Diego. C.O.E. 22
LA EPIDEMIA SILENCIOSA ..II
Las Barranquillas es el último gran poblado de la droga. Uno de los enclaves marginales surgidos de la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992 "La Ley Corcuera" que expulsó a los heroinómanos del casco viejo de las ciudades en dirección a guetos del extrarradio. Así nacieron Can Tunis, en Barcelona; Las cañas, en Valencia: Parque Ansaldo, en Alicante, Penamoa en La Coruña, La Esperanza, en Valladolid o Bakimet en Burgos. Mayoría ha ido desapareciendo por la especulación del suelo.
No es el caso de las Barranquillas. Aquí aguantan. En este páramo irreal de barro grisáceo, impregnado por el hedor de una depuradora y el humo de las hogueras, de charcos como lagunas de agua negra, monrañas de basura, míseras chabolas de perros y caballos tiñosos, entre los que pululan cada día miles de depredadores en busca de una dosis de heroína o cocaína que esnifar, inyectarse o fumar sobre plata. La última etapa en el descenso al infirneo de la droga. No entran ni las ambulancias.
Después de esto no hay nada, describe Alfonso Gil, el médico que dirige la narcosala y el dispositivo de emergencia anexo, donde los toxicómanos pueden, además de picarse con un mínimo de higiene, tomar una ducha, un plato caliente o dormir en una cama. " un sitio para recordarles que son personas, que no lleguen al máximo de su deterioro físico y mental, y si un día deciden escapar de la droga, tengan una mínima posibilidad. Yo llevo en esto 13 años, y más allá de las barranquillas solo queda el cementerio.
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LA EPIDEMIA SILENCIOSA ..II
Las Barranquillas es el último gran poblado de la droga. Uno de los enclaves marginales surgidos de la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992 "La Ley Corcuera" que expulsó a los heroinómanos del casco viejo de las ciudades en dirección a guetos del extrarradio. Así nacieron Can Tunis, en Barcelona; Las cañas, en Valencia: Parque Ansaldo, en Alicante, Penamoa en La Coruña, La Esperanza, en Valladolid o Bakimet en Burgos. Mayoría ha ido desapareciendo por la especulación del suelo.
No es el caso de las Barranquillas. Aquí aguantan. En este páramo irreal de barro grisáceo, impregnado por el hedor de una depuradora y el humo de las hogueras, de charcos como lagunas de agua negra, monrañas de basura, míseras chabolas de perros y caballos tiñosos, entre los que pululan cada día miles de depredadores en busca de una dosis de heroína o cocaína que esnifar, inyectarse o fumar sobre plata. La última etapa en el descenso al infirneo de la droga. No entran ni las ambulancias.
Después de esto no hay nada, describe Alfonso Gil, el médico que dirige la narcosala y el dispositivo de emergencia anexo, donde los toxicómanos pueden, además de picarse con un mínimo de higiene, tomar una ducha, un plato caliente o dormir en una cama. " un sitio para recordarles que son personas, que no lleguen al máximo de su deterioro físico y mental, y si un día deciden escapar de la droga, tengan una mínima posibilidad. Yo llevo en esto 13 años, y más allá de las barranquillas solo queda el cementerio.
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