Hay que pelar a Aznar
No sé qué torero fue el que al llegar a su barbería y sentarse en el sillón le preguntó el peluquero: maestro, ¿cómo le corto el pelo? Y el matador respondió: callao. Pues eso, en silencio y peladito debería estar Aznar si no quiere que nadie se acuerde de él y de lo que hizo rematadamente mal. Porque ahora se queja y se lamenta como las ánimas del purgatorio pidiendo una gota de agua que amortice sus sufrimientos.
Porque el ex presidente del Gobierno José María Aznar ha pedido que lo dejen en paz con un tono lúgubre y una imagen severa y poco atildada por su bigote canoso y larga melena —que Ana Botella, como Dalila, debería cortar— que le dan un aspecto nada propio de un neocon y que revelan su estado de ánimo y la tormenta psicológica que se agita en su interior, con fuerzas encontradas que van desde su deseo de venganza contra el PSOE por la pérdida del poder en el 2004 al inevitable convencimiento de haber cometido graves errores en el final de su mandato, que son la causa y el origen de los males que ahora denuncia, y de las consecuencias que el vuelco político y electoral han tenido para el PP, para su proyecto político y también para España. Y especialmente para él y para su propia estabilidad emocional.
Como se dice, su cara o su aspecto es el reflejo de su alma. Y por eso pide que le dejen en paz en relación con el vídeo que refleja sus responsabilidades y sus mentiras sobre lo que hizo y dijo durante la negociación y tregua de ETA en 1998. Un vídeo que lo deja en evidencia y que recuerda la afición de Aznar a mentir o a creerse sus propias mentiras, como le ocurrió con la guerra de Iraq (y el 11M), cuyas consecuencias y secuelas tiene a la vista todos los días en televisión sin que ello le haya animado a hacer como debiera, por su bien y por el de su partido, la menor rectificación ante la evidencia del error de las Azores y del posterior envío de tropas a la etapa de la ocupación del territorio, que menos mal que ya no están porque de lo contrario nos habría costado a los españoles muchas vidas de nuestros soldados y para él habría sido una añadida responsabilidad.
Desde que dejó el poder Aznar no sólo no ha dejado la política sino que sigue en ella, tras haber renunciado por motivos económicos —consejero de Murdoch— al Consejo de Estado, como gran activista al frente de FAES, donde se producen vídeos en contra del PSOE y del Gobierno de Zapatero; el último de la seguridad seguro que también es de ellos y por eso en el PP ocultan la autoría. Pero, además, en FAES se dan cursillos a los diputados del PP, se preparan documentos para el partido, se agita la teoría de la gran conspiración del 11M, de la que Aznar dio su versión en la Comisión del Congreso que investigó los atentados hablando de la mano negra, que en su opinión no estaba en “los remotos desiertos ni en lejanas montañas” (es decir, más cerca, en Marruecos o en ETA), para con todo ello intentar desestabilizar al Gobierno y sembrar la sospecha sobre la legitimidad de su victoria electoral del 2004. Y todo esto a pesar de que ninguna prueba flagrante o definitiva avala al día de hoy sus acusaciones o insinuaciones, ni las de los medios o los políticos (Acebes, Aguirre y Zaplana) que siguen con la misma cantinela.
Además Aznar tiene una apretada agenda de actos públicos y de conferencias políticas con las que sabe —al igual que le ocurre a González— que tendrá eco en los medios de comunicación y por tanto en la política general. Y no digamos en lo que se refiere a las luchas de poder internas en el PP por su responsabilidad directa en el nombramiento a dedo del sucesor Rajoy. Se vio en la última Convención de este partido, donde Aznar quiso ser la estrella con un discurso radical y conservador, como cuando se dedica a recibir a sus ex ministros y altos cargos del PP creando toda clase de expectativas y confusiones que ponen de los nervios a Rajoy y excitan la caza del líder en pos de una segunda sucesión por parte de los posibles candidatos, Rato, Gallardón, Aguirre y puede que el mismo Aznar si, al final, no consigue dominar sus propios fantasmas (o se rompe el PP), o simplemente ¡por España!
Aznar no puede pedir que lo dejen en paz por dos motivos: porque él no deja en paz a nadie y no se ha retirado de la política, y porque no ha asumido sus errores y abusos de poder de su última legislatura y ello le hace responsable en el tiempo. Le ha pasado lo mismo a González, que también sigue activo en la política, los medios y el PSOE porque ninguno de los dos han sido hombres de Estado, sino de gobierno. Los que, a pesar de haber disfrutado de sendas mayorías absolutas, fueron incapaces de llevar España de la transición a la democracia, poniendo punto final a la partitocracia y al disfrute de la acumulación de los poderes del Estado y de los fácticos, sin respeto por el juego limpio democrático, por la libertad de expresión, la libre competencia y cayendo González en el pantano de la corrupción (y de los GAL), y Aznar en la supersoberbia autoritaria y ultraconservadora —con menos corrupción pero sí casos escandalosos en las privatizaciones de empresas del Estado—, pero incapaces los dos de gobernar bien para todos españoles.
Se entiende que Aznar se enfade porque el PSOE lo utiliza para amedrentar al personal y dañar al PP, pero sorprende que el ex presidente, después de todo lo ocurrido, no haya reflexionado con tranquilidad y no haya asimilado ni la derrota del PP ni sus errores. El tiempo le ayudará, pero mientras tanto se tiene que pelar, aunque sólo sea para recuperar en su aspecto una cierta normalidad, o tranquilizar a sus más devotos fans, que a la vista de su nueva imagen se preguntan si está bien de la cabeza, o si ha hecho una promesa que le obliga a deambular con ese aspecto más propio de los tiempos de de’Artagnan.
No sé qué torero fue el que al llegar a su barbería y sentarse en el sillón le preguntó el peluquero: maestro, ¿cómo le corto el pelo? Y el matador respondió: callao. Pues eso, en silencio y peladito debería estar Aznar si no quiere que nadie se acuerde de él y de lo que hizo rematadamente mal. Porque ahora se queja y se lamenta como las ánimas del purgatorio pidiendo una gota de agua que amortice sus sufrimientos.
Porque el ex presidente del Gobierno José María Aznar ha pedido que lo dejen en paz con un tono lúgubre y una imagen severa y poco atildada por su bigote canoso y larga melena —que Ana Botella, como Dalila, debería cortar— que le dan un aspecto nada propio de un neocon y que revelan su estado de ánimo y la tormenta psicológica que se agita en su interior, con fuerzas encontradas que van desde su deseo de venganza contra el PSOE por la pérdida del poder en el 2004 al inevitable convencimiento de haber cometido graves errores en el final de su mandato, que son la causa y el origen de los males que ahora denuncia, y de las consecuencias que el vuelco político y electoral han tenido para el PP, para su proyecto político y también para España. Y especialmente para él y para su propia estabilidad emocional.
Como se dice, su cara o su aspecto es el reflejo de su alma. Y por eso pide que le dejen en paz en relación con el vídeo que refleja sus responsabilidades y sus mentiras sobre lo que hizo y dijo durante la negociación y tregua de ETA en 1998. Un vídeo que lo deja en evidencia y que recuerda la afición de Aznar a mentir o a creerse sus propias mentiras, como le ocurrió con la guerra de Iraq (y el 11M), cuyas consecuencias y secuelas tiene a la vista todos los días en televisión sin que ello le haya animado a hacer como debiera, por su bien y por el de su partido, la menor rectificación ante la evidencia del error de las Azores y del posterior envío de tropas a la etapa de la ocupación del territorio, que menos mal que ya no están porque de lo contrario nos habría costado a los españoles muchas vidas de nuestros soldados y para él habría sido una añadida responsabilidad.
Desde que dejó el poder Aznar no sólo no ha dejado la política sino que sigue en ella, tras haber renunciado por motivos económicos —consejero de Murdoch— al Consejo de Estado, como gran activista al frente de FAES, donde se producen vídeos en contra del PSOE y del Gobierno de Zapatero; el último de la seguridad seguro que también es de ellos y por eso en el PP ocultan la autoría. Pero, además, en FAES se dan cursillos a los diputados del PP, se preparan documentos para el partido, se agita la teoría de la gran conspiración del 11M, de la que Aznar dio su versión en la Comisión del Congreso que investigó los atentados hablando de la mano negra, que en su opinión no estaba en “los remotos desiertos ni en lejanas montañas” (es decir, más cerca, en Marruecos o en ETA), para con todo ello intentar desestabilizar al Gobierno y sembrar la sospecha sobre la legitimidad de su victoria electoral del 2004. Y todo esto a pesar de que ninguna prueba flagrante o definitiva avala al día de hoy sus acusaciones o insinuaciones, ni las de los medios o los políticos (Acebes, Aguirre y Zaplana) que siguen con la misma cantinela.
Además Aznar tiene una apretada agenda de actos públicos y de conferencias políticas con las que sabe —al igual que le ocurre a González— que tendrá eco en los medios de comunicación y por tanto en la política general. Y no digamos en lo que se refiere a las luchas de poder internas en el PP por su responsabilidad directa en el nombramiento a dedo del sucesor Rajoy. Se vio en la última Convención de este partido, donde Aznar quiso ser la estrella con un discurso radical y conservador, como cuando se dedica a recibir a sus ex ministros y altos cargos del PP creando toda clase de expectativas y confusiones que ponen de los nervios a Rajoy y excitan la caza del líder en pos de una segunda sucesión por parte de los posibles candidatos, Rato, Gallardón, Aguirre y puede que el mismo Aznar si, al final, no consigue dominar sus propios fantasmas (o se rompe el PP), o simplemente ¡por España!
Aznar no puede pedir que lo dejen en paz por dos motivos: porque él no deja en paz a nadie y no se ha retirado de la política, y porque no ha asumido sus errores y abusos de poder de su última legislatura y ello le hace responsable en el tiempo. Le ha pasado lo mismo a González, que también sigue activo en la política, los medios y el PSOE porque ninguno de los dos han sido hombres de Estado, sino de gobierno. Los que, a pesar de haber disfrutado de sendas mayorías absolutas, fueron incapaces de llevar España de la transición a la democracia, poniendo punto final a la partitocracia y al disfrute de la acumulación de los poderes del Estado y de los fácticos, sin respeto por el juego limpio democrático, por la libertad de expresión, la libre competencia y cayendo González en el pantano de la corrupción (y de los GAL), y Aznar en la supersoberbia autoritaria y ultraconservadora —con menos corrupción pero sí casos escandalosos en las privatizaciones de empresas del Estado—, pero incapaces los dos de gobernar bien para todos españoles.
Se entiende que Aznar se enfade porque el PSOE lo utiliza para amedrentar al personal y dañar al PP, pero sorprende que el ex presidente, después de todo lo ocurrido, no haya reflexionado con tranquilidad y no haya asimilado ni la derrota del PP ni sus errores. El tiempo le ayudará, pero mientras tanto se tiene que pelar, aunque sólo sea para recuperar en su aspecto una cierta normalidad, o tranquilizar a sus más devotos fans, que a la vista de su nueva imagen se preguntan si está bien de la cabeza, o si ha hecho una promesa que le obliga a deambular con ese aspecto más propio de los tiempos de de’Artagnan.