Esas y otras preguntas muestran cómo la vida, que tanto apreciamos, carece de garantías de continuidad en nuestro planeta, pues factores internos o externos, incluyendo actividades humanas (basta con imaginar las terribles consecuencias de una guerra nuclear) la amenazan seriamente.
Sin pensar en algo tan dramático, podríamos preguntarnos: ¿qué sentido tiene trabajar por el ambiente si explotase en la tierra alguna extraña infección que destruyese a todos los seres humanos en un tiempo más o menos breve?
Además, ¿cambiaría todo el panorama si llegase el momento, que esperamos llegue dentro de muchos miles de años, en el que nuestro planeta fuera destruido o dañado gravemente por fenómenos astronómicos fuera de nuestro control?
Surgen entonces nuevas preguntas que muestran la complejidad del tema: ¿hablamos de la vida en general o de cada uno de los vivientes en particular? ¿Qué valor puede tener un viviente concreto, destinado a morir, en relación con la esperanza de que otros vivientes le sucedan a lo largo de un periodo de tiempo más o menos indeterminado?
Seguramente hay otras respuestas. Entre ellas, destaca un aspecto común: apreciar la vida como un bien en sí mismo. Por eso, lo que hagamos por conservarla sería algo bueno, justo, necesario.
Para otros, conservar el ambiente es un deber ético porque no podemos alterar lo que un proceso cósmico y evolutivo de milenios nos ha dejado como herencia para nuestra generación y para las generaciones futuras.
Las respuestas a esa pregunta serán diferentes según las perspectivas que cada uno adopte. Para unos, proteger el ambiente es algo bueno porque resulta necesario para la conservación de la vida.
En ese contexto surge la pregunta: ¿en qué sentido o por qué es un bien conservar el ambiente, proteger los ecosistemas, invertir para la mejora del aire, detener los cambios climáticos?
La Iglesia y el trabajo humano
Responsabilidad social

Conservar el ambiente del planeta
¿Qué sentido tiene trabajar por el ambiente?

Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic. net

Cualquier acción humana implica la búsqueda de algún bien. Todo lo que se propone y se hace para conservar el ambiente del planeta tierra sigue ese criterio fundamental característico de la vida ética.
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Madroño en el mes de noviembre. (jugando con la luz)
Estas palabras las pronunció también en Esmalcalda, pero de igual modo las podía haber pronunciado en Eisleben a la hora de la muerte, porque no cabe duda que en su pecho alentó siempre toda la fuerza de su odio inveterado contra el "anticristo" de Roma.
"Yo muero en odio del malvado (es decir, del papa), que se alzó por encima de Dios" ("Ego morior in odio des Boswichts, qui extulit se supra Deum" (Tischr. 3543b III 393).).
Afirma Ratzeberger que, terminada la cena del día 17, tomó Lutero en su mano un poco de tiza y escribió en la pared aquel conocido verso: "En vida fui tu peste; muerto seré tu muerte, ¡oh papa!" (Pestis eram vivus, mo riens ero mors tua, papa). Pero Ratzeberger no estaba presente, y ninguno de los testigos, que narran minuciosamente todo lo sucedido en aquellas últimas horas, refieren semejante hecho, aunque tanto Jonas como Coelius muestran conocer ese antiguo verso luterano. Por lo cual debemos pensar que Ratzeberger se equivocó de tiempo; Lutero no escribió ese verso en Eisleben poco antes de morir, sino en Altemburg en su viaje de regreso de Coburg, a principios de octubre de 1530. Verso que en su grave enfermedad de Esmalcalda (1537) dejó a sus amigos para que lo pusieran en su sepulcro como su mejor inscripción funeraria (M. RATZEBERGER, Die handschriftliche Geschichte 138). ... (ver texto completo)
Era el 18 de febrero de 1546, jueves, a las tres menos cuarto de una mañana frígidísima. Martín Lutero había muerto. Aquella mano que había esgrimido incansablemente la pluma como una espada invencible, caía ahora lánguidamente sobre su cuerpo yerto. Aquellos labios de elocuencia torrencial quedaban cerrados para siempre. Aquellos ojos centelleantes se habían apagado, cubiertos por los grandes párpados. Aquel corazón que tan encendidas hogueras de odio había alimentado, ya no volvería a latir. La ... (ver texto completo)