Lo tercero, el sentido y las fuerzas del alma más viles, que nos mueven con ira y deseos, con los demás apetitos y virtudes del cuerpo, reconocen luego el nuevo huésped que ha venido a su casa, y la salud y nuevo valor que para contra ellos le ha venido a la voluntad, y, reconociendo que hay justicia en su reino y quien levante vara en él poderosa para escarmentar con castigo a lo revoltoso y rebelde, recógense poco a poco, y como atemorizados se retiran, y no se atreven ya a poner unas veces fuego y otras veces hielo, y continuamente alboroto y desorden, bulliciosos y desasosegados como antes solían; y, si se atreven, con una sofrenada la voluntad santa los pacifica y sosiega, y crece ella cada día más en vigor, y creciendo siempre y entrañándose de continuo en ella más los buenos y justos deseos, y haciéndolos como naturales a sí, pega su afición y talante a las otras fuerzas menores, y, apartándolas insensiblemente de sus malos siniestros y como desnudándolas de ellos, las hace a su condición e inclinación de ella misma; y de la ley santa de amor en que está transformada por gracia, deriva también y comunica a los sentidos su parte; y como la gracia, apoderándose del alma, hace como un otro Dios a la voluntad, así ella, deificada y hecha del sentido como reina y señora, casi le convierte de sentido en razón.