- ¡No abriremos a nadie más que a ti! ¡Vete tranquila! -dijeron los cabritillos.
Mamá Cabra tomó su canasto y se fue al mercado.
El lobo al verla salir se relamió de gusto pensando en los cabritillos que habían quedado solos dentro de la casa.
LOS SIETE CABRITILLOS Y EL LOBO

Ocurrió que un día, Mamá Cabra dijo a los cabritillos:
-Hijitos míos, tengo que ir al mercado. Os quedáis solos en casa. No abráis la puerta a nadie. Mirad que el lobo anda rondando por estos lugares.
Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce novia. Pero, de pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado. El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido. Pero el Hada no acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando como ... (ver texto completo)
El joven, deslumbrado, descubrió junto a él a Zapaquilda, convertida en una bellísima muchacha.
LA GATITA ENCANTADA

Érase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jóvenes casaderas deseaban tenerle por esposo. Pero él no se fijaba en ninguna y pasaba su tiempo jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del hogar. Un día, dijo en voz alta:
-Eres tan cariñosa y adorable, que, si fueras mujer, me casaría contigo.
El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.
Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento:
La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó la cabeza, que cayó dentro del agua.
-Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!
-Bien -asintió el cangrejo-. Si es así llévame al estanque de los lotos.
Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.
Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:
-Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy. Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.
- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña-. ¿Crees acaso que soy tu esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.
Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.
- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo-. El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?
Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese al cuello con sus fuertes tenazas.
-Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que soltarme y caer al agua.