Los atenienses veneraban un
olivo milenario entre los templos de la Acrópolis, la colina sagrada de Atenas, y aseguraban que el olivo era el de Atenea.
En aquel templo, los devotos colgaban cintas y ofrendas de los acebuches sagrados y empleaban en sus ritos religiosos el aceite obtenido de sus
aceitunas.
El olivo figuraba entre los
árboles del Paraiso Terrenal.
Los reyes de
Israel se consagraban urgiéndolos con aceite, una ceremonia que después heredaron los reyes cristianos.
En la liturgia
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