Comentarios
LA SIEGA
Caminos polvorientos de la Mancha conquense donde el sol en el mes de Julio deja caer sus rayos que estan llenos de un calor que abrasa y que resecaba la boca y garganta del labriego que había salido muy de mañana a segar su bancal donde tenía la cebada apunto de segar, y cogió la mañana porque con el relente la cabeza de la espiga se mantiene en la caña.
Llego al bancal y lo primero que hizo es sacar el botijo del agua que llevaba en las aguaderas y echarse un buen trago, pues estaba fresca ya que había estado toda la noche el botijo al sereno. Luego desaparejando el borrico lo llevo al barbecho de al lado y lo amaneo dejándole una mielga que había segado en la linde que dividía el bancal del barbecho para que comiera.
Luego volvió donde había dejado el hato y volvió otra vez a echarse otro trago de agua, pues no se le iba la sequedad del paladar de su boca, pero se puso los zahones y la zoqueta en su mano izquierda cogió la hoz y se dispuso a segar, pues hizo un corte que le sirvió de carillena donde iba depositando su manada para luego ir dejando estas a medida que iba segando los surcos, cada carillena se completaba con catorce surcos y así se hacían los haces que luego había que atar con un cordel.
El segador iba segando con bastante habilidad pues tenía bien aprendido el oficio desde muy niño que había ido con sus padres, y recordaba cómo había dormido en el rastrojo y también recordaba cuando padecieron la gran tormenta de aquel año que por cierto tuvieron que volver al pueblo sin poder segar ya que se habían quedado las hondas del bancal llenas de agua.
Todo esto lo recordaba y lo hacía patrimonio de su experiencia, pero aquel día que estaba segando, el cielo estaba totalmente limpio y sin nubes y no corría ni un suspiro de aire y el sol se dejaba caer, y el segador iba totalmente empapado de sudo. Pues se dijo vamos a echarnos un trago de agua y a liar un cigarrillo, pues ya había abierto dos carillenas y decía para sus adentros que terminaría aquel día de segar su bancal,
LA SIEGA
Caminos polvorientos de la Mancha conquense donde el sol en el mes de Julio deja caer sus rayos que estan llenos de un calor que abrasa y que resecaba la boca y garganta del labriego que había salido muy de mañana a segar su bancal donde tenía la cebada apunto de segar, y cogió la mañana porque con el relente la cabeza de la espiga se mantiene en la caña.
Llego al bancal y lo primero que hizo es sacar el botijo del agua que llevaba en las aguaderas y echarse un buen trago, pues estaba fresca ya que había estado toda la noche el botijo al sereno. Luego desaparejando el borrico lo llevo al barbecho de al lado y lo amaneo dejándole una mielga que había segado en la linde que dividía el bancal del barbecho para que comiera.
Luego volvió donde había dejado el hato y volvió otra vez a echarse otro trago de agua, pues no se le iba la sequedad del paladar de su boca, pero se puso los zahones y la zoqueta en su mano izquierda cogió la hoz y se dispuso a segar, pues hizo un corte que le sirvió de carillena donde iba depositando su manada para luego ir dejando estas a medida que iba segando los surcos, cada carillena se completaba con catorce surcos y así se hacían los haces que luego había que atar con un cordel.
El segador iba segando con bastante habilidad pues tenía bien aprendido el oficio desde muy niño que había ido con sus padres, y recordaba cómo había dormido en el rastrojo y también recordaba cuando padecieron la gran tormenta de aquel año que por cierto tuvieron que volver al pueblo sin poder segar ya que se habían quedado las hondas del bancal llenas de agua.
Todo esto lo recordaba y lo hacía patrimonio de su experiencia, pero aquel día que estaba segando, el cielo estaba totalmente limpio y sin nubes y no corría ni un suspiro de aire y el sol se dejaba caer, y el segador iba totalmente empapado de sudo. Pues se dijo vamos a echarnos un trago de agua y a liar un cigarrillo, pues ya había abierto dos carillenas y decía para sus adentros que terminaría aquel día de segar su bancal,