-Ahora -dijo Juliano- lo entenderéis: el avariento, decidme, ¿ama algo?
-Sí ama -dijo Sabino.
- ¿Qué? -dijo Juliano.
-El oro sin duda -dijo Sabino-, y las riquezas.
-Y el que las gasta -añadió Juliano- en fiestas y en banquetes, ¿en aquello que hace busca y apetece algún bien?
-No hay duda de eso -dijo Sabino.
-Y ¿qué bien apetece? -preguntó Juliano.
-Apetece -respondió Sabino-, a mi parecer, su gusto propio y su contento.
-Sí ama -dijo Sabino.
- ¿Qué? -dijo Juliano.
-El oro sin duda -dijo Sabino-, y las riquezas.
-Y el que las gasta -añadió Juliano- en fiestas y en banquetes, ¿en aquello que hace busca y apetece algún bien?
-No hay duda de eso -dijo Sabino.
-Y ¿qué bien apetece? -preguntó Juliano.
-Apetece -respondió Sabino-, a mi parecer, su gusto propio y su contento.