costumbre pocos comulgantes que esperaba aquel día, volvió a dejar el vaso sagrado en su sitio repitiendo rodilla en tierra la profunda reverencia.
Pese a la desgana y lentitud con que había realizado los preparativos le sobró un tiempo que quiso consumir releyendo el evangelio, la epístola del día, el sermón y la prédica que de forma muy especial tenía que dirigir a los contrayentes, realizó en los textos algunas acotaciones y correcciones. Cuando consideró que había terminado esta labor, se sentó en la sacristía, con la cabeza colgada hacia delante y sujetada por sus brazos, proyectando toda una estampa de abatimiento, quiso buscar ánimos y apeló a uno de sus breviarios sin buscar nada en concreto, repasando capítulos y confiando que la providencia se le revelara en los textos iluminándole para como salir de aquel negro pozo que se había hundido.
Llegó un momento en que se levantó y muy quedamente fue revistiéndose con los ropajes rituales que previamente ya tenia preparados, seguidamente cogió el cáliz, lo cubrió con la palia y el purificador, acercó el leccionario..... y ….
31
En ese momento uno de los rapaces que siempre le rondaban en los oficios, intentando más por juego que por vocación ser acólito, se le acercó corriendo y diciéndole con la voz levantada...
- ¡Don Andrés!.. ¡Don Andrés! … que los novios ya han salido de casa y vienen pa acá … ¿Toco la campana señor cura?
- Bien hijo, toca la campana, pero no te desmadres, y no te pongas debajo, no sea que se descuelgue y tengamos un disgusto.
El mozuelo, olvidando de inmediato las recomendaciones del cura Andrés se aferró con frenesí a la soga de la espadaña he hizo que la rajada campana, con su yugo y badajo volteara rápidamente sobre su eje lanzando contra los tímpanos vecinales un repiqueteo enervante, carente de vibración y resonancia. No era que el cobre y el estaño de la sonaja se hubiera contagiado del estado de animo del sacerdote, digamos tan solo que un mal día, ya perdido en el tiempo, a un somatenista, posiblemente algo extraviado, le prestó un guardia civil su máuser reglamentario para que comprobara su eficacia, no se le ocurrió otra cosa que disparar contra la timbre de la ermita, que quedó rajada por el impacto, el hombre se disculpó diciendo que para un solo balazo que podía tirar con una buena arma quería que fuera sonado. Verdad o leyenda es así como por el pueblo se justificaba el mal estado del avisador eclesial.
El cura Andrés desde la sacristía empezó a oír la jarana de los que encontraban en la puerta de la ermita y el siseo de las que se hallaban ocupando los bancos, dedujo que la comitiva casamentera estaba llegando, y se dispuso a salir con los ornamentos y utensilios de celebrar misa.
Los cinco pasos desde la puerta de la sacristía hasta el centro del altar los realizó el cura sin mirar a la congregación que en ese momento había en el recinto. Dejó sobre el ara el corporal, cáliz, patena, palia y purificador y cruzando sus manos un poco por encima de su cintura se dio la vuelta quedando un escalón por encima del suelo común, enfrentado al pasillo por donde llegarían de inmediato los contrayentes y extraviando un poco la mirada, sabía que dentro del templo en esos momentos se producía un estruendo de jolgorio, pero su estado ánimo le aislaba, actuaba mecánicamente, miraba sin ver, oía sin escuchar, notaba sin sentir.
Inició la entrada en la ermita el novio y asida a su brazo la madrina, se dirigieron hasta las sillas y reclinatorios preparados ante el altar y esperaron de pie.
Dos minutos después entró la novia, ramo de flores en una mano y asida al brazo del padrino con la otra, envolvía su cabeza un etéreo velo blanco, y cubría todo su cuerpo un largo vestido con una incipiente cola, elaborado con tela imitación de seda y por supuesto tan albar como el velo, todo la vestimenta de corte y confección franca, sin adornos y posiblemente con esta naturalidad le daba un aire de elegancia por su sencillez y buen caer. En su avance por el pasillo y al ir rebasando hileras de bancos los siseos y bullicio de los y las presentes se acentuaba y se percibía como entre el beaterio de mujerucas unas a otras susurraban mil y un chisme durante el breve recorrido hasta la llegada al sitial ante el reclinatorio.
32
El cura Andrés vio la comitiva de la novia venir hacia donde él se encontraba, aunque en los primeros momentos no pudo distinguir los rostros ni detalles por tenerlos al contraluz del resplandor solar que entraba por la puerta de la ermita.
Durante el breve recorrido de Apolonia, entre la puerta y el reclinatorio, hizo que en el estado de ánimo del cura se produjera un brutal cambio, su depresión, la parálisis de su mente, dio paso como si hubiera sido sacudido por un esotérico rayo inflamado a un frenesí de nervios desbocados, de imágenes y recuerdos que entraban y salían de su cerebro a velocidad sideral, con un golpeteo de desasosiego febril, notó que su cuerpo se enervaba poseído de una energía que misteriosamente antes le había abandonado, por todo su ser empezó a despertarse una sensación que no había conocido antes, que por un lado le era grata, por otro le atormentaba al chocar con sus creencias y sus convicciones, en sus efímeros pensamientos creía hallarse ante la misma situación que Jesús cuando incluso siendo Hijo de Dios se vio tentado por el Demonio, empezó a sentir en su piel, en sus músculos, en todas sus carnes el instinto del deseo.. pero.... ¡Que deseo!
- ¿Que prueba me mandas?. ¡Dios mío!. ¿Por que el diablo me tienta con tanta fuerza en la propia casa del Señor? - Clamó Andrés en silencio.
Próxima Apolonia a su sitial, clavó el cura Andrés con fiereza de animal en celo sus ojos en los de la novia, y se cruzó con la mirada de ella hacia él, los ojos se hincharon en sus órbitas, intuyó que en aquella salvaje mirada cruzada entre ambos había un mensaje indescifrable. Y las miradas las mantuvieron durante segundos, en silencio, el desasosiego del cura se incrementaba atormentándole al no poder descifrar el mensaje que recibía de la mutua contemplación visual.
Saludó el cura a los contrayentes y padrinos con una leve inclinación de cabeza, olvidando cualquier frase de bienvenida.
Cada vez más aturdido el celebrante, dio media vuelta, dando la espalda a los presentes para iniciar la liturgia de la misa en latín, horrorizado por que los nervios le estaban traicionando y su cerebro ocupado con la explosión de emociones que había padecido y que seguía padeciendo, le habían hecho olvidar los latinajos de las invocaciones y oraciones del ritual que tenia que interpretar, todos sobradamente aprendidos antes en las miles de veces que los recitó en el seminario.
Introito, prefacio, epiclésis, kyrie, fueron recitados entre balbuceos y nervios. Llegada la consagración y elevación de la hostia y copón, jamás se supo de una transustanciación en que el cuerpo y la sangre divina fueran exhibidos en tal estado de excitación, la comunión sacerdotal no se limitó a una sagrada forma partida en dos, sin no en cien pedazos que no atinaban a entrar en la boca del oficiante, las vinajeras mas desparramaron el vino sacro por el ara que atinaron a embocar el cáliz.
Cada vez que el celebrante tenia que volverse cara a los feligreses a impartir bendición o exclamar alguna frase ritual, su balbuceo y titubeo hubieran sido ostensibles para quienes siguieran con extrema atención el rito religioso.
Y en todas estas vueltas, su mirada no se dirigía a la congregación, si no que era llevada por una fuerza irresistible hacia los ojos de Apolonia, y en su delirio el cura Andrés creía, presentía, deseaba, ansiaba, que la vista de Apolonia se hincara de nuevo en la suya.
33
Terminada la misa, se iniciaba el protocolo canónigo de los esponsales, el celebrante debía ahora dedicarse exclusivamente a la pareja contrayente, leerles las recomendaciones y obligaciones matrimoniales, conminarles a que manifestaran su consentimiento, presenciar y bendecir el acto de entrega de las arras, solemnizar con incienso el “manteo” de tradición hebraica, conminarles con sermón solo dedicado a ellos, que en resumen se concretaba, en la docilidad de la hembra, engendrar muchos hijos, católicos por supuesto, guardarse fidelidad, especialmente ella hacia él, a no romper lo que Dios había unido, por muy déspota que resultara uno de los dos, y si podían, lo gratificante que le resultaba al cielo que se aguantaran las ganas y vivieran castos durante el matrimonio.
Comenzó el cura Andrés esta parte del ceremonial, y conforme avanzaba, continuaba notando como de su cuerpo se evadía la angustia y la depresión y tomaba sitio una fuerza viril hasta entonces no conocida, ya no tenia que esforzarse en aparentar un estado de ánimo, ahora se percibía obligado a contener sus impulsos, nervios y carne hervían en incontenibles deseos, que desde el púlpito el mismo hubiera sermoneado que eran más propios de animales que de humanos civilizados y cristianizados.
Pese a la desgana y lentitud con que había realizado los preparativos le sobró un tiempo que quiso consumir releyendo el evangelio, la epístola del día, el sermón y la prédica que de forma muy especial tenía que dirigir a los contrayentes, realizó en los textos algunas acotaciones y correcciones. Cuando consideró que había terminado esta labor, se sentó en la sacristía, con la cabeza colgada hacia delante y sujetada por sus brazos, proyectando toda una estampa de abatimiento, quiso buscar ánimos y apeló a uno de sus breviarios sin buscar nada en concreto, repasando capítulos y confiando que la providencia se le revelara en los textos iluminándole para como salir de aquel negro pozo que se había hundido.
Llegó un momento en que se levantó y muy quedamente fue revistiéndose con los ropajes rituales que previamente ya tenia preparados, seguidamente cogió el cáliz, lo cubrió con la palia y el purificador, acercó el leccionario..... y ….
31
En ese momento uno de los rapaces que siempre le rondaban en los oficios, intentando más por juego que por vocación ser acólito, se le acercó corriendo y diciéndole con la voz levantada...
- ¡Don Andrés!.. ¡Don Andrés! … que los novios ya han salido de casa y vienen pa acá … ¿Toco la campana señor cura?
- Bien hijo, toca la campana, pero no te desmadres, y no te pongas debajo, no sea que se descuelgue y tengamos un disgusto.
El mozuelo, olvidando de inmediato las recomendaciones del cura Andrés se aferró con frenesí a la soga de la espadaña he hizo que la rajada campana, con su yugo y badajo volteara rápidamente sobre su eje lanzando contra los tímpanos vecinales un repiqueteo enervante, carente de vibración y resonancia. No era que el cobre y el estaño de la sonaja se hubiera contagiado del estado de animo del sacerdote, digamos tan solo que un mal día, ya perdido en el tiempo, a un somatenista, posiblemente algo extraviado, le prestó un guardia civil su máuser reglamentario para que comprobara su eficacia, no se le ocurrió otra cosa que disparar contra la timbre de la ermita, que quedó rajada por el impacto, el hombre se disculpó diciendo que para un solo balazo que podía tirar con una buena arma quería que fuera sonado. Verdad o leyenda es así como por el pueblo se justificaba el mal estado del avisador eclesial.
El cura Andrés desde la sacristía empezó a oír la jarana de los que encontraban en la puerta de la ermita y el siseo de las que se hallaban ocupando los bancos, dedujo que la comitiva casamentera estaba llegando, y se dispuso a salir con los ornamentos y utensilios de celebrar misa.
Los cinco pasos desde la puerta de la sacristía hasta el centro del altar los realizó el cura sin mirar a la congregación que en ese momento había en el recinto. Dejó sobre el ara el corporal, cáliz, patena, palia y purificador y cruzando sus manos un poco por encima de su cintura se dio la vuelta quedando un escalón por encima del suelo común, enfrentado al pasillo por donde llegarían de inmediato los contrayentes y extraviando un poco la mirada, sabía que dentro del templo en esos momentos se producía un estruendo de jolgorio, pero su estado ánimo le aislaba, actuaba mecánicamente, miraba sin ver, oía sin escuchar, notaba sin sentir.
Inició la entrada en la ermita el novio y asida a su brazo la madrina, se dirigieron hasta las sillas y reclinatorios preparados ante el altar y esperaron de pie.
Dos minutos después entró la novia, ramo de flores en una mano y asida al brazo del padrino con la otra, envolvía su cabeza un etéreo velo blanco, y cubría todo su cuerpo un largo vestido con una incipiente cola, elaborado con tela imitación de seda y por supuesto tan albar como el velo, todo la vestimenta de corte y confección franca, sin adornos y posiblemente con esta naturalidad le daba un aire de elegancia por su sencillez y buen caer. En su avance por el pasillo y al ir rebasando hileras de bancos los siseos y bullicio de los y las presentes se acentuaba y se percibía como entre el beaterio de mujerucas unas a otras susurraban mil y un chisme durante el breve recorrido hasta la llegada al sitial ante el reclinatorio.
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El cura Andrés vio la comitiva de la novia venir hacia donde él se encontraba, aunque en los primeros momentos no pudo distinguir los rostros ni detalles por tenerlos al contraluz del resplandor solar que entraba por la puerta de la ermita.
Durante el breve recorrido de Apolonia, entre la puerta y el reclinatorio, hizo que en el estado de ánimo del cura se produjera un brutal cambio, su depresión, la parálisis de su mente, dio paso como si hubiera sido sacudido por un esotérico rayo inflamado a un frenesí de nervios desbocados, de imágenes y recuerdos que entraban y salían de su cerebro a velocidad sideral, con un golpeteo de desasosiego febril, notó que su cuerpo se enervaba poseído de una energía que misteriosamente antes le había abandonado, por todo su ser empezó a despertarse una sensación que no había conocido antes, que por un lado le era grata, por otro le atormentaba al chocar con sus creencias y sus convicciones, en sus efímeros pensamientos creía hallarse ante la misma situación que Jesús cuando incluso siendo Hijo de Dios se vio tentado por el Demonio, empezó a sentir en su piel, en sus músculos, en todas sus carnes el instinto del deseo.. pero.... ¡Que deseo!
- ¿Que prueba me mandas?. ¡Dios mío!. ¿Por que el diablo me tienta con tanta fuerza en la propia casa del Señor? - Clamó Andrés en silencio.
Próxima Apolonia a su sitial, clavó el cura Andrés con fiereza de animal en celo sus ojos en los de la novia, y se cruzó con la mirada de ella hacia él, los ojos se hincharon en sus órbitas, intuyó que en aquella salvaje mirada cruzada entre ambos había un mensaje indescifrable. Y las miradas las mantuvieron durante segundos, en silencio, el desasosiego del cura se incrementaba atormentándole al no poder descifrar el mensaje que recibía de la mutua contemplación visual.
Saludó el cura a los contrayentes y padrinos con una leve inclinación de cabeza, olvidando cualquier frase de bienvenida.
Cada vez más aturdido el celebrante, dio media vuelta, dando la espalda a los presentes para iniciar la liturgia de la misa en latín, horrorizado por que los nervios le estaban traicionando y su cerebro ocupado con la explosión de emociones que había padecido y que seguía padeciendo, le habían hecho olvidar los latinajos de las invocaciones y oraciones del ritual que tenia que interpretar, todos sobradamente aprendidos antes en las miles de veces que los recitó en el seminario.
Introito, prefacio, epiclésis, kyrie, fueron recitados entre balbuceos y nervios. Llegada la consagración y elevación de la hostia y copón, jamás se supo de una transustanciación en que el cuerpo y la sangre divina fueran exhibidos en tal estado de excitación, la comunión sacerdotal no se limitó a una sagrada forma partida en dos, sin no en cien pedazos que no atinaban a entrar en la boca del oficiante, las vinajeras mas desparramaron el vino sacro por el ara que atinaron a embocar el cáliz.
Cada vez que el celebrante tenia que volverse cara a los feligreses a impartir bendición o exclamar alguna frase ritual, su balbuceo y titubeo hubieran sido ostensibles para quienes siguieran con extrema atención el rito religioso.
Y en todas estas vueltas, su mirada no se dirigía a la congregación, si no que era llevada por una fuerza irresistible hacia los ojos de Apolonia, y en su delirio el cura Andrés creía, presentía, deseaba, ansiaba, que la vista de Apolonia se hincara de nuevo en la suya.
33
Terminada la misa, se iniciaba el protocolo canónigo de los esponsales, el celebrante debía ahora dedicarse exclusivamente a la pareja contrayente, leerles las recomendaciones y obligaciones matrimoniales, conminarles a que manifestaran su consentimiento, presenciar y bendecir el acto de entrega de las arras, solemnizar con incienso el “manteo” de tradición hebraica, conminarles con sermón solo dedicado a ellos, que en resumen se concretaba, en la docilidad de la hembra, engendrar muchos hijos, católicos por supuesto, guardarse fidelidad, especialmente ella hacia él, a no romper lo que Dios había unido, por muy déspota que resultara uno de los dos, y si podían, lo gratificante que le resultaba al cielo que se aguantaran las ganas y vivieran castos durante el matrimonio.
Comenzó el cura Andrés esta parte del ceremonial, y conforme avanzaba, continuaba notando como de su cuerpo se evadía la angustia y la depresión y tomaba sitio una fuerza viril hasta entonces no conocida, ya no tenia que esforzarse en aparentar un estado de ánimo, ahora se percibía obligado a contener sus impulsos, nervios y carne hervían en incontenibles deseos, que desde el púlpito el mismo hubiera sermoneado que eran más propios de animales que de humanos civilizados y cristianizados.