Humanidades
Enseñar a los jóvenes los preceptos de la vida y de el orden de la erudición.
Esta disciplina es la misma ley de Dios, que, permaneciendo siempre fija e inconcusa en El, en cierto modo se imprime en las almas de los sabios; de modo que tanto mejor saben vivir y con tanta mayor elevación, cuanto más perfectamente la contemplan con su inteligencia y la guardan con su vida. Y esa disciplina a los que desean conocerla le prescribe un doble orden, del que una parte se refiere a la vida y otra a la instrucción.
Los jóvenes dedicados al estudio de la sabiduría se abstengan de todo lo venéreo, de los placeres de la mesa, del cuidado excesivo y superfluo ornato de su cuerpo, de la vana afición a los espectáculos de la pesadez del sueño y la pigricia, de la emulación, murmuración, envidia, ambición de honra y mando, del inmoderado deseo de alabanza.
Sepan que el amor al dinero es la ruina cierta de todas las esperanzas. No sean ni flojos ni audaces para obrar. En las faltas de sus familiares no den lugar a la ira o la refrenen de modo que parezca vencida. A nadie aborrezcan. Anden alerta con las malas inclinaciones. Ni sean excesivos en la vindicación ni tacaños en perdonar.
No castiguen a nadie sino para mejorarlo, ni usen la indulgencia cuando en ocasión de más ruina. Amen como familiares a todos los que viven bajo su potestad. Sirvan de modo que se avergüencen de ejercer dominio; dominen de modo que les deleite servirles. En los pecados ajenos no importunen a los que reciban mal la corrección. Evite las enemistades con suma cautela, súfranlas con calma, termínenlas lo antes posible. En todo trato y conversación con los hombres aténganse al proverbio común: “No hagan a nadie lo que no quieran para sí” No busquen los cargos de la administración del Estado sino lo perfectos.
Y traten de perfeccionarse antes de llegar a la edad senatoria, o mejor, en la juventud. Y los que se dedican tarde a estas cosas no crean que no les concierne estos preceptos, porque los guardarán mejor en la edad avanzada. En toda condición lugar, tiempo, o tengan amigos o búsquenlos.
Muestren deferencia a los dignos, aun cuando no la exijan ellos. Hagan menos caso de los soberbios y de ningún modo lo sean ellos. Vivan con orden y armonía; sirvan a Dios; en El piense; búsquenlo con el apoyo de la fe, esperanza y caridad. Deseen la tranquilidad y el seguro curso de sus estudios y de sus compañeros, y para sí y para cuantos puedan, pidan la rectitud del alma y tranquilidad de la vida.
Del libro del Orden de San Agustín
CAPITULO VIII. Versículo 25
Enseñar a los jóvenes los preceptos de la vida y de el orden de la erudición.
Esta disciplina es la misma ley de Dios, que, permaneciendo siempre fija e inconcusa en El, en cierto modo se imprime en las almas de los sabios; de modo que tanto mejor saben vivir y con tanta mayor elevación, cuanto más perfectamente la contemplan con su inteligencia y la guardan con su vida. Y esa disciplina a los que desean conocerla le prescribe un doble orden, del que una parte se refiere a la vida y otra a la instrucción.
Los jóvenes dedicados al estudio de la sabiduría se abstengan de todo lo venéreo, de los placeres de la mesa, del cuidado excesivo y superfluo ornato de su cuerpo, de la vana afición a los espectáculos de la pesadez del sueño y la pigricia, de la emulación, murmuración, envidia, ambición de honra y mando, del inmoderado deseo de alabanza.
Sepan que el amor al dinero es la ruina cierta de todas las esperanzas. No sean ni flojos ni audaces para obrar. En las faltas de sus familiares no den lugar a la ira o la refrenen de modo que parezca vencida. A nadie aborrezcan. Anden alerta con las malas inclinaciones. Ni sean excesivos en la vindicación ni tacaños en perdonar.
No castiguen a nadie sino para mejorarlo, ni usen la indulgencia cuando en ocasión de más ruina. Amen como familiares a todos los que viven bajo su potestad. Sirvan de modo que se avergüencen de ejercer dominio; dominen de modo que les deleite servirles. En los pecados ajenos no importunen a los que reciban mal la corrección. Evite las enemistades con suma cautela, súfranlas con calma, termínenlas lo antes posible. En todo trato y conversación con los hombres aténganse al proverbio común: “No hagan a nadie lo que no quieran para sí” No busquen los cargos de la administración del Estado sino lo perfectos.
Y traten de perfeccionarse antes de llegar a la edad senatoria, o mejor, en la juventud. Y los que se dedican tarde a estas cosas no crean que no les concierne estos preceptos, porque los guardarán mejor en la edad avanzada. En toda condición lugar, tiempo, o tengan amigos o búsquenlos.
Muestren deferencia a los dignos, aun cuando no la exijan ellos. Hagan menos caso de los soberbios y de ningún modo lo sean ellos. Vivan con orden y armonía; sirvan a Dios; en El piense; búsquenlo con el apoyo de la fe, esperanza y caridad. Deseen la tranquilidad y el seguro curso de sus estudios y de sus compañeros, y para sí y para cuantos puedan, pidan la rectitud del alma y tranquilidad de la vida.
Del libro del Orden de San Agustín
CAPITULO VIII. Versículo 25