Justo después de los atentados del 11M, se suspenden todos los mítines previstos y toda la campaña electoral se declara por terminada. Esa suspensión les resulta particularmente fácil al Partido Popular y al presidente de gobierno porque la aflicción nacional es de por sí la mejor campaña electoral: No hay nada que funda mejor al pueblo con sus líderes que un ataque desde el extranjero o un atentado sufrido en común. En ese momento de máxima emergencia el Estado debe intervenir sin miramientos y el pueblo debe librarse de críticas y reparos capaces de desunir la nación. Esto siempre es un argumento a favor del líder actual y en contra de la oposición. Sin embargo, el presidente del gobierno Aznar no se encontraba del todo a gusto en ese idilio democrático. Al fin y al cabo la lucha contra el terrorismo ha tenido un papel importante en su campaña electoral: Aznar se perfilaba como el combatiente más acérrimo del nacionalismo vasco y culpaba a los socialistas de la oposición de negociar con esos enemigos de la patria. El candidato socialista, Rodríguez Zapatero, por su parte, le acusaba de "traer el terrorismo al país” al haber participado en la guerra estadounidense en Irak mediante el envío de tropas españolas.
Así que la conmoción nacional se centra muy rápidamente alrededor de la cuestión si los atentados fueron cometidos por ETA o por Al Qaeda: Aznar conoce perfectamente a los electores democráticos y está seguro de que esta misma población, todavía desconcertada, deplorando las víctimas de los atentados, recuperará de aquí al día de las elecciones su capacidad de diferenciar según el único criterio que debe conocer un buen ciudadano: Si lo acontecido es más bien un argumento a favor del gobierno o uno a favor de la oposición. Se vislumbran entonces dos posibles escenarios:
- En el caso de que resulte que los atentados fueron cometidos por ETA, las víctimas afirmarán claramente la política interior de Aznar. En este caso no cabrá duda alguna sobre el empleo de la fuerza estatal. Las víctimas que causa ese empleo de la fuerza estatal son el mejor argumento para seguir esa lucha con aún más firmeza.
- Justo lo contrario será la valoración del atentado en el caso de que quede demostrado que los atentados tienen algo que ver con la participación española en la guerra de Irak. Para España el beneficio nacional de esa guerra es ya más que dudoso y las víctimas que causa ponen aún más en duda el balance positivo de esa guerra. En ese caso las víctimas serán un argumento en contra del presidente que llevó la nación a esa guerra, y la conmoción nacional sobre los atentados que agita el país tres días antes de las elecciones dañará muy probablemente la victoria que hasta ahora se daba por segura.
Todo esto le pasa a Aznar por la cabeza - con todo el luto que siente "personalmente” - cuando le informan del atentado. Y en el momento en que al elector todavía lo están entreteniendo con esas imágenes del "horror desconcertante” está claro para él cual ha de ser la estrategia en los días siguientes: Aprovechará todo el poder a su alcance para hacer aparecer a ETA como culpable del atentado y para crear una idea de la situación nacional que de acuerdo a los criterios político-morales de la opinión pública dará razón a la línea política que él defiende. Aquel mismo día entonces redacta un llamamiento a la manifestación contra los "atentados terroristas de ETA en Madrid”; llama varias veces a los directores de El País y El Periódico culpando a ETA de los atentados, da instrucciones a los corresponsales en el extranjero y al cuerpo diplomático de insistir en el extranjero con esa versión de los acontecimientos; y finalmente logra que se declare una resolución en la ONU donde se nombra explícitamente a ETA como responsable de los atentados.
Muy pronto se demuestra que Aznar no se equivocaba sobre los votantes españoles: Las interpretaciones nacionales de los hechos son tan obvias al votante que sin ningún momento de duda identifica la pregunta sobre la autoría de los atentados - ETA o Al Qaeda - con la cuestión si deberá ser el gobierno o la oposición a la que él autorize el día de las elecciones a ejercer el poder sobre él. Así el votante se hace a sí mismo objeto ideal de la manipulación facilitando la tarea a los estrategas de las campañas electorales a los que sólo les hace falta presentar o fingir los hechos "correspondientes” para que la interpretación nacional deseada emane automáticamente del votante. Los estrategas de la campaña electoral pueden entonces ahorrarse el trabajo de bregar por la interpretación adecuada de la situación; en vez de ello se esfuerzan por influir en los servicios secretos para que redacten un informe adecuado y, sobre todo, luchan por la interpretación y publicación de los resultados de las investigaciones policiales.
Pero primero la simpatía del votante vacila a medida que los resultados de las investigaciones se publican. Luego, cuando a pesar de los esfuerzos del gobierno cobra fuerza la hipótesis de Al Qaeda - el día antes de las elecciones la pista árabe es demasiado obvia como para poder ser ocultada por parte de las autoridades, y a su vez la oposición también tiene acceso a algunas emisoras de radio - la atmósfera cae en el otro extremo: "Vuestra guerra, nuestros muertos” gritan los manifestantes y vuelcan el gran 'nosotros' nacional de la conmoción contra el gobierno que con tanto éxito la había organizado y agitado creando así bajo su liderazgo la unidad perfecta entre pueblo y gobierno. Ahora no sólo la combinación de consternación sobre el atentado y dudas sobre la participación en la guerra de Irak, que el gobierno había evitado a toda costa, se plantea abiertamente. También se revela que el gobierno ha querido engañar a la opinión pública sobre el estado verdadero de las investigaciones. Así el gobierno no solamente se convierte en el testigo principal de la interpretación de los atentados por la oposición que considera la autoría de Al Qaeda como un argumento contundente para su concepto nacional alternativo, sino que además se hace sospechoso de querer seguir manteniendo la mentira sobre el beneficio nacional de la participación española en la guerra mediante una nueva mentira que oscurezca la identidad verdadera de los autores del atentado. La duda inicial sobre el provecho nacional de la guerra es sustituida por la certeza de que a los autores de la guerra les falta la autoridad moral: Mienten al pueblo, que quiere confiar en sus líderes, y deshonran la memoria de los muertos de Madrid en cuyo nombre se habían unido tan fraternalmente gobernados y gobernantes. El sentimiento popular está por estallar: A pesar de estar prohibido manifestarse antes de jornadas electorales hay manifestantes que se reúnen el sábado, el día antes de las elecciones, ante la sede central del PP y la asedian gritando lemas como "Vosotros fascistas sois los terroristas”, "Asesinos, asesinos”, "El PP debería estar prohibido” hasta la mañana del día siguiente. La televisión española documenta que políticos del gobierno "esperaban el fin del cerco como si se encontraran en un búnker”. En la emisora de radio Cadena Ser hay especulaciones sobre si se declara el estado de excepción; en el país hay rumores de que el gobierno quiere postergar las elecciones y está, por lo tanto, haciendo planes sobre un golpe de estado. En una palabra: Todo el mundo está ahora dispuesto a creer capaces de cualquier infamia a los líderes con quienes no hace tanto había deplorado los muertos de Madrid. En pocas horas Aznar pierde el favor de los votantes que creía asegurado, y al día siguiente la ira del pueblo se descarga tal como está previsto en una democracia: El pueblo autoriza a la oposición a tomar las riendas del Gobierno.
Así que la conmoción nacional se centra muy rápidamente alrededor de la cuestión si los atentados fueron cometidos por ETA o por Al Qaeda: Aznar conoce perfectamente a los electores democráticos y está seguro de que esta misma población, todavía desconcertada, deplorando las víctimas de los atentados, recuperará de aquí al día de las elecciones su capacidad de diferenciar según el único criterio que debe conocer un buen ciudadano: Si lo acontecido es más bien un argumento a favor del gobierno o uno a favor de la oposición. Se vislumbran entonces dos posibles escenarios:
- En el caso de que resulte que los atentados fueron cometidos por ETA, las víctimas afirmarán claramente la política interior de Aznar. En este caso no cabrá duda alguna sobre el empleo de la fuerza estatal. Las víctimas que causa ese empleo de la fuerza estatal son el mejor argumento para seguir esa lucha con aún más firmeza.
- Justo lo contrario será la valoración del atentado en el caso de que quede demostrado que los atentados tienen algo que ver con la participación española en la guerra de Irak. Para España el beneficio nacional de esa guerra es ya más que dudoso y las víctimas que causa ponen aún más en duda el balance positivo de esa guerra. En ese caso las víctimas serán un argumento en contra del presidente que llevó la nación a esa guerra, y la conmoción nacional sobre los atentados que agita el país tres días antes de las elecciones dañará muy probablemente la victoria que hasta ahora se daba por segura.
Todo esto le pasa a Aznar por la cabeza - con todo el luto que siente "personalmente” - cuando le informan del atentado. Y en el momento en que al elector todavía lo están entreteniendo con esas imágenes del "horror desconcertante” está claro para él cual ha de ser la estrategia en los días siguientes: Aprovechará todo el poder a su alcance para hacer aparecer a ETA como culpable del atentado y para crear una idea de la situación nacional que de acuerdo a los criterios político-morales de la opinión pública dará razón a la línea política que él defiende. Aquel mismo día entonces redacta un llamamiento a la manifestación contra los "atentados terroristas de ETA en Madrid”; llama varias veces a los directores de El País y El Periódico culpando a ETA de los atentados, da instrucciones a los corresponsales en el extranjero y al cuerpo diplomático de insistir en el extranjero con esa versión de los acontecimientos; y finalmente logra que se declare una resolución en la ONU donde se nombra explícitamente a ETA como responsable de los atentados.
Muy pronto se demuestra que Aznar no se equivocaba sobre los votantes españoles: Las interpretaciones nacionales de los hechos son tan obvias al votante que sin ningún momento de duda identifica la pregunta sobre la autoría de los atentados - ETA o Al Qaeda - con la cuestión si deberá ser el gobierno o la oposición a la que él autorize el día de las elecciones a ejercer el poder sobre él. Así el votante se hace a sí mismo objeto ideal de la manipulación facilitando la tarea a los estrategas de las campañas electorales a los que sólo les hace falta presentar o fingir los hechos "correspondientes” para que la interpretación nacional deseada emane automáticamente del votante. Los estrategas de la campaña electoral pueden entonces ahorrarse el trabajo de bregar por la interpretación adecuada de la situación; en vez de ello se esfuerzan por influir en los servicios secretos para que redacten un informe adecuado y, sobre todo, luchan por la interpretación y publicación de los resultados de las investigaciones policiales.
Pero primero la simpatía del votante vacila a medida que los resultados de las investigaciones se publican. Luego, cuando a pesar de los esfuerzos del gobierno cobra fuerza la hipótesis de Al Qaeda - el día antes de las elecciones la pista árabe es demasiado obvia como para poder ser ocultada por parte de las autoridades, y a su vez la oposición también tiene acceso a algunas emisoras de radio - la atmósfera cae en el otro extremo: "Vuestra guerra, nuestros muertos” gritan los manifestantes y vuelcan el gran 'nosotros' nacional de la conmoción contra el gobierno que con tanto éxito la había organizado y agitado creando así bajo su liderazgo la unidad perfecta entre pueblo y gobierno. Ahora no sólo la combinación de consternación sobre el atentado y dudas sobre la participación en la guerra de Irak, que el gobierno había evitado a toda costa, se plantea abiertamente. También se revela que el gobierno ha querido engañar a la opinión pública sobre el estado verdadero de las investigaciones. Así el gobierno no solamente se convierte en el testigo principal de la interpretación de los atentados por la oposición que considera la autoría de Al Qaeda como un argumento contundente para su concepto nacional alternativo, sino que además se hace sospechoso de querer seguir manteniendo la mentira sobre el beneficio nacional de la participación española en la guerra mediante una nueva mentira que oscurezca la identidad verdadera de los autores del atentado. La duda inicial sobre el provecho nacional de la guerra es sustituida por la certeza de que a los autores de la guerra les falta la autoridad moral: Mienten al pueblo, que quiere confiar en sus líderes, y deshonran la memoria de los muertos de Madrid en cuyo nombre se habían unido tan fraternalmente gobernados y gobernantes. El sentimiento popular está por estallar: A pesar de estar prohibido manifestarse antes de jornadas electorales hay manifestantes que se reúnen el sábado, el día antes de las elecciones, ante la sede central del PP y la asedian gritando lemas como "Vosotros fascistas sois los terroristas”, "Asesinos, asesinos”, "El PP debería estar prohibido” hasta la mañana del día siguiente. La televisión española documenta que políticos del gobierno "esperaban el fin del cerco como si se encontraran en un búnker”. En la emisora de radio Cadena Ser hay especulaciones sobre si se declara el estado de excepción; en el país hay rumores de que el gobierno quiere postergar las elecciones y está, por lo tanto, haciendo planes sobre un golpe de estado. En una palabra: Todo el mundo está ahora dispuesto a creer capaces de cualquier infamia a los líderes con quienes no hace tanto había deplorado los muertos de Madrid. En pocas horas Aznar pierde el favor de los votantes que creía asegurado, y al día siguiente la ira del pueblo se descarga tal como está previsto en una democracia: El pueblo autoriza a la oposición a tomar las riendas del Gobierno.