Dos veces víctima
Paloma Acebrón apenas tuvo tiempo el viernes de despedirse de sus hijos: las prisas de las mochilas, el juguete casi olvidado, la bufanda sobre la silla... Unos besos de urgencia y hasta dentro de siete días. Aitor, de 9 años, y Borja, de 6, se iban con su padre a pasar la Navidad con la familia paterna a Horcajo de Santiago (Cuenca). Les tocaba una semana. El régimen de visitas es implacable. No llegaron nunca. El coche se estrelló, se incendió y los tres perdieron la vida. «¿Qué quieres que sea de mayor?», le había preguntado Aitor a su madre unos días antes. Era un juego entre ambos, un guiño. «Quiero que seas pintor... No, no... Quiero que seas feliz», solía responderle ella.
Su casa está atiborrada de gente. Intentan mitigar el dolor, estar, darle cuerda al tiempo porque todavía no hay fecha para que Aitor y Borja puedan ser enterrados. El accidente fue brutal y los cuerpos quedaron calcinados. Se les tuvo que identificar mediante el ADN y es posible que ni siquiera se pueda saber si el padre de los pequeños, Jesús ángel J. G., había bebido. Parece que pudo distraerse, reza el atestado inicial.
Paloma, su ex mujer, pareja durante 16 años, maltratada por él -según sentencia firme que le condenó a seis meses de prisión (que no cumplió) y le prohibió acercarse a ella durante dos años-, está convencida de que Jesús conducía tan rápido como siempre. «Lo temió muchas veces, ella sabía que esto iba a pasar», afirma su abogada.
La vida de Paloma ha estado cuajada de problemas, pero ahora el azar más negro se ha instalado en ella. «Mi hijo pequeño, Yeray (dos años) se ha salvado porque él (su ex marido) sólo quería cuidarlo a ratos». Hace un mes la abogada había pedido al juez una restricción en el régimen de visitas del niño menor que padece una rara enfermedad aún sin diagnosticar. El viernes, su padre lo tuvo unas horas y lo devolvió a su madre a través de un familiar que hacía de intermediario, como siempre.
Parece increíble pero es real. Paloma, víctima, con tres denuncias por malos tratos contra su marido, con orden de protección primero y pena de alejamiento después, firmó un divorcio de mutuo acuerdo cuando él ya estaba condenado y un régimen de visitas normalizado para sus hijos. Parece increíble pero estaba vigente. «No tuve quien me orientara en ese momento», justifica ella. Su actual abogada poco había podido hacer hasta ahora: «Cuando hace un mes hablé de la posibilidad de fijar un punto de encuentro con el abogado contrario -para entregar a los niños- me dijo que ya existía». Era la puerta de un restaurante chino.
TEXTO: CRUZ MORCILLO.
Paloma Acebrón apenas tuvo tiempo el viernes de despedirse de sus hijos: las prisas de las mochilas, el juguete casi olvidado, la bufanda sobre la silla... Unos besos de urgencia y hasta dentro de siete días. Aitor, de 9 años, y Borja, de 6, se iban con su padre a pasar la Navidad con la familia paterna a Horcajo de Santiago (Cuenca). Les tocaba una semana. El régimen de visitas es implacable. No llegaron nunca. El coche se estrelló, se incendió y los tres perdieron la vida. «¿Qué quieres que sea de mayor?», le había preguntado Aitor a su madre unos días antes. Era un juego entre ambos, un guiño. «Quiero que seas pintor... No, no... Quiero que seas feliz», solía responderle ella.
Su casa está atiborrada de gente. Intentan mitigar el dolor, estar, darle cuerda al tiempo porque todavía no hay fecha para que Aitor y Borja puedan ser enterrados. El accidente fue brutal y los cuerpos quedaron calcinados. Se les tuvo que identificar mediante el ADN y es posible que ni siquiera se pueda saber si el padre de los pequeños, Jesús ángel J. G., había bebido. Parece que pudo distraerse, reza el atestado inicial.
Paloma, su ex mujer, pareja durante 16 años, maltratada por él -según sentencia firme que le condenó a seis meses de prisión (que no cumplió) y le prohibió acercarse a ella durante dos años-, está convencida de que Jesús conducía tan rápido como siempre. «Lo temió muchas veces, ella sabía que esto iba a pasar», afirma su abogada.
La vida de Paloma ha estado cuajada de problemas, pero ahora el azar más negro se ha instalado en ella. «Mi hijo pequeño, Yeray (dos años) se ha salvado porque él (su ex marido) sólo quería cuidarlo a ratos». Hace un mes la abogada había pedido al juez una restricción en el régimen de visitas del niño menor que padece una rara enfermedad aún sin diagnosticar. El viernes, su padre lo tuvo unas horas y lo devolvió a su madre a través de un familiar que hacía de intermediario, como siempre.
Parece increíble pero es real. Paloma, víctima, con tres denuncias por malos tratos contra su marido, con orden de protección primero y pena de alejamiento después, firmó un divorcio de mutuo acuerdo cuando él ya estaba condenado y un régimen de visitas normalizado para sus hijos. Parece increíble pero estaba vigente. «No tuve quien me orientara en ese momento», justifica ella. Su actual abogada poco había podido hacer hasta ahora: «Cuando hace un mes hablé de la posibilidad de fijar un punto de encuentro con el abogado contrario -para entregar a los niños- me dijo que ya existía». Era la puerta de un restaurante chino.
TEXTO: CRUZ MORCILLO.