EL MILAGRO DEL SOL
Según cuenta Lúcia dos Santos en su Cuarta Memoria, la Señora se presentó aquel día a los niños como ya era habitual, y aseguró ser la "Señora del Rosario". Anunció que la Guerra iba a acabar (la Primera Guerra mundial) y que los soldados volverían a sus casas. Lúcia pidió a la Señora que curara a los enfermos que allí se amontonaban, a lo que respondió que solo sanaría a aquellos que pidieran perdón por sus pecados. Aquel día la virgen también les habría pedido a los niños que se construyera una capilla en su nombre. Tras alejarse hacia el naciente, ocurrió el milagro solar, donde según las descripciones, el cielo se abrió y el Astro rey comenzó a moverse convulsivamente, causando la admiración de los asistentes. Este suceso fue observado por miles de personas allí presentes, entre los que se encontraban creyentes, escépticos, campesinos e intelectuales. Y la diversidad y cantidad de testigos le otorga un especial interés al "fenómeno solar", pues el resto de las apariciones de Fátima se limitaban a los tres niños videntes. Uno de los testigos presentes en la explanada de Cova de Iría es el periodista Avelino de Almeida, redactor jefe del periódico lisboeta O Século. Con fina ironía, de Almeida describe pormenorizadamente el paisaje humano que rodeaba a la ya famosa encina, sin dejarse llevar por la emoción de las masas. En su artículo están retratados los leprosos que buscaban cura de su mal, los vendedores ambulantes que ya en aquel entonces comprendieron el negocio de las apariciones, los librepensadores conversos, los campesinos escépticos, el desborde piadoso e idolátrico de miles de creyentes y por supuesto la copiosa lluvia que caía sobre Fátima, tornando el escenario de las apariciones en un intransitable lodazal. El periodista se limita en todo momento a hacer una crónica de lo que ve, y en esa misma postura continua cuando Lúcia pide a las multitudes que cierren sus paraguas para rezar. Es en ese momento que comienza a producirse el "milagro Solar". "Se ve a toda la inmensa multitud -escribe Avelino de Almeida- darse vuelta para ver al Sol, que se muestra libre de nubes en el cenit... Es posible ver el contorno del disco sin el más mínimo esfuerzo. No quema, no ciega." Pero el "Sol" comienza a moverse, y el periodista lo describe con estas palabras: "...el Sol tembló, el Sol realizó movimientos bruscos nunca vistos, fuera de todas las leyes cósmicas. El Sol "bailó"según la típica expresión de los campesinos" Sin abandonar su tono impasible, Avelino de Almeida continúa relatando otros detalles sobre las gentes que allí se encontraban y sus emociones. Finalmente, el periodista hace un llamamiento a los expertos para que expliquen la naturaleza del fenómeno observado. A pesar de su breve mención al fenómeno y de sus ácidas descripciones, Avelino de Almeida fue duramente criticado por sus contemporáneos librepensadores, que sugirieron que el periodista estaba defendiendo los intereses del principal beneficiario de las apariciones: La Iglesia. Y es que por aquellas fechas el gobierno republicano había separado Iglesia y Estado y muchos de los privilegios feudales de que gozaba la jerarquía eclesiástica, habían desaparecido. Es por ello que los republicanos veían con muy malos ojos a las apariciones de Fátima. Otro de los testigos independientes que se encontraba aquel 13 de octubre en la explanada de Cova de Iría era el profesor de la Facultad de Ciencias de Coimbra, Dr Almeida Garrett. Decidido a observar los fenómenos desapasionadamente se apostó en una elevación del terreno de modo que pudiera observar todos los sucesos desde un excelente punto de vista y ayudado por unos binoculares. El profesor Garrett no escuchó la orden de Lúcia de observar el Sol, pero giró la vista ante la actitud de las multitudes que exclamaban mientras observaban el cielo. "No era algo esférico como la Luna -describe Garrett su observación del "Sol"- ni tenía la misma tonalidad ni los mismos claro-oscuros. Parecía de materia pulida...". Según este profesor, no había bruma ni nubes y se mantuvo así durante diez minutos, salvo en dos ocasiones en que unos rayos fulgurantes obligaron a los testigos a apartar la vista. Mientras observaban el Sol, el color de la luz que iluminaba la explanada se tornó violácea. Más tarde el color cambiaría hacia el amarillento. Poco después, el Sol comenzó a girar sobre si mismo y en un momento, ante el estupor de los allí presentes, el "Sol se desprendió de la bóveda celeste" y se abalanzó sobre los atónitos espectadores, para luego alejarse.
Según cuenta Lúcia dos Santos en su Cuarta Memoria, la Señora se presentó aquel día a los niños como ya era habitual, y aseguró ser la "Señora del Rosario". Anunció que la Guerra iba a acabar (la Primera Guerra mundial) y que los soldados volverían a sus casas. Lúcia pidió a la Señora que curara a los enfermos que allí se amontonaban, a lo que respondió que solo sanaría a aquellos que pidieran perdón por sus pecados. Aquel día la virgen también les habría pedido a los niños que se construyera una capilla en su nombre. Tras alejarse hacia el naciente, ocurrió el milagro solar, donde según las descripciones, el cielo se abrió y el Astro rey comenzó a moverse convulsivamente, causando la admiración de los asistentes. Este suceso fue observado por miles de personas allí presentes, entre los que se encontraban creyentes, escépticos, campesinos e intelectuales. Y la diversidad y cantidad de testigos le otorga un especial interés al "fenómeno solar", pues el resto de las apariciones de Fátima se limitaban a los tres niños videntes. Uno de los testigos presentes en la explanada de Cova de Iría es el periodista Avelino de Almeida, redactor jefe del periódico lisboeta O Século. Con fina ironía, de Almeida describe pormenorizadamente el paisaje humano que rodeaba a la ya famosa encina, sin dejarse llevar por la emoción de las masas. En su artículo están retratados los leprosos que buscaban cura de su mal, los vendedores ambulantes que ya en aquel entonces comprendieron el negocio de las apariciones, los librepensadores conversos, los campesinos escépticos, el desborde piadoso e idolátrico de miles de creyentes y por supuesto la copiosa lluvia que caía sobre Fátima, tornando el escenario de las apariciones en un intransitable lodazal. El periodista se limita en todo momento a hacer una crónica de lo que ve, y en esa misma postura continua cuando Lúcia pide a las multitudes que cierren sus paraguas para rezar. Es en ese momento que comienza a producirse el "milagro Solar". "Se ve a toda la inmensa multitud -escribe Avelino de Almeida- darse vuelta para ver al Sol, que se muestra libre de nubes en el cenit... Es posible ver el contorno del disco sin el más mínimo esfuerzo. No quema, no ciega." Pero el "Sol" comienza a moverse, y el periodista lo describe con estas palabras: "...el Sol tembló, el Sol realizó movimientos bruscos nunca vistos, fuera de todas las leyes cósmicas. El Sol "bailó"según la típica expresión de los campesinos" Sin abandonar su tono impasible, Avelino de Almeida continúa relatando otros detalles sobre las gentes que allí se encontraban y sus emociones. Finalmente, el periodista hace un llamamiento a los expertos para que expliquen la naturaleza del fenómeno observado. A pesar de su breve mención al fenómeno y de sus ácidas descripciones, Avelino de Almeida fue duramente criticado por sus contemporáneos librepensadores, que sugirieron que el periodista estaba defendiendo los intereses del principal beneficiario de las apariciones: La Iglesia. Y es que por aquellas fechas el gobierno republicano había separado Iglesia y Estado y muchos de los privilegios feudales de que gozaba la jerarquía eclesiástica, habían desaparecido. Es por ello que los republicanos veían con muy malos ojos a las apariciones de Fátima. Otro de los testigos independientes que se encontraba aquel 13 de octubre en la explanada de Cova de Iría era el profesor de la Facultad de Ciencias de Coimbra, Dr Almeida Garrett. Decidido a observar los fenómenos desapasionadamente se apostó en una elevación del terreno de modo que pudiera observar todos los sucesos desde un excelente punto de vista y ayudado por unos binoculares. El profesor Garrett no escuchó la orden de Lúcia de observar el Sol, pero giró la vista ante la actitud de las multitudes que exclamaban mientras observaban el cielo. "No era algo esférico como la Luna -describe Garrett su observación del "Sol"- ni tenía la misma tonalidad ni los mismos claro-oscuros. Parecía de materia pulida...". Según este profesor, no había bruma ni nubes y se mantuvo así durante diez minutos, salvo en dos ocasiones en que unos rayos fulgurantes obligaron a los testigos a apartar la vista. Mientras observaban el Sol, el color de la luz que iluminaba la explanada se tornó violácea. Más tarde el color cambiaría hacia el amarillento. Poco después, el Sol comenzó a girar sobre si mismo y en un momento, ante el estupor de los allí presentes, el "Sol se desprendió de la bóveda celeste" y se abalanzó sobre los atónitos espectadores, para luego alejarse.