diciéndose asimismo que la curación de tanto desánimo tenia solución perpetua, bastaba un poco de valor y el balanceo de su cuerpo colgado por el cuello durante unos segundos de una cuerda atada a la rama de un árbol …. o la ingesta de raticida que pondría a su alcance el abacero local, algo de eso bastaría para acabar eternamente con aquella amargura que le carcomía todos sus sentidos. De tarde en tarde entre sus negros presagios, chispazos de cordura le iluminaban sobre el aberrante pecado con que estaba condenando su alma por toda la eternidad.
En sus momentos de lucidez se preguntaba asimismo sin respuesta. ¿Que había pasado, en tan poco tiempo, para que el coraje apostólico gravado con fuego tan sagrado en su mas profundo ser se hubiera esfumado dejando paso a un decaimiento tan desabrido?
29
No encontraba el cura Andrés respuesta.
En su cansino caminar salió del pueblo por calzada de caballerías, sin fijarse ni importarle en que dirección marchaba, anduvo durante horas sin percatarse del transcurso del tiempo ni de la acumulación de cansancio, ni quería ir más lejos, ni quería volver, ni el hambre, ni la sed, ni el sudor que le afloraba por su exposición al calor primaveral, ni el ocre polvo que ya cubría sus negra vestidura hacían mella en su estado de ausencia.
Cuando el Sol, cumplida ya su misión de iluminar y rociar energía sobre la naturaleza agotaba su jornada sideral y buscaba el refugio de la noche, tras los alcores del poniente, el cura Andrés en un fulgor de aquella razón que la había abandonado le trajo el recuerdo de su madre. Se percató entonces de que sin decir nada a nadie se había ausentado desde la mañana hasta bien caída la tarde, los suyos estarían preocupados, volvió a pensar especialmente en su madre a la que presentía sufriendo por ignorar en que situación se encontraba él. Solo el recuerdo de su madre le hizo que recompusiera su estado de animo y se planteara volver a casa, se encontraba prácticamente perdido en el campo, con la anochecida próxima, hizo un esfuerzo y dando media vuelta trató de desandar todo el camino durante la jornada, iniciando el regreso al paso más rápido que su cansancio de horas acumulado en sus músculos le permitía.
Llegó el cura Andrés al pueblo bien entrada la noche, en hora en que los pocos vecinos que poseían radio ya tenían escuchado el parte, y en que la mayoría digería la cena de aquel día. Acertó de lleno al suponer preocupada a su madre, a la que encontró sentada sobre un taburete bajo, junto a la chimenea de la cocinilla, se percibió el cura de la cara circunspecta, que al verle entrar, exclamó con voz lastimera.
- ¡Pero hijo!
- Ya lo sé madre, ya lo sé, perdóname, pero es que …. he salido al campo a meditar, y andando, andando no me he dado cuenta de la hora, no me preguntes por donde he estado que ni lo sé, el caso es que encontré un olivo frondoso y me senté junto a su tronco y entre pensamientos y oraciones ha pasado mas tiempo del prudente – Mintió piadosamente.
No hubo mas comentarios, la madre sirvió la cena, de la que Andrés solo consumió en silencio una pequeña parte, cuando hubo terminado, la madre le recordó el escaso alimento ingerido, Andrés se excusó diciendo que había compartido merienda con un labrador, que no identificó, sin añadir otra cosa que su deseo de retirarse a dormir pronto, pues la caminata y la meditación le tenían cansado.
Se retiró Andrés a su aposento y cruzó por su mente repetir la disciplina de la noche anterior y en esta reflexión se percató que su espalda estaba aún dolorida y posiblemente desollada, apartó esta idea y después de despojarse de su polvorienta sotana, se arrodilló a los pies de la cama, sobre la que apoyó sus codos, cogió con la mano derecha el rosario y la juntó con la izquierda alzando los antebrazos sobre el cubre de la cama, inició así el rezo de los cinco misterios del rosario y sus correspondientes letanías, aunque mediado el segundo de los misterios el cansancio más la incomoda postura hicieron mella en su ya maltrecho cuerpo y le invadió un fuerte sopor que le trompicaba la fluidez de las oraciones, suspendió los rezos, dejó el rosario sobre la mesilla, acabó de desvestirse y se introdujo entre la ropa camera con la intención de seguir sus oraciones acostado e incluso una vez terminadas repasar el breviario y ver de encontrar algún capitulo olvidado que hiciera referencia a su estado de ánimo, más ….. acostado y rosario en mano el pagano
30
Morfeo le ganó la partida a Santo Domingo. Durmió esta vez Andrés de un tirón toda la noche y sus sueños y ensueños fueron absorbidos por el cansancio corporal.
Despertó el cura ya en la mañana del domingo descansado y con la cabeza menos obtusa, vio un día en que la luz parecía más intensa el cielo más azul, una suave brisa acariciaba con templanza los cuerpos, en las calles la ausencia de yuntas, carros y galeras pregonaba que era el día de descanso, entre los contados vecinos que transitaban por las calles se adivinaba un vestir menos humilde, los harapos y remiendos estaban sustituidos por recias hechuras de gruesa y tosca pana, las pardas boinas de los días de labor habían sido suplantadas por otras que ahora reposaban sobre las testas vecinales con negrura impoluta y pedúnculo indemne.
Se allegó Andrés temprano a la ermita de Nuestra Señora de la Soledad y en el jardín existente entre la calle y el atrio vio a un grupo de jóvenes afanarse en adornar el recinto con ramas y flores de tiesto, pensó sin equivocarse que eran los amigos de los novios a los que en aquella misma mañana tenia que casar.
Hizo un esfuerzo para ocultar sus episodios depresivos y saludó con afabilidad a los congregados en la puerta del templo, traspasó el atrio, se arrodilló y santiguó en el pasillo central y se dirigió lentamente, casi con desgana a la sacristía, abrió el armario que contenía los archivos parroquiales, cogió el libro que buscaba, lo dejó sobre la escribanía y lo abrió por la primera pagina en blanco, destapó el tintero, mojó en el la plumilla con la que comenzó a escribir el acta de matrimonio que celebraría dentro de muy poco, terminó el trabajo amanuense y pasó a los arcones donde se guardaban las vestiduras sacras, buscó la casulla del color correspondiente a ese día y miró si tenia desperfectos apreciables, de igual manera se esmeró en que el alba, el cíngulo, la estola, fueran las de mayor prestancia, fue depositando todas las piezas ordenadamente sobre la cómoda, también del parco surtido de vasos sagrados de que disponía eligió el cáliz de más brillo y con diseño más trabajado, obrando de igual forma con el corporal y su bolsa, la palia y el purificador, dejó todo dispuesto, salió a la capilla, encendió las velas rituales del altar mayor, así como cuantas candelas y luminarias había en el recinto, fueran de la advocación que fueran, sin otro ánimo que dar esplendor al acto que tenia que celebrar. Revisó que el altar mayor se encontrara en buena disposición y recompuso la situación de las sillas y reclinatorios de los contrayentes y sus padrinos. Finalmente fue hasta el sagrario donde se hallaba depositado el Santísimo, ante el que realizó una genuflexión, lo abrió, comprobó que el copón contenía suficientes hostias para las muchas comulgantes y como de
Durmió aquella noche sumido en pesadillas que al despertar solo recordaba vagamente, ni el sueño, ni el ensueño le habían tranquilizado, al contrario, su desazón iba cada vez mas en aumento, y notó aquel día recién comenzado que los rayos del Sol le cegaban como si su mirada la tuviera clavada en el astro rey, y el calor de éste le abrasaba como ascuas celestes próximas a su piel. Salió a la calle sin rumbo fijo, olvidó por completo las obligaciones sacramentales que se había auto-impuesto, ni siquiera la misa. Dejó de lado la ermita y el ayuntamiento, no quiso saber de nacimientos a batear, ni de enfermos pendientes de consuelo no de extremaunción, ni de misas de difuntos, ni de papeleos administrativos. Su estado depresivo le llevó a iniciar un cansino andar hacia la salida del pueblo, sin elegir camino, con la cabeza gacha y la mirada fija en el suelo, las piernas y los pies arrastrados, la garganta amarga, la mente embotada, la tristeza dueña de todo su ser ganaba la batalla a los destellos de racionalidad que de vez en cuando pugnaban en su cerebro por encontrar una razón que justificara aquel estado de derrota, se reconfortaba diciéndose asimismo que la curación de tanto desánimo tenia solución perpetua, bastaba un poco de valor y el balanceo de su cuerpo colgado por el cuello durante unos segundos de una cuerda atada a la rama de un árbol …. o la ingesta de raticida que pondría a su alcance el abacero local, algo de eso bastaría para acabar eternamente con aquella amargura que le carcomía todos sus sentidos. De tarde en tarde entre sus negros presagios, chispazos de cordura le iluminaban sobre el aberrante pecado con que estaba condenando su alma por toda la eternidad.
En sus momentos de lucidez se preguntaba asimismo sin respuesta. ¿Que había pasado, en tan poco tiempo, para que el coraje apostólico gravado con fuego tan sagrado en su mas profundo ser se hubiera esfumado dejando paso a un decaimiento tan desabrido?
29
No encontraba el cura Andrés respuesta.
En su cansino caminar salió del pueblo por calzada de caballerías, sin fijarse ni importarle en que dirección marchaba, anduvo durante horas sin percatarse del transcurso del tiempo ni de la acumulación de cansancio, ni quería ir más lejos, ni quería volver, ni el hambre, ni la sed, ni el sudor que le afloraba por su exposición al calor primaveral, ni el ocre polvo que ya cubría sus negra vestidura hacían mella en su estado de ausencia.
Cuando el Sol, cumplida ya su misión de iluminar y rociar energía sobre la naturaleza agotaba su jornada sideral y buscaba el refugio de la noche, tras los alcores del poniente, el cura Andrés en un fulgor de aquella razón que la había abandonado le trajo el recuerdo de su madre. Se percató entonces de que sin decir nada a nadie se había ausentado desde la mañana hasta bien caída la tarde, los suyos estarían preocupados, volvió a pensar especialmente en su madre a la que presentía sufriendo por ignorar en que situación se encontraba él. Solo el recuerdo de su madre le hizo que recompusiera su estado de animo y se planteara volver a casa, se encontraba prácticamente perdido en el campo, con la anochecida próxima, hizo un esfuerzo y dando media vuelta trató de desandar todo el camino durante la jornada, iniciando el regreso al paso más rápido que su cansancio de horas acumulado en sus músculos le permitía.
Llegó el cura Andrés al pueblo bien entrada la noche, en hora en que los pocos vecinos que poseían radio ya tenían escuchado el parte, y en que la mayoría digería la cena de aquel día. Acertó de lleno al suponer preocupada a su madre, a la que encontró sentada sobre un taburete bajo, junto a la chimenea de la cocinilla, se percibió el cura de la cara circunspecta, que al verle entrar, exclamó con voz lastimera.
- ¡Pero hijo!
- Ya lo sé madre, ya lo sé, perdóname, pero es que …. he salido al campo a meditar, y andando, andando no me he dado cuenta de la hora, no me preguntes por donde he estado que ni lo sé, el caso es que encontré un olivo frondoso y me senté junto a su tronco y entre pensamientos y oraciones ha pasado mas tiempo del prudente – Mintió piadosamente.
No hubo mas comentarios, la madre sirvió la cena, de la que Andrés solo consumió en silencio una pequeña parte, cuando hubo terminado, la madre le recordó el escaso alimento ingerido, Andrés se excusó diciendo que había compartido merienda con un labrador, que no identificó, sin añadir otra cosa que su deseo de retirarse a dormir pronto, pues la caminata y la meditación le tenían cansado.
Se retiró Andrés a su aposento y cruzó por su mente repetir la disciplina de la noche anterior y en esta reflexión se percató que su espalda estaba aún dolorida y posiblemente desollada, apartó esta idea y después de despojarse de su polvorienta sotana, se arrodilló a los pies de la cama, sobre la que apoyó sus codos, cogió con la mano derecha el rosario y la juntó con la izquierda alzando los antebrazos sobre el cubre de la cama, inició así el rezo de los cinco misterios del rosario y sus correspondientes letanías, aunque mediado el segundo de los misterios el cansancio más la incomoda postura hicieron mella en su ya maltrecho cuerpo y le invadió un fuerte sopor que le trompicaba la fluidez de las oraciones, suspendió los rezos, dejó el rosario sobre la mesilla, acabó de desvestirse y se introdujo entre la ropa camera con la intención de seguir sus oraciones acostado e incluso una vez terminadas repasar el breviario y ver de encontrar algún capitulo olvidado que hiciera referencia a su estado de ánimo, más ….. acostado y rosario en mano el pagano
30
Morfeo le ganó la partida a Santo Domingo. Durmió esta vez Andrés de un tirón toda la noche y sus sueños y ensueños fueron absorbidos por el cansancio corporal.
Despertó el cura ya en la mañana del domingo descansado y con la cabeza menos obtusa, vio un día en que la luz parecía más intensa el cielo más azul, una suave brisa acariciaba con templanza los cuerpos, en las calles la ausencia de yuntas, carros y galeras pregonaba que era el día de descanso, entre los contados vecinos que transitaban por las calles se adivinaba un vestir menos humilde, los harapos y remiendos estaban sustituidos por recias hechuras de gruesa y tosca pana, las pardas boinas de los días de labor habían sido suplantadas por otras que ahora reposaban sobre las testas vecinales con negrura impoluta y pedúnculo indemne.
Se allegó Andrés temprano a la ermita de Nuestra Señora de la Soledad y en el jardín existente entre la calle y el atrio vio a un grupo de jóvenes afanarse en adornar el recinto con ramas y flores de tiesto, pensó sin equivocarse que eran los amigos de los novios a los que en aquella misma mañana tenia que casar.
Hizo un esfuerzo para ocultar sus episodios depresivos y saludó con afabilidad a los congregados en la puerta del templo, traspasó el atrio, se arrodilló y santiguó en el pasillo central y se dirigió lentamente, casi con desgana a la sacristía, abrió el armario que contenía los archivos parroquiales, cogió el libro que buscaba, lo dejó sobre la escribanía y lo abrió por la primera pagina en blanco, destapó el tintero, mojó en el la plumilla con la que comenzó a escribir el acta de matrimonio que celebraría dentro de muy poco, terminó el trabajo amanuense y pasó a los arcones donde se guardaban las vestiduras sacras, buscó la casulla del color correspondiente a ese día y miró si tenia desperfectos apreciables, de igual manera se esmeró en que el alba, el cíngulo, la estola, fueran las de mayor prestancia, fue depositando todas las piezas ordenadamente sobre la cómoda, también del parco surtido de vasos sagrados de que disponía eligió el cáliz de más brillo y con diseño más trabajado, obrando de igual forma con el corporal y su bolsa, la palia y el purificador, dejó todo dispuesto, salió a la capilla, encendió las velas rituales del altar mayor, así como cuantas candelas y luminarias había en el recinto, fueran de la advocación que fueran, sin otro ánimo que dar esplendor al acto que tenia que celebrar. Revisó que el altar mayor se encontrara en buena disposición y recompuso la situación de las sillas y reclinatorios de los contrayentes y sus padrinos. Finalmente fue hasta el sagrario donde se hallaba depositado el Santísimo, ante el que realizó una genuflexión, lo abrió, comprobó que el copón contenía suficientes hostias para las muchas comulgantes y como de