Dos casos de juicios tribales en nombre del Islam han sido suficientes para que los medios de comunicación occidentales recriminaran a esta religión. Fue un juicio ilegal religiosamente que su finalidad podría haber sido la lapidación de dos mujeres nigerianas (Nigeria no es un país árabe, sino africano y con la mitad de la población cristiana). Este juicio bastó para servir la doctrina islamofóbica de los medios y para aumentar el odio entre la población de los países occidentales contra los que profesan esta religión. Este tema fue utilizado a menudo por un discurso periodístico que hablaba el suceso como práctica habitual islámica de nuestro tiempo. Por el contrario el asesinato de sesenta mujeres españolas a manos de sus maridos, parejas o ex novios entre enero y diciembre de 2002 no tuvo ningún eco mundial a diferencia de las dos víctimas nigerianas. Nadie se atrevió a atribuir los asesinatos al Catolicismo o al trato que recibían las mujeres católicas durante la Inquisición y a lo largo de los dos siglos que le siguieron, tampoco nadie se atrevió a decir que estos asesinatos tienen sus raíces en el machismo de la cultura franquista y el dominio social que ejerció la iglesia durante más de cincuenta años del siglo XX.
Si los dos hechos, el de Nigeria y el de España ocurridos en el mismo año, no nos incitan a la reflexión, tendríamos que preguntarnos a nosotros mismos: ¿Por qué la historia de las dos mujeres nigerianas, vivas aún pero también amenazadas con la lapidación tribal, se ha convertido en una noticia mundial, mientras que el asesinato de las sesenta mujeres en España no lo ha sido? La respuesta nos la tendría que dar la prensa.
Las mujeres lapidadas sufren lo mismo que las encerradas en los burdeles o las expuestas en los escaparates de ámsterdam, todo representa un crimen contra el mismo género en nombre de la religión o de la libertad del mercado. Esto no es violencia doméstica, ni violencia de género, sino los genes de la tribu que corren en la sangre de todos los pueblos de la Tierra. La nueva tribu es el sistema que nos gobierna, la religión está siendo mal utilizada o interpretada al servicio del sistema. El hecho de que las mujeres no tengan los mismos derechos que los hombres es un problema global, las mujeres lo sufren en las cuatro esquinas del planeta.
En los países del Tercer Mundo (no se sabe aún cuál es el segundo Mundo) las mujeres no tienen acceso suficiente al trabajo por el efecto mutuo de la pobreza. Este efecto se puede resumir en dos hechos, el primero es la pobreza, que no ofrece puestos de trabajo en un mercado saqueado por las multinacionales, donde la mejor mano de obra es la barata y fuerte, y el hombre cumple las dos condiciones. El segundo hecho es la falta de desarrollo económico que no deja vías para el desarrollo social y la apertura hacia otras experiencias humanas.
Para entender el ejemplo nigeriano, tenemos que saber qué país es Nigeria ¿Sabemos algo sobre este país a partir de la historia de lapidación tribal? ¿Sabemos quién controla este país lleno de reservas petrolíferas? ¿Sabemos por qué el Estado permanece ausente dejando vías libres para que las tribus cristianas y musulmanas impongan sus leyes en nombre de sus respectivos dioses? ¿Sabemos quién protege al dictador en este país? Estas preguntas sirven para saber que el problema no está en las historias con las que los medios de comunicación nos bombardean, sino que es algo más profundo; nos transmiten las noticias a su medida pero nunca quieren profundizar en el análisis para contarnos el porqué de estas tragedias evitables.
Cambiar de tema es un arte que inventó el hombre. Para no hablar de petróleo y de dominios imperiales en éste o aquel país, es más fácil desviar la atención sacando un cuento, convirtiéndolo en una historia / noticia, y empezar a azotar la cultura del otro, sembrando la ignorancia sobre su verdadera cultura. Nos cuentan el peligro de la lapidación que amenaza a aquellas dos mujeres nigerianas, pero por qué no nos dicen dónde está el Estado. Ausente, se nota, pero ¿por qué?.
A veces las preguntas nos ayudan a llegar hasta el fondo, y a través de ellas descubrimos que las noticias sacadas de contexto no hacen más que aumentar la confusión que, al acumularse, se convierte en ignorancia. Así, hay que tener claro que la situación de la mujer, sea occidental, africana o árabe, tiene sus defectos, puede que efectivamente, una viva mejor que la otra, pero en el fondo, todas sufren las consecuencias de un mismo sistema. Algunas han podido conseguir una parte considerable de sus derechos, otras casi nada, pero todas siguen viviendo la misma tradición de dominación masculina que tiene muchas caras y un solo efecto: la marginación de la mujer.
Es cierto que las religiones tienen un problema en su visión respecto a la mujer. Siempre la tienen alejada y condenada a ser inferior. El hecho de reducir el debate sobre este punto, y presentarlo como si fuera un problema exclusivamente islamista sin más, no es más que el resultado de la manipulación mediática de los que prefieren aumentar el odio y la Islamofobia. Las tres religiones monoteístas siempre han preferido dar sus banderas a los hombres haciéndoles santos y misioneros para llevar a los “infieles” al camino “recto”. El papel de la mujer en las instituciones religiosas no ha sido más que el resultado del soborno hacia la sociedad de los “creyentes” por parte de la jerarquía patriarcal. No hemos visto en toda la Historia una mujer profeta, una mujer jeque, una mujer cardenal, una Papisa etc. Las santas fueron glorificadas como tales tras su muerte.
Las personas en su gran mayoría conocen más o menos su religión y las historias (propagandas) que hace la suya sobre las demás religiones. Contar las costumbres religiosas del otro por parte del que tiene una fe distinta siempre refleja el tono de la ironía y del exotismo. Esto es el prejuicio camuflado en un chiste o una broma, pero en el fondo tiene un sólo nombre: racismo. Y todas las sociedades tienen su forma de odiar y despreciar al otro, les es más fácil ver los defectos del otro que ver los suyos propios. Es un fenómeno que procede de mentes totalitarias según las cuales lo peor es lo que tienen aquéllas que no son como nosotros, o sea, nosotros el bien y ellos el mal, nosotros los civilizados y ellos no, nosotros el presente y el futuro y ellos son el pasado, nosotros el progreso y ellos son el retroceso. En resumen, nosotros somos los mejores y el resto son metáforas.
La palabra constituye el juego más efectivo del nuevo siglo, la repetición es el mecanismo más poderoso para convertir la mentira en verdad. Los políticos mienten y al día siguiente ven sus mentiras publicadas en los periódicos, así terminan creyéndoselas, y a un ritmo determinado, se convertirán en la fuente de conocimiento para las masas. La gente las escucha, quizá crea en ellas o quizá no lo haga, pero con tanta repetición, la falsedad será la única “realidad” o “justificación” que existe como referencia para poder entender lo que, supuestamente, nos parece incomprensible en el siglo XXI.
Las expresiones y el vocabulario son instrumentos en todo este proceso de marginación contra la mujer dentro de su propia sociedad y contra las mujeres en la otra cultura (la musulmana). Expresiones que sirven de justificación, como violencia doméstica, terrorismo ajeno, machismo, guerra santa, Cruzadas, fanatismo, violencia de género, así como las luchas contra todos estos “fenómenos” resultan ser el principio y el fin del discurso de un sistema que nos azota a todos, mujeres y hombres, intentando imponernos una agenda de pensamiento único y cerrado. Y luego, el que no esté de acuerdo, el que no crea en lo que dice el sistema y los fabricantes de los análisis fáciles será uno de los otros que no son como nosotros, y por consiguiente será el fanático, el terrorista, el violento y, cuando menos, el melancólico al que no le satisface nada.
Las prácticas tribales del pasado siguen siendo un campo bien aprovechado por los que buscan las diferencias entre unos y otros. Y como nadie puede negar la existencia de costumbres y practicas tribales en el mundo de hoy, a algunos les gusta emplear esta verdad y manipular sus dimensiones con el fin de generalizarlo todo, diciendo que tal costumbre o tradición tribal es islamista, judía o cristiana. Los que se aprovechan de estas situaciones no se esfuerzan (porque no es de su interés) en decir en qué medida o cuánta gente practica una ablación o explota a una prostituta. Y para ir más lejos, no se esfuerzan en hablar de las otras lapidaciones, porque la lapidación no es sólo apedrear a mujeres, también hay otros tipos como la lapidación con bombas contra los pueblos indefensos y las naciones débiles, o la lapidación contra las minorías, marginándolas o agrediendo a sus culturas indirectamente. Todas estas prácticas hay que condenarlas, tenemos que buscar en sus orígenes e intentar saber el porqué de todas estas desgracias sociales y políticas que siempre afectan a las personas más débiles y a las sociedades menos desarrolladas de nuestro mundo. Y desde luego, la más débil es la mujer, no por razones genética, sino porque la marginamos con nuestras tradiciones tribalo-religiosas y con nuestra Historia controlada siempre por el hombre desde que Eva le ofreció la fruta a Adán, o así nos lo cuentan en los templos.
Si los dos hechos, el de Nigeria y el de España ocurridos en el mismo año, no nos incitan a la reflexión, tendríamos que preguntarnos a nosotros mismos: ¿Por qué la historia de las dos mujeres nigerianas, vivas aún pero también amenazadas con la lapidación tribal, se ha convertido en una noticia mundial, mientras que el asesinato de las sesenta mujeres en España no lo ha sido? La respuesta nos la tendría que dar la prensa.
Las mujeres lapidadas sufren lo mismo que las encerradas en los burdeles o las expuestas en los escaparates de ámsterdam, todo representa un crimen contra el mismo género en nombre de la religión o de la libertad del mercado. Esto no es violencia doméstica, ni violencia de género, sino los genes de la tribu que corren en la sangre de todos los pueblos de la Tierra. La nueva tribu es el sistema que nos gobierna, la religión está siendo mal utilizada o interpretada al servicio del sistema. El hecho de que las mujeres no tengan los mismos derechos que los hombres es un problema global, las mujeres lo sufren en las cuatro esquinas del planeta.
En los países del Tercer Mundo (no se sabe aún cuál es el segundo Mundo) las mujeres no tienen acceso suficiente al trabajo por el efecto mutuo de la pobreza. Este efecto se puede resumir en dos hechos, el primero es la pobreza, que no ofrece puestos de trabajo en un mercado saqueado por las multinacionales, donde la mejor mano de obra es la barata y fuerte, y el hombre cumple las dos condiciones. El segundo hecho es la falta de desarrollo económico que no deja vías para el desarrollo social y la apertura hacia otras experiencias humanas.
Para entender el ejemplo nigeriano, tenemos que saber qué país es Nigeria ¿Sabemos algo sobre este país a partir de la historia de lapidación tribal? ¿Sabemos quién controla este país lleno de reservas petrolíferas? ¿Sabemos por qué el Estado permanece ausente dejando vías libres para que las tribus cristianas y musulmanas impongan sus leyes en nombre de sus respectivos dioses? ¿Sabemos quién protege al dictador en este país? Estas preguntas sirven para saber que el problema no está en las historias con las que los medios de comunicación nos bombardean, sino que es algo más profundo; nos transmiten las noticias a su medida pero nunca quieren profundizar en el análisis para contarnos el porqué de estas tragedias evitables.
Cambiar de tema es un arte que inventó el hombre. Para no hablar de petróleo y de dominios imperiales en éste o aquel país, es más fácil desviar la atención sacando un cuento, convirtiéndolo en una historia / noticia, y empezar a azotar la cultura del otro, sembrando la ignorancia sobre su verdadera cultura. Nos cuentan el peligro de la lapidación que amenaza a aquellas dos mujeres nigerianas, pero por qué no nos dicen dónde está el Estado. Ausente, se nota, pero ¿por qué?.
A veces las preguntas nos ayudan a llegar hasta el fondo, y a través de ellas descubrimos que las noticias sacadas de contexto no hacen más que aumentar la confusión que, al acumularse, se convierte en ignorancia. Así, hay que tener claro que la situación de la mujer, sea occidental, africana o árabe, tiene sus defectos, puede que efectivamente, una viva mejor que la otra, pero en el fondo, todas sufren las consecuencias de un mismo sistema. Algunas han podido conseguir una parte considerable de sus derechos, otras casi nada, pero todas siguen viviendo la misma tradición de dominación masculina que tiene muchas caras y un solo efecto: la marginación de la mujer.
Es cierto que las religiones tienen un problema en su visión respecto a la mujer. Siempre la tienen alejada y condenada a ser inferior. El hecho de reducir el debate sobre este punto, y presentarlo como si fuera un problema exclusivamente islamista sin más, no es más que el resultado de la manipulación mediática de los que prefieren aumentar el odio y la Islamofobia. Las tres religiones monoteístas siempre han preferido dar sus banderas a los hombres haciéndoles santos y misioneros para llevar a los “infieles” al camino “recto”. El papel de la mujer en las instituciones religiosas no ha sido más que el resultado del soborno hacia la sociedad de los “creyentes” por parte de la jerarquía patriarcal. No hemos visto en toda la Historia una mujer profeta, una mujer jeque, una mujer cardenal, una Papisa etc. Las santas fueron glorificadas como tales tras su muerte.
Las personas en su gran mayoría conocen más o menos su religión y las historias (propagandas) que hace la suya sobre las demás religiones. Contar las costumbres religiosas del otro por parte del que tiene una fe distinta siempre refleja el tono de la ironía y del exotismo. Esto es el prejuicio camuflado en un chiste o una broma, pero en el fondo tiene un sólo nombre: racismo. Y todas las sociedades tienen su forma de odiar y despreciar al otro, les es más fácil ver los defectos del otro que ver los suyos propios. Es un fenómeno que procede de mentes totalitarias según las cuales lo peor es lo que tienen aquéllas que no son como nosotros, o sea, nosotros el bien y ellos el mal, nosotros los civilizados y ellos no, nosotros el presente y el futuro y ellos son el pasado, nosotros el progreso y ellos son el retroceso. En resumen, nosotros somos los mejores y el resto son metáforas.
La palabra constituye el juego más efectivo del nuevo siglo, la repetición es el mecanismo más poderoso para convertir la mentira en verdad. Los políticos mienten y al día siguiente ven sus mentiras publicadas en los periódicos, así terminan creyéndoselas, y a un ritmo determinado, se convertirán en la fuente de conocimiento para las masas. La gente las escucha, quizá crea en ellas o quizá no lo haga, pero con tanta repetición, la falsedad será la única “realidad” o “justificación” que existe como referencia para poder entender lo que, supuestamente, nos parece incomprensible en el siglo XXI.
Las expresiones y el vocabulario son instrumentos en todo este proceso de marginación contra la mujer dentro de su propia sociedad y contra las mujeres en la otra cultura (la musulmana). Expresiones que sirven de justificación, como violencia doméstica, terrorismo ajeno, machismo, guerra santa, Cruzadas, fanatismo, violencia de género, así como las luchas contra todos estos “fenómenos” resultan ser el principio y el fin del discurso de un sistema que nos azota a todos, mujeres y hombres, intentando imponernos una agenda de pensamiento único y cerrado. Y luego, el que no esté de acuerdo, el que no crea en lo que dice el sistema y los fabricantes de los análisis fáciles será uno de los otros que no son como nosotros, y por consiguiente será el fanático, el terrorista, el violento y, cuando menos, el melancólico al que no le satisface nada.
Las prácticas tribales del pasado siguen siendo un campo bien aprovechado por los que buscan las diferencias entre unos y otros. Y como nadie puede negar la existencia de costumbres y practicas tribales en el mundo de hoy, a algunos les gusta emplear esta verdad y manipular sus dimensiones con el fin de generalizarlo todo, diciendo que tal costumbre o tradición tribal es islamista, judía o cristiana. Los que se aprovechan de estas situaciones no se esfuerzan (porque no es de su interés) en decir en qué medida o cuánta gente practica una ablación o explota a una prostituta. Y para ir más lejos, no se esfuerzan en hablar de las otras lapidaciones, porque la lapidación no es sólo apedrear a mujeres, también hay otros tipos como la lapidación con bombas contra los pueblos indefensos y las naciones débiles, o la lapidación contra las minorías, marginándolas o agrediendo a sus culturas indirectamente. Todas estas prácticas hay que condenarlas, tenemos que buscar en sus orígenes e intentar saber el porqué de todas estas desgracias sociales y políticas que siempre afectan a las personas más débiles y a las sociedades menos desarrolladas de nuestro mundo. Y desde luego, la más débil es la mujer, no por razones genética, sino porque la marginamos con nuestras tradiciones tribalo-religiosas y con nuestra Historia controlada siempre por el hombre desde que Eva le ofreció la fruta a Adán, o así nos lo cuentan en los templos.