El miércoles pasado tuvo lugar un hecho que tiene conmocionada a media humanidad. Ocurrió a plena luz del día, en Roma, la capital del antiguo imperio romano, y capital hoy día de un país de la Unión Europea llamado Italia. Una muchacha de diecinueve años que profería insultos con voz cavernosa a un obispo (se desconoce si existía alguna razón que justificase la actitud de la ciudadana para con él) sufrió ayer una experiencia que a buen seguro le costará olvidar. Tras ser identificada, y aunque en un primer momento se resistió con fuerza sobrehumana (sic), fue apartada por las fuerzas policiales (humanas) y llevada ante el conocido como Sumo Pontífice de la religión católica, quien se hallaba presidiendo un acto ante miles de seguidores, al que también asistía la muchacha en compañía de sus padres (se desconoce si fue por voluntad propia o fue conducida allí a la fuerza) y de otros miles de practicantes de la religión católica. El Sumo Pontífice acudió a un lugar apartado abordo de su automóvil acristalado y blindado, popularmente conocido como papamóvil. Allí se reunió con la muchacha de diecinueve años que había insultado a un obispo --cabe suponer que a estas alturas la fuerza sobrehumana habría remitido, pues de no ser así no se explica que pudiera ser reducida por seres con fuerza humana (policías).
El Sumo Pontífice, tras ser informado de lo ocurrido, no dudó en diagnosticar lo que le ocurría a la muchacha: estaba poseída por el diablo, un ser fantástico al que los practicantes de la religión católica atribuyen el epíteto de maligno. El tratamiento a aplicar, siguiendo los dictados de la fé católica, no ofrecía dudas al que muchos consideran el representante de su dios (único en esta religión) en la tierra: había que practicar un exorcismo, un ritual que consiste en rezar y leer en voz alta párrafos de La Biblia (libro sagrado de esta religión) por parte de un sacerdote delante del individuo que supuestamente está poseído por la figura fantástica llamada diablo, con la intención de que éste, al escuchar la palabra de dios, abandone el cuerpo del infortunado. Dicho y hecho, el Sumo Pontífice terminó con el problema en una media hora, sobrándole incluso unos minutos durante los cuales se puso a rezar. No era la primera vez que el Sumo Pontífice se enfrentaba a este tipo de situación: que se sepa, al menos lo había hecho ya antes en otras dos ocasiones.
No se conocen declaraciones posteriores de la ciudadana tras ser sometida a esta práctica ritual. Se desconoce así mismo si el Sumo Pontífice tiene pensado seguir sometiendo a miembros de su religión a esta experiencia cada vez que alguno insulte a un obispo. No se conocen tampoco estudios sobre los efectos sicológicos que estas prácticas pueden provocar en los humanos.
El Sumo Pontífice, tras ser informado de lo ocurrido, no dudó en diagnosticar lo que le ocurría a la muchacha: estaba poseída por el diablo, un ser fantástico al que los practicantes de la religión católica atribuyen el epíteto de maligno. El tratamiento a aplicar, siguiendo los dictados de la fé católica, no ofrecía dudas al que muchos consideran el representante de su dios (único en esta religión) en la tierra: había que practicar un exorcismo, un ritual que consiste en rezar y leer en voz alta párrafos de La Biblia (libro sagrado de esta religión) por parte de un sacerdote delante del individuo que supuestamente está poseído por la figura fantástica llamada diablo, con la intención de que éste, al escuchar la palabra de dios, abandone el cuerpo del infortunado. Dicho y hecho, el Sumo Pontífice terminó con el problema en una media hora, sobrándole incluso unos minutos durante los cuales se puso a rezar. No era la primera vez que el Sumo Pontífice se enfrentaba a este tipo de situación: que se sepa, al menos lo había hecho ya antes en otras dos ocasiones.
No se conocen declaraciones posteriores de la ciudadana tras ser sometida a esta práctica ritual. Se desconoce así mismo si el Sumo Pontífice tiene pensado seguir sometiendo a miembros de su religión a esta experiencia cada vez que alguno insulte a un obispo. No se conocen tampoco estudios sobre los efectos sicológicos que estas prácticas pueden provocar en los humanos.