VILLAREJO DE FUENTES: prensado y añejada su carne hasta que el tocino adquiría...

prensado y añejada su carne hasta que el tocino adquiría una aureola rosácea. Tacos de ojeroso quedo manchego mantenido en aceite de oliva hasta que por su oxidación natural adquiere ese grato punto picante. Fuentes de mata-hambre, la tortilla de patata y cebolla, en las que el huevo de corral ocupaba en ellas mas sitio que su acompañamiento tradicional, cubiertas con un sabroso caldo de cocido castellano, para así poder merecer nombre tan contundente. Cazuelas del laborioso ajo-arriero, conseguido con la habilidad y paciencia culinaria necesaria para ligar en armonía y dúctil textura el recio salazón de bacalao con el suave puré de patata, ajo y otras especies que cada guisandera tenia por receta propia. El mojete, en donde la sencillez de unos tomates, unos pepinos, un poco de pimiento y alguna otra hortaliza de las huertas vecinas, aliñados con huevos duros y unos pocos cominos refrescaban el paladar y alertaban gulas. El agudo sabor del humeante ternasco, acompañado del inconfundible pisto manchego. Y a los postres los mantecados, las magdalenas, las lenguas de gato, los roscos de anís, los sobaos, las rosquillas de sartén, en una larga retahíla de variedades ajustadas a la diestra mano de cada buena amiga o vecina que ha intervenido en su amasado y horneo. Terminaba la copiosa pitanza con café, bueno en realidad mitad café, mitad cebada tostada, infusión realizada en pucherillo y colador de manga y por supuesto algo de licor, las frascas del negro y dulce ajonjolí corrieron entre las manos de los varones, mientras las hembras presentes se decantaron casi por unanimidad por el engañosamente suave mistela, los muy viejos y los muy jóvenes se saciaron con el zurra pensando que con el alargaban el festival gastronómico.
Cuando el bullicio en las mesas comenzó a decaer, se iniciaron los sones bullangueros de pasodobles entonados con más voluntad que habilidad musical por el acordeonista,

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acompañado de un batería aporreada por un joven con mas interés en alcanzar un récord en el abasto de decibelios que en marcar armonioso ritmo.
Y mientras tanto, le reiteración al principio serena y clara de los VIVA LOS NOVIOS y después igual exclamación reiterada ahora por voces gangosas frenadas por panzas ya muy pesadas e hígados depurando alcohol frenéticamente, que hacia agregar el alarido de QUE SE BESEN. Y alguno, ya pasado de la prudente libación, y al que la víscera hepática no le daba abasto a purgar lo que gaznate trasegaba osaba a proclamar la demanda de QUE SE BESEN LOS PADRINOS, lo que con mal disimulado rencor daba lugar a que partieran hacia el vociferante las miradas encorajinadas de los respectivos cónyuges de los citados.
Y terminó el banquete, el baile, la fiesta, el cansancio de los anfitriones se hizo manifiesto, los más prudentes se despedían de los desposados reiterándoles sus felicitaciones, los más rezagados repantigados sobre los asientos en las mas desordenadas posturas perdían su pensamiento y sentido de la prudencia y escuchaban de unos u otros un … “Que … ¿Nos vamos?, no contestado.
Los desposados dan una última vuelta por donde están todos los presentes despidiéndose de ellos y agradeciéndoles la presencia, ella sin prisa, el cada vez mas deseoso de dejar aquel recinto.
La que hasta ese mismo momento había sido casa de Apolonia, pasa a ser la casa de sus padres, y en su puerta aguarda un carro entoldado a modo de tartana, adornado con ramas verdes y alguna flor silvestre, y a su varal uncida una joven mula enjaezada. Suben los recién casados y los transporta hasta el hogar que han de compartir, casa nueva más pequeña que el caserón de los padres, con algún modesto detalle de moderna confortabilidad. Traspasan el umbral de la que ha de ser su morada, despidiéndose en la puerta de los invitados mas jóvenes que han venido siguiendo el carruaje nupcial con bromas y chascarrillos, algunos de dudoso gusto, otros manifiestamente groseros, y ya fatigados ponen fina a la fiesta de esponsales.
Apolonia sabe que a partir de ese momento su ya marido intentará consumar alocadamente el matrimonio, buscará sus carnes más intimas y recónditas para descargar sobre ellas todas sus ansias de macho, contenidas durante el noviazgo. Sabe también que tendrá que superar el pudor, ese sentimiento imbuido por una sociedad aferrada a rígidas normas cuyos dogmas sin significados lo acatan ciegamente, aunque nadie comprende y nadie las explica. Asume Apolonia lo que le han recalcado como su obligación principal de esposa, ser mujer dócil ante el semental que habrá de complacer en su inicial y más ciega y primitiva acometida.
Apolonia es conducida por la mano de su marido al dormitorio, ante el tálamo nupcial la besuquea con pasión dejando atrás los suaves toqueteos de los tan breves como furtivos momentos en que se habían acariciado con casi infantil ternura. Tras lo cual, entonces, por el que dirán, generalmente había una disculpa, al notar el varón el fingido rechazo con que ella recibía sus cándidas efusiones.
La transcendencia del acto que han de representar para si mismos, coarta algo a él y mucho a ella y sin previo acuerdo ni saber si es cosa de uno o del otro la luz del cuarto se apaga y queda solo iluminado por el modesto y leve resplandor que llega desde otra estancia a través de la puerta entreabierta. Ocultándose en el rincón más velado, Apolonia se va desvistiendo despacio, muy despacio, vacilante, con los nervios desatados,

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con pánico a tener que llegar a despojarse de sus ropas intimas y dejar al desnudo aquellas partes que le habían enseñado desde niña era tan terriblemente pecaminosa su exhibición, pero también sabia que tras el consentimiento que acababa de otorgar ante el cura Andrés, que la fuerza y el instinto del hombre que en aquel momento compartía con ella casa y habitación impondría la Ley de su potencia y codicia, que sus sentimientos desde que pronunció el “si quiero”” estaban sumisos a ser presa del varón al que ella accedió a ser entregada, poco contaba que él hubiera prometido tomarla por esposa y no por esclava. No percibía alegría alguna por conocer si el acto que tenia que interpretar era dulce y reconfortante o doloroso y cruel. No le apetecía, no sentía deseo de aquel protagonismo, pero …. no lo podía evitar.

Treinta y tres ojales

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Manuel mientras tanto, desde un rincón, callado y casi igual de azorado que ella, azotado por el ansia, solo decía de vez en cuando, entre cortadamente, ….. “vamos mujer … vamos”
Apolonia se enfunda un albo camisón adornado con piezas de laborioso encaje, que le cubre todo su cuerpo, con rapidez se mete bajo la ropa de la cama, tapándose hasta los ojos y volviendo la cara hacia el lado contrario a donde se encontraba Manuel, al percatarse éste también se acuesta, mas no se tapa, al contrario, intenta levantar la ropa de cama que envolvía a su esposa, a lo que ella se resiste aferrada al borde superior de la sabana y cubrecama, este leve forcejeo duró solo unos instantes, los necesarios para reordenar ambos sus pensamientos, ella se percata que no puede oponerse a lo inevitable, es la victima propiciatoria, está así escrito, él reflexiona de que tiene que contener sus instintos, en cierto modo se da cuenta y comprende la inhibición de Apolonia. Para si mismo hace promesa Manuel de ganar y gozar del cuerpo de su mujer renunciando a la violencia, aunque manteniendo vehementemente insistencias sin cejar en su empeño, dando por imprescindible que allí y en ese tiempo deberán quedar satisfechas sus contenidas ansias y cumplir con le imbuyeron era obligación de varón, otro modo se avergonzaría, su condición de macho quedaría en entredicho.
Lentamente, pretendiendo imprimir suavidad y sosiego, intenta que su mano sea de suave caricia y no de conquista, y la pasea Manuel bajo el camisón de Apolonia recorriendo la piel y curvas de su cuerpo hasta llegar a sus duros seno, toma uno, después el otro, pellizca apaciblemente los pezones, tira hacia sí del cuerpo de Apolonia que queda en posición de cúbito supino, la besa apasionadamente en la boca, en el cuello, en los senos, sus manos ansiosas levantan el níveo camisón, le separa las piernas y ….....