Hacían de su vida una miseria contando mentiras sobre él a su señor. Sin embargo, éste se daba cuenta de que realmente estaban celosos, así que cada vez que le venían contando chismes sobre Gafur los mandaba severamente de vuelta a sus tareas.
Gafur, día tras día y año tras año, aprendió de libros sobre ciencias, artes y sabiduría, así que llegó a ser igual a un noble como su señor. Juntos iban a la corte y se unían en pláticas ante el rey.
Un día, el noble, cuyo nombre era Abdul Azim, compró un niño esclavo con el cual se encariñó y al que enseñó a leer y escribir, tratándolo como a su propio hijo.
Esto molestaba a los otros sirvientes que odiaban al niño esclavo (cuyo nombre era Gafur) y aprovechaban cada oportunidad para intrigar contra él.
EL NOBLE Y EL ESCLAVO
Había una vez un noble que vivía en una gran mansión, no lejos de Samarkanda. Rodeando la mansión había árboles frutales en extensos campos y jardines, cuajados de rosas y otras flores, que eran cuidados durante todo el día para conservar el sitio hermoso.
El rey, contento al ver que su esposa pensaba como él, corrió al armario y, abriéndolo, hizo salir a sus dos hijos y a Juan, diciendo:
- ¡Loado sea Dios; está salvado y hemos recuperado también a nuestros hijitos!
Y le contó todo lo sucedido. Y desde entonces vivieron juntos y felices hasta la muerte.
-Mi querida esposa, podemos devolverle la vida, pero ello nos costará sacrificar a nuestros dos hijitos.
Palideció la Reina y sintió una terrible angustia en el corazón; sin embargo, dijo:
-Se lo debemos, por su grandísima lealtad.
El Rey estaba lleno de contento. Cuando oyó venir a la Reina, ocultó a Juan y a los niños en un gran armario. Al entrar ella, díjole:
- ¿Has rezado en la iglesia?
-Sí -respondió su esposa-, pero constantemente estuve pensando en el fiel Juan, que sacrificó su vida por nosotros.
Dijo entonces el Rey:
-Tu abnegación no quedará sin recompensa -y, cogiendo las cabezas de los niños, las aplicó debidamente sobre sus cuerpecitos y untó las heridas con su sangre. En el acto quedaron los niños lozanos y llenos de vida, saltando y jugando como si nada hubiese ocurrido.
- ¡Por ti sacrificaría cuanto tengo en el mundo!
-Siendo así -prosiguió la piedra-, corta con tu propia mano la cabeza a tus hijos y úntame con su sangre. ¡Sólo de este modo volveré a vivir!
Tembló el Rey al oír que tenía que dar muerte a sus queridos hijitos; pero al recordar la gran fidelidad de Juan, que había muerto por él, desenvainó la espada y cortó la cabeza a los dos niños. Y en cuanto hubo rociado la estatua con su sangre, animóse la piedra y el fiel Juan reapareció ante él, vivo y sano, ... (ver texto completo)
- ¡Ay, mi fiel Juan, si pudiese devolverte la vida!
Y he aquí que la estatua comenzó a hablar, diciendo:
-Sí, puedes devolverme a vida, si para ello sacrificas lo que más quieres.
A lo que respondió el Rey:
Transcurrió algún tiempo y la Reina dio a luz dos hijos gemelos, que crecieron y eran la alegría de sus padres. Un día en que la Reina estaba en la iglesia y los dos niños se habían quedado jugando con su padre, miró éste con tristeza la estatua de piedra y suspiró:
El Rey y la Reina se afligieron en su corazón.
- ¡Ay de mí! -se lamentaba el Rey-. ¡Qué mal he pagado su gran fidelidad!
Y, mandando levantar la estatua de piedra, la hizo colocar en su alcoba, al lado de su lecho. Cada vez que la miraba, no podía contener las lágrimas, y decía:
- ¡Ay, ojalá pudiese devolverte la vida, mi fidelísimo Juan!
He sido condenado injustamente, pues siempre te he sido fiel.
Y explicó el coloquio de los cuervos que había oído en alta mar y cómo tuvo que hacer aquellas cosas para salvar a su señor. Entonces exclamó el Rey:
- ¡Oh, mi fidelísimo Juan! ¡Gracia, gracia! ¡Bajadlo!
Pero al pronunciar la última palabra, el leal criado había caído sin vida, convertido en estatua de piedra.
Al día siguiente, el leal criado fue condenado a morir y conducido a la horca. Cuando ya había subido la escalera, levantó la voz y dijo:
-A todos los que han de morir se les concede la gracia de hablar antes de ser ejecutados. ¿No se me concederá también a mí este derecho?
-Sí -dijo el Rey-. Te lo concedo -entonces el fiel Juan habló de esta manera:
- ¡Quién sabe por qué lo hace! Dejadlo, que es mi fiel Juan.
Celebróse la boda, y empezó el baile. La novia salió a bailar; el fiel Juan no la perdía de vista, mirándola a la cara. De repente palideció y cayó al suelo como muerta. Juan se lanzó sobre ella, la cogió en brazos y la llevó a una habitación; la depositó sobre una cama, y, arrodillándose, sorbió de su pecho derecho tres gotas de sangre y las escupió seguidamente. Al instante recobró la Reina el aliento y se repuso; pero el Rey, que había ... (ver texto completo)
- ¡Fijaos, ahora ha quemado la camisa de boda del Rey!
Pero éste dijo: