Ayer tuvo lugar en nuestros montes un desagradable suceso:
Un cazador recién aterrizado de Cata la uña, perdió gran parte de la masa muscular de un brazo al disparársele la escopeta. Al parecer fue a cobrar una pieza y al agacharse saltó el gatillo, aunque otras fuentes señalan que le reventó la escopeta. En los primeros momentos pensamos que otro cazador le había disparado por equivocación, debido a la densa niebla que cubría los chaparrales.
Sea como fuere, el caso es que al pobre elemento casi las diña. A todos nos sobresaltó el ruido de la ambulancia y las sirenas de las patrullas de la Guardia Civil.
Los ecologistas no nos alegramos de sucesos como este, pero tampoco los lamentamos, como tampoco lamentamos que un toro saque las vísceras a un sádico en traje de luces, lo cual tampoco quiere decir que brindemos por ello. El que juega con fuego se quema. Y el que sale al campo a matar debe estar también dispuesto a morir, y si no, que no salga.
Este coto es una vergüenza: hay más cazadores que piezas, y cada vez menos vinculados al campo y más inexpertos. Todo por cuatro miserables duros. Establecen un cupo que no respeta nadie, pues muchos cazadores lo sobrepasan y esconden las piezas excedentes, para luego ir a recogerlas. De los montes particulares prefiero no hablar.
Sabemos que se dispara a anátidas (patos) cuando está prohibido, pero descuidad que ya lo sabe el SEPRONA, y tan sólo hace falta que engavillemos a algún incauto con las manos en la masa.
Ojalá pudiera excluir mis parcelas del coto. Pagaría gustoso más impuestos porque no cazaran en ellas. Quizás con la caza sublimen sus peores instintos y en el fondo hagan bien a sus familias y a la sociedad. Quizás el matar una perdiz les quite las ganas de ahogar a la mujer, o de emborracharse, etc…
Le deseamos al autolesionado una pronta recuperación y que inicie un proceso reflexivo que le lleve por el camino del verdadero amor a la naturaleza.
Thurro, el último aborigen.
Un cazador recién aterrizado de Cata la uña, perdió gran parte de la masa muscular de un brazo al disparársele la escopeta. Al parecer fue a cobrar una pieza y al agacharse saltó el gatillo, aunque otras fuentes señalan que le reventó la escopeta. En los primeros momentos pensamos que otro cazador le había disparado por equivocación, debido a la densa niebla que cubría los chaparrales.
Sea como fuere, el caso es que al pobre elemento casi las diña. A todos nos sobresaltó el ruido de la ambulancia y las sirenas de las patrullas de la Guardia Civil.
Los ecologistas no nos alegramos de sucesos como este, pero tampoco los lamentamos, como tampoco lamentamos que un toro saque las vísceras a un sádico en traje de luces, lo cual tampoco quiere decir que brindemos por ello. El que juega con fuego se quema. Y el que sale al campo a matar debe estar también dispuesto a morir, y si no, que no salga.
Este coto es una vergüenza: hay más cazadores que piezas, y cada vez menos vinculados al campo y más inexpertos. Todo por cuatro miserables duros. Establecen un cupo que no respeta nadie, pues muchos cazadores lo sobrepasan y esconden las piezas excedentes, para luego ir a recogerlas. De los montes particulares prefiero no hablar.
Sabemos que se dispara a anátidas (patos) cuando está prohibido, pero descuidad que ya lo sabe el SEPRONA, y tan sólo hace falta que engavillemos a algún incauto con las manos en la masa.
Ojalá pudiera excluir mis parcelas del coto. Pagaría gustoso más impuestos porque no cazaran en ellas. Quizás con la caza sublimen sus peores instintos y en el fondo hagan bien a sus familias y a la sociedad. Quizás el matar una perdiz les quite las ganas de ahogar a la mujer, o de emborracharse, etc…
Le deseamos al autolesionado una pronta recuperación y que inicie un proceso reflexivo que le lleve por el camino del verdadero amor a la naturaleza.
Thurro, el último aborigen.