LOS HINOJOSOS: Esto es lo que usted quiere, mi gracioso amigo. La...

Esto es lo que usted quiere, mi gracioso amigo.

La élites pacifistas occidentales están horrorizadas ante la vorágine de violencia en Oriente Medio, confundidas y ofendidas por las guerras que no quieren llegar a su fin, por el terror que asola sus propias ciudades. Y se unen en coro angelical para entonar el único himno que creen veraz: «la Alianza de cristianos y musulmanes, siguiendo el modelo de Al-Andalus, es la única solución posible”.

No es el afectado tono sublimado y heróico el que principalmente permite reconocer un mito, sino sobre todo la testarudez con que niega la realidad en el paso del tiempo. Así pues, los maurófilos, en su contínua maledicente condena de la intolerancia cristiana olvidan sistemáticamente que el dominio árabe en España fué fruto de una invasión militar garantizado por una clase dirigente violenta y militarizada. En tan sólo cien años y a golpe de espada y fuego, los seguidores del Profeta (fallecido en 632 DC) se construyeron un imperio desde el Indo hasta Lisboa.

Por supuesto que todos los ejércitos de la época, todas las guerras de la época, distaban mucho de ser grupos de caballeros tomando té o partidas de ajedrez. La más cruda de las brutalidades, la esclavización de los vencidos, el saqueo eran la práctica de todos los ejércitos de aquellos tiempos. Pero “la brutalidad sin límites, la regularidad y el carácter sistemático de las devastaciones musulmanas”, nos cuenta la historiadora británico-egipcia 1 Ye’or, diferencian la expansión islamo-árabe de las empresas militares de los ejércitos griegos, eslavos y latinos del tiempo, y la convierten quizá en “la acción más grande y sanguinaria de saqueo de la historia”.
“La Dschihad es una tarea santa”, escribió Ibn Khaldun en el Siglo XIV, un político, sociólogo y descendiente de una Familia noble musulmana del Al-Andalus, “debido a la universalidad de la misión islámica y la obligación de que todo el mundo se convierta al islam, debemos recurrir al convencimiento o a la fuerza.” Y sigue: “el islam tiene la orden de alcanzar el poder sobre las otras naciones.”

En Al-Andalus terminó por reinar una paz ficticia mantenida sobre todo por las normas de la Dhimma (que no eran más que un contrato en el que decía: „paga o muere“) y la potencia militar de los ocupadores. Ibn Abdun, un letrado malaquita y jurista, escribió en el año 1100 en Sevilla un tratado para el califa en el que se podía leer entre otras cosas:

«Un musulmán no puede dar masages a un judío, tampoco a un cristiano. No puede retirarles la basura o limpiarles las letrinas; es más acorde a ley que judíos y cristianos realicen tales trabajos, pues se trata de trabjos menores» (Nr. 153).

«No debemos consentir que un recaudador, un policía, un judío o un cristiano se vistan como un jurista, un rico o un notable, sino que debemos odiarlos, evitar el contacto con ellos y no se les debe saludar con el „la paz sea contigo“, pues son posesos de satán y han olvidado dar gracias a Allah. Pertenecen al partido de Satán. En verdad, quienes pertencen al partido de Satán terminarán sufriendo (Sure 58:19). Deben llevar una marca para así poderles reconocer en su vergüenza» (Nr. 169).

«No se debe poner en manos de judíos ni de cristianos ningún libro científico a no ser que el autor sea de su misma condición» (Nr. 206)

El Apartheid religioso se convierte muy rápidamente en un Apertheid social. Sólo en la mitad del siglo por, bajo Abderramán III y Al-Hakam II se puede hablar de “consentimiento interreligioso”, pero nunca de ecumenismo. No era infrecuente encontrar judíos o cristianos en la corte o en puestos científicos.

Para quien no lo sepa: Averroes tradujo las obras de Aristóteles para el sultán Jusuf y. En cuanto éste murió, su sucesor, Jakub Al-Mansur dictó en 1195 un decreto por el que la filosofía griega era prohibida, se quemaron los libros de Aristóteles y las obras de Averroes. A éste se le latigó ante la mezquita de Córdoba y se le desterró. Murió poco después.

En otras palabras, no existió el mito de Al-Andalus como paraíso de culturas, de entendimiento o de ecumenismo. Es mentira.