Lo segundo, la voluntad y la razón, que estaban hasta aquel punto perdidamente discordes, hacen luego paz entre sí; porque de allí adelante lo que juzga la una parte, eso mismo desea la otra, y lo que la voluntad ama, eso mismo es lo que aprueba el entendimiento. Y así cesa aquella amarga y continua lucha, y aquel alboroto fiero, y aquel continuo reñir con que se despedazan las entrañas del hombre, que tan vivamente San Pablo con sus divinas palabras pintó cuando dice: «No hago el bien que juzgo, sino el mal que aborrezco y condeno. Juzgo bien de la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mi mismo apetito, que contradice a la ley de mi espíritu y me lleva cautivo en seguimiento de la ley de pecado, que en mis inclinaciones tiene asiento. Desventurado yo, quien me podrá librar de la maldad mortal de este cuerpo»?