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EL PEZ GRANDE
La mala memoria histórica
Manuel Martín Ferrand
Una de las grandes diferencias entre un anglosajón y un español de pura cepa reside en el hecho de que éste, inevitablemente, entiende la gratitud como un gozo mientras que nosotros, en las raras ocasiones en que consideramos necesario agradecerle algo a alguien, la consideramos como un sacrificio. Lo digo para subrayar mi reconocimiento, al modo anglosajón, a quienes con su esfuerzo y talento alcanzaron el milagro social y político de la Transición. Personas como Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez o Landelino Lavilla, en el primer plano del recuerdo de aquellos trascendentales momentos, no han sido reconocidos como se debiera haberlo hecho. No digo nada de quienes, en la ponencia de la Ley para la Reforma Política —Fernando Suárez, Miguel Primo de Rivera, Belén Landáburu, Lorenzo Olarte y Noel Zapico— consiguieron el milagro de transformar el agua de una “democracia orgánica”, aquella parodia del franquismo, en el vino de una hipotética democracia representativa.
Ayer, en ABC , Fernando Suárez publicó un artículo —“A los treinta años de la Reforma Política”— que debiera ser leído con especial atención para quienes, hoy, instalados en la inconsciencia o carentes del más elemental sentido crítico, siguen la pista de la más insensata de las rutas marcadas por José Luis Rodríguez Zapatero: la de la “memoria histórica” que, con mayor precisión lingüística, haríamos mejor en conocer como la resurrección del rencor hispano. La mala memoria histórica.
Fernando Suárez, una de las tres o cuatro mejores cabezas políticas de su generación, hombre de cultura y de rigor, jurista fino y ciudadano consciente, es uno de esos casos con los que el centro derecha español manifiesta su capacidad para el despilfarro. Si el PP, en su fiebre nepótica y amiguista, no hubiera prescindido de gentes como él, no sería hoy una dividida jaula de grillos con más anclajes en el pasado que posibilidades para el futuro.
A lo que íbamos. Muy delicadamente, Suárez señalaba en su artículo para ABC que tras la “recuperación” de la memoria histórica que se ha sacado de la manga Zapatero se esconde un peligroso intento de revanchismo: “Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria historia parece agazaparse un taimado o declarado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y, en definitiva, de reconvertir la reconciliación en ‘cambio de tortilla’”.
Con todo respeto le diría a mi admirado Fernando Suárez que los españoles, siempre propensos a la tiñosería, ni tan siquiera solemos asistir al “cambio de tortilla” y las convulsiones de nuestra incómoda Historia son, más que de cambio, de “vuelta”; pero, salvedades aparte, su diagnóstico no puede ser más certero y, por ello mismo, más inquietante.
Nadie sabe lo que Rodríguez Zapatero puede tener en su almeja —alma pequeña, según la clasificación de álvaro de la Iglesia—; pero el giro que toma la reivindicación del pasado, en algunas ocasiones inventado, por algunos de los ciudadanos en presencia es para el escalofrío. La Transición estableció un estado de amnesia que nos ha venido bien para superar los excesos del pasado, que los hubo en los dos bandos, y empezar a construir un futuro. ¿Por qué a esta alturas del tiempo, cuando ya el olvido de tan nefasto pasado se había difuminado en el tránsito generacional, alguien como Zapatero se obstina en desenterrar a los muertos y volverlos a honrar y/o deshonrar?
Esta nueva mala memoria histórica, que sólo fructifica en una guerra de esquelas retrospectivas y en el reverdecimiento de los odios ya caducados, es un timbre de alarma. Fernando Suárez, con especial brillantez, nos lo recordó en ABC, y bien harían sus antiguos adversarios y sus olvidadizos conmilitones en escuchar con atención ese pregón de inquieta cautela e incitación al sentido común.
EL PEZ GRANDE
La mala memoria histórica
Manuel Martín Ferrand
Una de las grandes diferencias entre un anglosajón y un español de pura cepa reside en el hecho de que éste, inevitablemente, entiende la gratitud como un gozo mientras que nosotros, en las raras ocasiones en que consideramos necesario agradecerle algo a alguien, la consideramos como un sacrificio. Lo digo para subrayar mi reconocimiento, al modo anglosajón, a quienes con su esfuerzo y talento alcanzaron el milagro social y político de la Transición. Personas como Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez o Landelino Lavilla, en el primer plano del recuerdo de aquellos trascendentales momentos, no han sido reconocidos como se debiera haberlo hecho. No digo nada de quienes, en la ponencia de la Ley para la Reforma Política —Fernando Suárez, Miguel Primo de Rivera, Belén Landáburu, Lorenzo Olarte y Noel Zapico— consiguieron el milagro de transformar el agua de una “democracia orgánica”, aquella parodia del franquismo, en el vino de una hipotética democracia representativa.
Ayer, en ABC , Fernando Suárez publicó un artículo —“A los treinta años de la Reforma Política”— que debiera ser leído con especial atención para quienes, hoy, instalados en la inconsciencia o carentes del más elemental sentido crítico, siguen la pista de la más insensata de las rutas marcadas por José Luis Rodríguez Zapatero: la de la “memoria histórica” que, con mayor precisión lingüística, haríamos mejor en conocer como la resurrección del rencor hispano. La mala memoria histórica.
Fernando Suárez, una de las tres o cuatro mejores cabezas políticas de su generación, hombre de cultura y de rigor, jurista fino y ciudadano consciente, es uno de esos casos con los que el centro derecha español manifiesta su capacidad para el despilfarro. Si el PP, en su fiebre nepótica y amiguista, no hubiera prescindido de gentes como él, no sería hoy una dividida jaula de grillos con más anclajes en el pasado que posibilidades para el futuro.
A lo que íbamos. Muy delicadamente, Suárez señalaba en su artículo para ABC que tras la “recuperación” de la memoria histórica que se ha sacado de la manga Zapatero se esconde un peligroso intento de revanchismo: “Cualquier observador sereno, cualquier español preocupado por nuestra concordia, tiene que aceptar que detrás de la aparente recuperación de la memoria historia parece agazaparse un taimado o declarado revanchismo, un afán de reescribir dolorosos episodios nacionales y, en definitiva, de reconvertir la reconciliación en ‘cambio de tortilla’”.
Con todo respeto le diría a mi admirado Fernando Suárez que los españoles, siempre propensos a la tiñosería, ni tan siquiera solemos asistir al “cambio de tortilla” y las convulsiones de nuestra incómoda Historia son, más que de cambio, de “vuelta”; pero, salvedades aparte, su diagnóstico no puede ser más certero y, por ello mismo, más inquietante.
Nadie sabe lo que Rodríguez Zapatero puede tener en su almeja —alma pequeña, según la clasificación de álvaro de la Iglesia—; pero el giro que toma la reivindicación del pasado, en algunas ocasiones inventado, por algunos de los ciudadanos en presencia es para el escalofrío. La Transición estableció un estado de amnesia que nos ha venido bien para superar los excesos del pasado, que los hubo en los dos bandos, y empezar a construir un futuro. ¿Por qué a esta alturas del tiempo, cuando ya el olvido de tan nefasto pasado se había difuminado en el tránsito generacional, alguien como Zapatero se obstina en desenterrar a los muertos y volverlos a honrar y/o deshonrar?
Esta nueva mala memoria histórica, que sólo fructifica en una guerra de esquelas retrospectivas y en el reverdecimiento de los odios ya caducados, es un timbre de alarma. Fernando Suárez, con especial brillantez, nos lo recordó en ABC, y bien harían sus antiguos adversarios y sus olvidadizos conmilitones en escuchar con atención ese pregón de inquieta cautela e incitación al sentido común.