-Muchas gracias – dijo el hombre-. Dime qué es lo que quieres a cambio.
Entonces, Dos Ojitos se ofreció a complacer al caballero y, en efecto, sacó una ramita cargada con frutos de oro.
- ¡Esto sí es estupendo! – comentó el caballero-. El árbol os pertenece y no podéis tomar nada de él.
Un Ojito y Tres Ojitos, por más que se esforzaron, no pudieron atender la petición del caballero porque las ramas se les escapaban de las manos.
- ¿A quén pertenece este árbol tan precioso? Daría cuanto me pidieran por una ramita – dijo.
Cierto día, se acercó a la casa un caballero montado en brioso caballo blanco que se detuvo a admirar el árbol maravilloso.
Insistió tanto que no tuvieron más remedio que dejarla subir. Entonces vieron con sorpresa que las manzanas se dejaron caer por sí solas en manos de Dos Ojitos, y a los pocos instantes ésta tuvo su delantal lleno de frutos.
– Si me dejáis probar a mí, quizá lo consiga.
Entonces, Dos Ojitos dijo tímidamente:
La madre le dijo a Un Ojito que subiese al árbol y se apoderase de algunos frutos; pero la rama se le escapó de las manos y se disparó como una fecha. Lo intentó también Tres Ojitos y a esta le sucedió lo mismo.
Desapareció el hda y Dos Ojitos regresó corriendo a casa, sacó el corazón de la cabrita y lo enterró al pie de la puerta. A la mañana siguiente todos quedaron atónitos al ver delante de la casa un árbol maravilloso, con hojas de plata y frutos de oro.
-Saca el corazón de la cabrita, entiérralo ante la puerta de la casa, y verás como te trae suerte.
- ¿Cómo no he de llorar – respondió la niña-, si mi madre mató a la cabrita y ahora sufro hambre y sed?
- ¿Por qué lloras, Dos Ojitos?
Dos Ojitos se apenó con la muerte de la cabrita y se puso a llorar. El hada volvió a aparecer y le preguntó: