Que no es más inclinado al daño que al bien el que es la misma bondad, ni el bien hacer le es dificultoso al que con el querer sólo lo hace. Y no solamente es conforme a lo que la naturaleza acostumbra, mas es muy conveniente y muy debido a lo que piden nuestras necesidades. ¿No decíamos esta mañana que el soplo de la serpiente, y aquel manjar vedado y comido, nos desconcertó el alma y nos emponzoñó el cuerpo? Luego convino que este manjar, que se ordenó contra aquél, pusiese no solamente justicia en el alma, sino también por medio de ella santidad y pureza celestial en la carne; pureza, digo, que resistiese a la ponzoña primera, y la desarraigase poco a poco del cuerpo, como dice San Pablo: «Así como en Adán murieron todos, así cobraron vida en Jesucristo.»