Ahmed pensó deprisa, luego dijo:
-Sé todo lo que has hecho y para salvarte te pido que hagas esto: coloca el rubí en seguida bajo la almohada de tu marido y olvídate de todo.
La mujer del joyero volvió a casa e hizo lo que le habían ordenado. Al cabo de una hora Ahmed la siguió y le dijo al joyero que ya había hecho sus cálculos y que por mediación del sol, la luna y las estrellas, el rubí estaba en ese momento bajo su almohada.
El joyero salió corriendo de la habitación como un ciervo perseguido ... (ver texto completo)
- ¿Confesar qué?, -preguntó Ahmed.
- ¡Oh, nada que no sepas ya! –sollozó. Sabes muy bien que yo robé el rubí. Lo hice para castigar a mi marido, ¡él me trata con tanta crueldad! Pero tú, el mejor de los hombres, para quien no existe ningún secreto, ordéname y haré lo que me pidas con tal que este secreto nunca salga a la luz.
La mujer se puso rápidamente su velo y se fue donde estaba Ahmed y se arrojó a sus pies sollozando:
-Salva mi honor y mi vida y lo confesaré todo.
- ¡Oh, mujer, mujer, eres más perniciosa para la felicidad del hombre que la peor de las serpientes!
Sucedió que la joya había sido escondida por la mujer del joyero quien, sintiéndose culpable del robo, había mandado a una esclava para que siguiese a su marido a todas partes. Esta esclava al oír al nuevo astrólogo gritar algo sobre una serpiente creyó que todo se había descubierto y volvió corriendo a la casa a contárselo a su señora: Os han descubierto, querida señora -le dijo jadeando. ¡Os ha ... (ver texto completo)
- ¡Oh, el astrólogo más reciente, Ahmed el Zapatero, promete decir todo lo que es posible saber! -rió uno de los curiosos espectadores.
El joyero de la Corte se adelantó resuelto y susurró al oído de Ahmed:
-Si conoces tu arte, descúbreme donde está el rubí del Rey y te daré doscientas piezas de oro. Pero si no tienes éxito... ¡traeré la muerte sobre ti!
Ahmed quedó atónito. Se echó la mano a la frente y sacudiendo la cabeza al mismo tiempo que pensaba en su esposa, dijo:
- ¡Oh, señoras y señores! acudid a mí en busca de respuesta para cualquier cosa. Yo sé leer las estrellas, conozco al sol, a la luna y a los doce signos del zodiaco. ¡Puedo predecir lo que va a suceder!
Sucedió que el joyero del Rey pasaba por allí sumido en gran aflicción, pues había perdido una de las joyas de la corona que le habían sido confiadas para su pulido. Era un gran rubí. Lo había buscado por todas partes sin ningún resultado.
El joyero de la Corte sabía que si no lo encontraba le cortarían la cabeza. Se acercó a la multitud que rodeaba a Ahmed y preguntó qué sucedía. ... (ver texto completo)
-Ni sé, ni me importa cómo lo hagas, pero para mañana tienes que ser astrólogo, si no volveré a la casa de mi padre y pediré el divorcio -dijo ella.
El zapatero estaba loco de desesperación. ¿Cómo iba a convertirse en astrólogo? Esta era su preocupación. No podía soportar la idea de perder a su esposa. Así pues, salió y compró la tabla de los signos del zodiaco, un astrolabio y un almanaque de los astros. Para ello tuvo que vender sus herramientas de zapatero y así sintió que tendría éxito como ... (ver texto completo)
- ¿Por Dios, qué te pasa querida?
- ¡No me hables ni te acerques a mí hasta que seas astrólogo de la corte! -le riñó ella. ¡Deja tu vulgar oficio de arreglar zapatos! Nunca seré feliz hasta que seamos ricos.
- ¡Astrólogo, astrólogo! -sollozó Ahmed. ¿Qué conocimientos tengo yo para leer las estrellas? ¡debes estar loca!
- ¡Ciertamente eso es lo que el desastre de mi Ahmed debe llegar a ser, un astrólogo! -pensó la mujer del zapatero- y corrió a su casa tan rápido como la llevaron sus pies.
El zapatero al verla en su casa preguntó:
Ésta iba todos los días a los baños de Hammam y siempre encontraba a alguien allí que la producía celos. Un día espió a una señora que vestía un traje espléndido, joyas en todos los dedos de la mano y perlas en las orejas y a la que atendían muchas personas. Cuando preguntó quién podía ser aquella dama, la contestaron:
-La mujer del jefe de los astrólogos.
EL ZAPATERO QUE SE CONVIRTIÓ EN ASTRÓLOGO
Vivía en la ciudad de Isfahan un pobre zapatero llamado Ahmed, que tenía una esposa especialmente codiciosa y ambiciosa.
Mi primer recuerdo de la madrugada de Viernes Santo, es junto a mi madre, yendo a la Plaza Mayor para llevar el bocadillo de tortilla a mi padre que formaba parte de las Turbas, envuelta en el maremágnum de los distintos colores de túnicas y capuces, en el estruendo de tambores y clarines.

Ver la Plaza Mayor llena de gente y cómo de pronto se hacía el silencio, cómo la turba se callaba ante la llegada de la Virgen; algo que me impresionaba y no entendía. Hoy, con el paso de los años, sigo acudiendo ... (ver texto completo)
Al día siguiente, una gran muchedumbre se agolpaba en torno al viejo roble: la tempestad de la noche anterior había arrancado las raíces del árbol, que ahora yacía tumbado. Algunos de los congregados no pudieron evitar verter unas lágrimas, pues el roble les había guiado hasta la costa en más de una ocasión. Pero aquel sueño glorioso fue en realidad el último sueño del viejo roble.
Desearía que todos ellos, todos los que conocí, los que me acompañaron y los que pasaron por aquí para luego emprender su camino hacia lugares lejanos,... desearía compartir con ellos esta grata sensación. -Estamos aquí -decían los pájaros en su sueño-. ¡Ya hemos llegado! -le anunciaban las pequeñas flores. - ¡Hemos venido! -decían los humanos a los que había conocido.
Soñó con los pequeños insectos, con las delicadas florecitas que le acompañaban apenas un día, para después desaparecer, dejando sólo el recuerdo... Y sintió una luz cegadora y brillante, una nueva savia que corría por su tronco hasta alcanzar las ramas más frágiles. Escuchaba de fondo el tañir de campañas que anunciaban la Navidad, y supo que, de alguna manera, la realidad se había mezclado con sus sueños.