No hubo tiempo alguno en que no hubiese tiempo.
El hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo.
Creo para comprender, y comprendo para creer mejor.
Nadie niega a Dios, sino aquel a quien le conviene que Dios no exista.
La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre.
Aprueba a los buenos, tolera a los malos y ámalos a todos.
La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.
La sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu, es decir, la que nivela al espíritu para que no se extralimite ni se estreche.
Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan.
El pasado ya no es y el futuro no es todavía.
No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad.
Si dudo, si me alucino, vivo. Si me engaño, existo. ¿Cómo engañarme al afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?
Una vez al año es lícito hacer locuras.
Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros.
Donde no hay caridad no puede haber justicia.