- CIELO DE SANGRE -
24 de enero de 1.938.
La contienda proseguía, era un día más, como tantos otros, para seguir sintiendo la dolorosa ausencia de los hombres del pueblo, que habían partido hacía una guerra fratricida sin sentido, que había dividido a España, a sus ciudades y a sus pueblos en dos mitades, enfrentando a sus gentes y que había hecho aflorar, las rencillas, las envidias, y las peores miserias humanas.
El pequeño pueblo de Rada de Haro, se encontraba en el bando republicano; dentro de los que luchaban por defender el orden y el gobierno legalmente constituidos.
Los hombres del pueblo, casados o solteros, que estaban en edad de poder luchar en la Guerra, habían sido movilizados y distribuidos por los distintos frentes de la contienda.
En grados distintos: Esposas, padres, abuelos, hermanos, tíos, novias… habían sufrido la marcha desgarradora de los hombres, viviendo desde entonces con la amenaza y el temor de que quizá no volvieran a verlos.
Cambios profundos habían conmocionado el pueblo, la preponderancia y la influencia de la Iglesia, habían sido sustituidos por nuevas costumbres, y las tendencias de izquierdas surgidas tras el triunfo del frente popular en las recientes elecciones, desplazaban poco a poco las antiguas costumbres.
Amparados en la reacción contra el levantamiento rebelde, se habían producido algunos excesos y actuaciones poco edificantes, dirigidas contra el clero y contra las imágenes y los símbolos religiosos. La iglesia del pueblo, lejos de su labor tradicional, había quedado ahora como lugar donde se celebraban pequeñas actuaciones teatrales, títeres.. Etc.
Siguiendo las consignas revolucionarias se habían requisado los bienes de los vecinos con mas propiedades del pueblo, considerados de tendencias conservadoras.
En la casa del cura, estaba ahora el ayuntamiento, dónde se tomaban las decisiones que afectaban al municipio, y se centralizaban los distintos servicios y actividades comunes que afectaban a los vecinos.
Enfrente de la Iglesia, se encontraba la casa del pueblo, allí se encerraba, la totalidad del ganado del pueblo, agrupando las reses requisadas con las de los vecinos restantes, y también se encontraban las cuadras con las yuntas, asimismo requisadas a los propietarios más ricos. El trabajo del pueblo desde el comienzo de la guerra civil, se organizaba en régimen de comuna, participando en el trabajo todos los habitantes del pueblo capacitados para ello. No era extraño, por tanto, ver a las mujeres del pueblo colaborando en tareas cotidianas como por ejemplo en la fabricación de quesos, o a los hombres compartiendo las tareas más pesadas, relacionadas principalmente con la ganadería y con la agricultura.
Aquella mañana de domingo, el pueblo y sus aledaños habían amanecido cubiertos de escarcha, era como si un velado manto blanco se hubiese depositado con suavidad sobre el suelo. El cielo estaba limpio, “raso”, su azul parecía destacar sobre el horizonte con más fuerza que otros días.
La gente se levantaba con el recuerdo reciente de la comida que el día anterior se había realizado en la sede de la U.G.te., con las liebres y conejos cazados a garrote esa misma mañana, por los hombres que permanecían en la localidad.
En otros tiempos, no muy lejanos, seguiría la ineludible costumbre de ir a misa, pero desde el comienzo de la guerra, el cura había partido del pueblo y corrían vientos contrarios a las celebraciones religiosas.
Al ser día festivo, sólo los encargados de cuidar el ganado y los que atendían a las caballerías, tenían trabajo, al resto le quedaba el ritual de pasarse por el Ayuntamiento, para ver si habían llegado noticias, o correo del frente, o bien, dado que el casino hacía unos años que estaba cerrado, juntarse en alguna casa, y preferentemente en la sede de la U.G.te., para echar un truque o una partida de brisca.
Las mujeres se quedaban realizando las labores de la casa, y preparando la comida; a pesar de ser tiempo de guerra no era tan acusada como en otras épocas anteriores, la escasez y siempre había comida para llevarse a la boca.
A la hora de comer, las familias con miembros en el frente, evitaban hablar del conflicto, y pasaban forzadamente de una conversación a otra; pero los huecos en las mesas, sus vacíos, sus silencios, hacían que su recuerdo les acompañara flotando en el ambiente.
Entrada la tarde, en una casa situada en la plaza de la casa grande, donde se encontraba la sede de la U.G.te., un hombre de pequeña estatura era el foco de atención, los presentes se acercaban a él con deferencia, algunos le palmeaban la espalda y otros le miraban con respeto. Era el presidente de la U.G.te., y una de las personas con más poder en el pueblo, se notaba que existía un marcado interés por acompañarle formando parte de la partida de truque que iba a comenzar.
Una “lebrilla” de zurra, de la que se iban llenando vasos, era el otro objeto de atención de la estancia; los hombres que no estaban enfrascados en partidas de cartas, se arremolinaban ante ella, bebiendo con deleite, y acercando bebida a las mesas donde se jugaba.
La tarde transcurría plácida, en un gramófono, que estaba colocado sobre una vetusta mesa, en un rincón de la habitación un chico ponía discos, sonaban melodías de la época, y algún que otro fandango que entre los vapores del alcohol, era jaleado y cantado con regocijo y entusiasmo. En un momento dado, un hombre alto y enjuto, se fue hasta el gramófono y colocó un disco; comenzó a sonar la internacional; como impelido por un resorte, el hombrecillo se irguió y levantó el puño en alto, su acción fue seguida al unísono por el resto de la gente que había en el casino y todos cantaron a coro la canción.
Tras el gran momento de exaltación proletaria, la velada continuó sin incidencias, hasta que un grupo de niños irrumpió en la sala, presos de una gran excitación:
- El cielo, gritaban, está colorao, esta rojo…
Los hombres, incrédulos, apenas levantaron la mirada de las cartas, y siguieron cada uno con lo que estaba haciendo.
- Abuelo, que es verdad, que es verdad, dijo uno de los niños, tirando de la chaqueta de un hombre que jugaba a las cartas.
- Es verdad, es verdad el cielo esta rojo, gritaban a coro el resto de los niños.
Con incredulidad, todas las miradas convergieron en el pequeño hombre esperando que tomara la iniciativa, éste saboreando la situación, pareció meditar y tras unos segundos de reflexión, se incorporó lentamente, aparto la silla y con paso firme, se dirigió a la salida, el resto de los hombres le siguieron de inmediato,
El hombre, acompañado de su séquito, salió hasta el patio de la casa, y resueltamente, miró hacia el cielo… desconcertado, comprobó que lo que decían los niños era cierto, el cielo tenía un color rojizo inquietante, que se apreciaba con mas intensidad hacia el noroeste.
Desde luego no era nada que se hubiera visto antes, no eran los reflejos dorados que se veían, a veces, en las puestas de sol en dirección a Belmonte, y que auguraban la llegada de la lluvia, sin duda, era algo distinto, algo nuevo para todos los presentes.
Por un momento las miradas, bajaron del cielo y buscaron los ojos del hombrecillo, éste pareció empequeñecerse, casi desaparecer, y enmudecido, sólo acertó a bajar su mirada hasta el suelo.
La gente se acercaba hasta la plaza, las mujeres, con paso apresurado, venían buscando a los hombres, tenían los rostros demudados, y la zozobra brillaba en sus ojos.
En silencio la gente se arremolinó en el centro de la plaza, parecían esperar que alguien tomara la iniciativa. Esa persona no parecía que fuese a ser el hombre altivo al que todos reverenciaban, éste permanecía absorto y con la mirada fija en el cielo que parecía tornarse más rojo a cada momento. Por fin el hombre que había colocado el disco, reaccionó y dirigiéndose a un grupo de niños exclamó:
- Os vais hasta el ayuntamiento y decidle al alcalde que nos vamos a las eras que están por encima de la cerca de Benito, parece que hay más rojo por esa zona, que le esperamos alli.
Los chicos echaron a correr hacia la antigua casa del cura, el resto de la gente inició un lenta y pesada procesión, calle arriba.
El color se hacía más intenso, las paredes de las casas, encaladas como era costumbre en el pueblo, estaban “coloradas”, el resplandor se adhería a las casas, al suelo, las sombras que se proyectaban de las gentes, se teñían de rojo, incluso los rostros, las manos, adquirían tonos rojizos contagiados con el resplandor.
Llegaron hasta el callejón de Pacomio y torcieron a la izquierda subiendo hasta las eras. El espectáculo era impresionante, desde la dirección a Belmonte y hasta el norte, donde quedaba la vereda, el cielo mostraba un encendido color rojo, que se reflejaba con gran de intensidad por toda la bóveda celeste. La luminosidad bañaba el espacio, parecía que el aire se estuviera solidificando, y flotaran en él finas partículas de color rosa.
Poco tiempo después el resto de la gente, encabezada por el alcalde llegó hasta las eras, el silencio era absoluto, todos miraban al cielo aterrados, hipnotizados, sin poder apartar un momento sus miradas.
Rompiendo el silencio, una mujer exclamó:
- Dios mío, esta vez es verdad, no es como cuando la Pura, esta vez se acaba el mundo.
Un sordo murmullo se extendió, el comentario había tenido eco entre todos, la gente empezó a mirarse dubitativa.
- No digáis tonterías, exclamó, con poca convicción, el alcalde, seguro que todo tiene una explicación.
Esta vez el murmullo fue menor. De nuevo, con más fuerza, la mujer repitió sus argumentos; ahora el alcalde permaneció callado, absorto como el resto de la gente, la idea se estaba aceptando por todos.
Se oyó la voz de otra mujer que decía entre sollozos:
- Es la sangre, es la sangre de los que han muerto en la guerra, la sangre de nuestros hijos, de nuestros maridos; algo muy grande está pasando Dios nos va a castigar.
No hubo reacción a estas palabras, solo un largo silencio, pesado como una losa, las acompañó.
Las miradas seguían fijas en el cielo que parecía tornarse aún más rojo, los ojos llorosos, los labios balbucientes, musitando alguna oración, inmóviles como si se hubieran detenido en el tiempo.
De pronto, nuestro presidente, el hombre admirado, aquel por el que pocas horas antes se mostraba deferencia, con la mirada perdida dio unos pasos vacilantes en dirección al fenómeno y cayendo de rodillas exclamó:
- Dios mío perdonamé, aunque soy presidente de la U.G.te., creo en Dios y creeré.
Dos veces más repitió esa frase. Dónde estaba ahora la firmeza revolucionaria, qué quedaba de la altivez que le prestaba su poder…, era al fin y al cabo un hombre como todos, desvalido, inseguro, marcado por las dudas y miedos creados por las severas reglas de la educación religiosa recibida, y que en aquellos momentos salía triunfante ante la razón; un hombre aterrado que decía en voz alta, lo que otros sin duda musitaban medrosos, en aquellos momentos.
La espera fue larga, con el paso del tiempo parecía que el color rojo se iba atenuando, al fin la impresión se confirmó, el efecto se desvanecía paulatinamente y del mismo modo la esperanza iba creciendo entre las gentes. Silenciosamente, inseguros aún, con algo de incertidumbre, pero con la ilusión reflejada en sus rostros, la gente se fue recogiendo hasta sus casas.
Tras la catarsis producida, sin cenar, en la penumbra de sus habitaciones, sumergidos en el revuelo agitado de pensamientos que preceden la llegada del sueño, unos se afianzaron en sus creencias, otros las recuperaron, y algunos, desorientados acrecentaron sus dudas, y no encontraron respuestas.
Más tarde, en esa noche mágica de ensueño, todos, a un mismo tiempo, soñaron que la guerra terminaba que los hombres volvían y que con su regreso, el pueblo de nuevo era EL PUEBLO.
A Maribel.
A todos los entonces sufrieron la guerra, y a los que la sufren en la actualidad.
Nota: En la noche del domingo 24 al lunes 25 de enero de 1938, se produjo en el hemisferio norte una Aurora Boreal, que fue vista en toda España, en nuestro pueblo se observó con claridad y se veía por el noroeste del pueblo, más acusadamente en el norte.
LA AURORA BOREAL es un fenómeno físico debido a la interacción entre las partículas emitidas por el Sol (viento solar) y la atmósfera terrestre. El Sol desprende partículas con carga eléctrica de gran energía, formando el viento solar o 'plasma'. El viento solar interacciona con el campo magnético de la Tierra, alcanzando la Ionosfera, capa de la atmósfera situada entre 60 y 100 km. Sobre la superficie de la Tierra. El choque de estas partículas(electrones, protones y partículas alfa (helio) a gran velocidad con los gases de la Ionosfera (oxígeno), libera energía en forma de luz visible. Esta luz presenta diversos colores, rojo, verde, azul y violeta.
Saludos,
Mcmlv.
24 de enero de 1.938.
La contienda proseguía, era un día más, como tantos otros, para seguir sintiendo la dolorosa ausencia de los hombres del pueblo, que habían partido hacía una guerra fratricida sin sentido, que había dividido a España, a sus ciudades y a sus pueblos en dos mitades, enfrentando a sus gentes y que había hecho aflorar, las rencillas, las envidias, y las peores miserias humanas.
El pequeño pueblo de Rada de Haro, se encontraba en el bando republicano; dentro de los que luchaban por defender el orden y el gobierno legalmente constituidos.
Los hombres del pueblo, casados o solteros, que estaban en edad de poder luchar en la Guerra, habían sido movilizados y distribuidos por los distintos frentes de la contienda.
En grados distintos: Esposas, padres, abuelos, hermanos, tíos, novias… habían sufrido la marcha desgarradora de los hombres, viviendo desde entonces con la amenaza y el temor de que quizá no volvieran a verlos.
Cambios profundos habían conmocionado el pueblo, la preponderancia y la influencia de la Iglesia, habían sido sustituidos por nuevas costumbres, y las tendencias de izquierdas surgidas tras el triunfo del frente popular en las recientes elecciones, desplazaban poco a poco las antiguas costumbres.
Amparados en la reacción contra el levantamiento rebelde, se habían producido algunos excesos y actuaciones poco edificantes, dirigidas contra el clero y contra las imágenes y los símbolos religiosos. La iglesia del pueblo, lejos de su labor tradicional, había quedado ahora como lugar donde se celebraban pequeñas actuaciones teatrales, títeres.. Etc.
Siguiendo las consignas revolucionarias se habían requisado los bienes de los vecinos con mas propiedades del pueblo, considerados de tendencias conservadoras.
En la casa del cura, estaba ahora el ayuntamiento, dónde se tomaban las decisiones que afectaban al municipio, y se centralizaban los distintos servicios y actividades comunes que afectaban a los vecinos.
Enfrente de la Iglesia, se encontraba la casa del pueblo, allí se encerraba, la totalidad del ganado del pueblo, agrupando las reses requisadas con las de los vecinos restantes, y también se encontraban las cuadras con las yuntas, asimismo requisadas a los propietarios más ricos. El trabajo del pueblo desde el comienzo de la guerra civil, se organizaba en régimen de comuna, participando en el trabajo todos los habitantes del pueblo capacitados para ello. No era extraño, por tanto, ver a las mujeres del pueblo colaborando en tareas cotidianas como por ejemplo en la fabricación de quesos, o a los hombres compartiendo las tareas más pesadas, relacionadas principalmente con la ganadería y con la agricultura.
Aquella mañana de domingo, el pueblo y sus aledaños habían amanecido cubiertos de escarcha, era como si un velado manto blanco se hubiese depositado con suavidad sobre el suelo. El cielo estaba limpio, “raso”, su azul parecía destacar sobre el horizonte con más fuerza que otros días.
La gente se levantaba con el recuerdo reciente de la comida que el día anterior se había realizado en la sede de la U.G.te., con las liebres y conejos cazados a garrote esa misma mañana, por los hombres que permanecían en la localidad.
En otros tiempos, no muy lejanos, seguiría la ineludible costumbre de ir a misa, pero desde el comienzo de la guerra, el cura había partido del pueblo y corrían vientos contrarios a las celebraciones religiosas.
Al ser día festivo, sólo los encargados de cuidar el ganado y los que atendían a las caballerías, tenían trabajo, al resto le quedaba el ritual de pasarse por el Ayuntamiento, para ver si habían llegado noticias, o correo del frente, o bien, dado que el casino hacía unos años que estaba cerrado, juntarse en alguna casa, y preferentemente en la sede de la U.G.te., para echar un truque o una partida de brisca.
Las mujeres se quedaban realizando las labores de la casa, y preparando la comida; a pesar de ser tiempo de guerra no era tan acusada como en otras épocas anteriores, la escasez y siempre había comida para llevarse a la boca.
A la hora de comer, las familias con miembros en el frente, evitaban hablar del conflicto, y pasaban forzadamente de una conversación a otra; pero los huecos en las mesas, sus vacíos, sus silencios, hacían que su recuerdo les acompañara flotando en el ambiente.
Entrada la tarde, en una casa situada en la plaza de la casa grande, donde se encontraba la sede de la U.G.te., un hombre de pequeña estatura era el foco de atención, los presentes se acercaban a él con deferencia, algunos le palmeaban la espalda y otros le miraban con respeto. Era el presidente de la U.G.te., y una de las personas con más poder en el pueblo, se notaba que existía un marcado interés por acompañarle formando parte de la partida de truque que iba a comenzar.
Una “lebrilla” de zurra, de la que se iban llenando vasos, era el otro objeto de atención de la estancia; los hombres que no estaban enfrascados en partidas de cartas, se arremolinaban ante ella, bebiendo con deleite, y acercando bebida a las mesas donde se jugaba.
La tarde transcurría plácida, en un gramófono, que estaba colocado sobre una vetusta mesa, en un rincón de la habitación un chico ponía discos, sonaban melodías de la época, y algún que otro fandango que entre los vapores del alcohol, era jaleado y cantado con regocijo y entusiasmo. En un momento dado, un hombre alto y enjuto, se fue hasta el gramófono y colocó un disco; comenzó a sonar la internacional; como impelido por un resorte, el hombrecillo se irguió y levantó el puño en alto, su acción fue seguida al unísono por el resto de la gente que había en el casino y todos cantaron a coro la canción.
Tras el gran momento de exaltación proletaria, la velada continuó sin incidencias, hasta que un grupo de niños irrumpió en la sala, presos de una gran excitación:
- El cielo, gritaban, está colorao, esta rojo…
Los hombres, incrédulos, apenas levantaron la mirada de las cartas, y siguieron cada uno con lo que estaba haciendo.
- Abuelo, que es verdad, que es verdad, dijo uno de los niños, tirando de la chaqueta de un hombre que jugaba a las cartas.
- Es verdad, es verdad el cielo esta rojo, gritaban a coro el resto de los niños.
Con incredulidad, todas las miradas convergieron en el pequeño hombre esperando que tomara la iniciativa, éste saboreando la situación, pareció meditar y tras unos segundos de reflexión, se incorporó lentamente, aparto la silla y con paso firme, se dirigió a la salida, el resto de los hombres le siguieron de inmediato,
El hombre, acompañado de su séquito, salió hasta el patio de la casa, y resueltamente, miró hacia el cielo… desconcertado, comprobó que lo que decían los niños era cierto, el cielo tenía un color rojizo inquietante, que se apreciaba con mas intensidad hacia el noroeste.
Desde luego no era nada que se hubiera visto antes, no eran los reflejos dorados que se veían, a veces, en las puestas de sol en dirección a Belmonte, y que auguraban la llegada de la lluvia, sin duda, era algo distinto, algo nuevo para todos los presentes.
Por un momento las miradas, bajaron del cielo y buscaron los ojos del hombrecillo, éste pareció empequeñecerse, casi desaparecer, y enmudecido, sólo acertó a bajar su mirada hasta el suelo.
La gente se acercaba hasta la plaza, las mujeres, con paso apresurado, venían buscando a los hombres, tenían los rostros demudados, y la zozobra brillaba en sus ojos.
En silencio la gente se arremolinó en el centro de la plaza, parecían esperar que alguien tomara la iniciativa. Esa persona no parecía que fuese a ser el hombre altivo al que todos reverenciaban, éste permanecía absorto y con la mirada fija en el cielo que parecía tornarse más rojo a cada momento. Por fin el hombre que había colocado el disco, reaccionó y dirigiéndose a un grupo de niños exclamó:
- Os vais hasta el ayuntamiento y decidle al alcalde que nos vamos a las eras que están por encima de la cerca de Benito, parece que hay más rojo por esa zona, que le esperamos alli.
Los chicos echaron a correr hacia la antigua casa del cura, el resto de la gente inició un lenta y pesada procesión, calle arriba.
El color se hacía más intenso, las paredes de las casas, encaladas como era costumbre en el pueblo, estaban “coloradas”, el resplandor se adhería a las casas, al suelo, las sombras que se proyectaban de las gentes, se teñían de rojo, incluso los rostros, las manos, adquirían tonos rojizos contagiados con el resplandor.
Llegaron hasta el callejón de Pacomio y torcieron a la izquierda subiendo hasta las eras. El espectáculo era impresionante, desde la dirección a Belmonte y hasta el norte, donde quedaba la vereda, el cielo mostraba un encendido color rojo, que se reflejaba con gran de intensidad por toda la bóveda celeste. La luminosidad bañaba el espacio, parecía que el aire se estuviera solidificando, y flotaran en él finas partículas de color rosa.
Poco tiempo después el resto de la gente, encabezada por el alcalde llegó hasta las eras, el silencio era absoluto, todos miraban al cielo aterrados, hipnotizados, sin poder apartar un momento sus miradas.
Rompiendo el silencio, una mujer exclamó:
- Dios mío, esta vez es verdad, no es como cuando la Pura, esta vez se acaba el mundo.
Un sordo murmullo se extendió, el comentario había tenido eco entre todos, la gente empezó a mirarse dubitativa.
- No digáis tonterías, exclamó, con poca convicción, el alcalde, seguro que todo tiene una explicación.
Esta vez el murmullo fue menor. De nuevo, con más fuerza, la mujer repitió sus argumentos; ahora el alcalde permaneció callado, absorto como el resto de la gente, la idea se estaba aceptando por todos.
Se oyó la voz de otra mujer que decía entre sollozos:
- Es la sangre, es la sangre de los que han muerto en la guerra, la sangre de nuestros hijos, de nuestros maridos; algo muy grande está pasando Dios nos va a castigar.
No hubo reacción a estas palabras, solo un largo silencio, pesado como una losa, las acompañó.
Las miradas seguían fijas en el cielo que parecía tornarse aún más rojo, los ojos llorosos, los labios balbucientes, musitando alguna oración, inmóviles como si se hubieran detenido en el tiempo.
De pronto, nuestro presidente, el hombre admirado, aquel por el que pocas horas antes se mostraba deferencia, con la mirada perdida dio unos pasos vacilantes en dirección al fenómeno y cayendo de rodillas exclamó:
- Dios mío perdonamé, aunque soy presidente de la U.G.te., creo en Dios y creeré.
Dos veces más repitió esa frase. Dónde estaba ahora la firmeza revolucionaria, qué quedaba de la altivez que le prestaba su poder…, era al fin y al cabo un hombre como todos, desvalido, inseguro, marcado por las dudas y miedos creados por las severas reglas de la educación religiosa recibida, y que en aquellos momentos salía triunfante ante la razón; un hombre aterrado que decía en voz alta, lo que otros sin duda musitaban medrosos, en aquellos momentos.
La espera fue larga, con el paso del tiempo parecía que el color rojo se iba atenuando, al fin la impresión se confirmó, el efecto se desvanecía paulatinamente y del mismo modo la esperanza iba creciendo entre las gentes. Silenciosamente, inseguros aún, con algo de incertidumbre, pero con la ilusión reflejada en sus rostros, la gente se fue recogiendo hasta sus casas.
Tras la catarsis producida, sin cenar, en la penumbra de sus habitaciones, sumergidos en el revuelo agitado de pensamientos que preceden la llegada del sueño, unos se afianzaron en sus creencias, otros las recuperaron, y algunos, desorientados acrecentaron sus dudas, y no encontraron respuestas.
Más tarde, en esa noche mágica de ensueño, todos, a un mismo tiempo, soñaron que la guerra terminaba que los hombres volvían y que con su regreso, el pueblo de nuevo era EL PUEBLO.
A Maribel.
A todos los entonces sufrieron la guerra, y a los que la sufren en la actualidad.
Nota: En la noche del domingo 24 al lunes 25 de enero de 1938, se produjo en el hemisferio norte una Aurora Boreal, que fue vista en toda España, en nuestro pueblo se observó con claridad y se veía por el noroeste del pueblo, más acusadamente en el norte.
LA AURORA BOREAL es un fenómeno físico debido a la interacción entre las partículas emitidas por el Sol (viento solar) y la atmósfera terrestre. El Sol desprende partículas con carga eléctrica de gran energía, formando el viento solar o 'plasma'. El viento solar interacciona con el campo magnético de la Tierra, alcanzando la Ionosfera, capa de la atmósfera situada entre 60 y 100 km. Sobre la superficie de la Tierra. El choque de estas partículas(electrones, protones y partículas alfa (helio) a gran velocidad con los gases de la Ionosfera (oxígeno), libera energía en forma de luz visible. Esta luz presenta diversos colores, rojo, verde, azul y violeta.
Saludos,
Mcmlv.