El hombre adulto no dejaba de mover las manos, enseñándole las diferentes cosas. Algunas veces se detenía y se agachaba para examinar la tierra junto a un nido de abejas, otras para excavar dentro de una cueva de iguanas. Y cada vez que hacía algo de esto, le indicaba al joven que debía recordarlo para hacerlo por sí mismo más adelante.
Para el muchacho se trataba de una aventura fascinante.
Mientras caminaban, el joven pensó en voz alta:
-Es como si estuviera viviendo un sueño.
- ¿Un sueño? ... (ver texto completo)
Eran momentos de gran felicidad para el joven. Le reconfortaba sentir el sol en la espalda y la brisa en el rostro. Le encantaba estar con aquel cazador experimentado de su tribu, que le enseñaba a seguir las huellas de los animales, distinguir entre las diferentes plantas, y, en general, a descubrir los secretos del bosque.
Cuento de Warlpiri
El gran sueño

Dos hombres, uno joven y otro adulto, habían estado caminando en silencio durante algún tiempo. El sol se elevaba lentamente por el este y la brisa acariciaba los árboles, mientras los pájaros cantaban en sus ramas.
Me encanta este pueblo
Nada lograron y el flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron.
En la ciudad sólo quedaron sus opulentos habitantes y sus bien repletos graneros y bien provistas despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza.
Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ... (ver texto completo)
Furioso por la avaricia y la ingratitud de los hamelineses, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez, insistentemente.
Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, arrebatados por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico.
Cogidos de la mano y sonrientes, formaban una gran hilera, sorda a los ruegos y gritos de sus padres que en vano, entre sollozos de desesperación, intentaban impedir que siguieran al flautista. ... (ver texto completo)
A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los prohombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: " ¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?".
Y dicho esto, los orondos prohombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda profiriendo grandes carcajadas.
Los hamelineses, al verse al fin libres de las voraces tropas de ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus prósperos negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes viandas y bailando hasta muy entrada la noche.
Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad.
Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones perecieron ahogados.
Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían embelesados los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta.
Al poco se presentó ante ellos un flautista taciturno, alto y desgarbado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín".
Ante la gravedad de la situación, los prohombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas por la voracidad de los ratones, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones".
El flautista de Hamelín

Hace mucho, muchísimo tiempo, en la próspera ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que merodeaban por todas partes, devorando, insaciables, el grano de sus repletos graneros y la comida de sus bien provistas despensas.
Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar ... (ver texto completo)
El espejo de Casiopea

Hace muchos años, cuando vivía la madrastra de Blanca Nieves, había otra reina de un país lejanísimo, que se llamaba Casiopea.
Era muy guapa esta reina, tan guapa, que no hacía más que mirarse al espejo, como la madrastra de Blancanieves, y preguntarle:
-Espejito mágico, ¿hay otra reina tan guapa como yo, sí o no?
En esta ciudad, me recibió una multitud inmensa: todos querían ver cómo hacía correr al lobo enganchado a mi trineo. Me recibieron con tales manifestaciones de júbilo que el zar en persona sintió una gran envidia ante mi destreza.