Portada del palacete Can Sales Menoren, en Carrer de Sant Feliu, PALMA DE MALLORCA

Uno de los edificios cercanos es Can Sales Menor o Can Moner, modificada entre 1591 y 1602 por Jeroni de Sales. Cuando esta familia se mudó, se instaló allí una rama de los Cotoner. Es por lo tanto una mansión de gran abolengo y sin duda la más espectacular por su fachada, junto con la vecina de Can Pavesi o Belloto (la del demonio que saca la lengua).

El nombre popular de Carrer de ses Carasses que tiene Sant Feliu viene en gran parte de las esculturas que caracterizan esa fachada de Can Sales Menor. Dos figuras de Adán y Eva, y una rica decoración que le valió ser retratada por viajeros ilustres como Charles W. Wood. El Archiduque la describe así: "Tiene un balcón corrido muy ancho al que se abren tres ventanas renacentistas muy bellas con una ornamentación esculturada de genios y rostros humanos; a ambos lados hay algunos amorcillos y en el centro una calavera".
Una historia macabra

Los paseantes reconocerán esa fachada solemne, recargada, que le da un aire antiguo a la zona. Pero los vecinos tienen una consideración especial al edificio, que poco tiene que ver con la historia del arte.

Can Sales Menor fue el marco de un conocido crimen, de esos que se repiten a media voz. Eran los primeros sesenta, cuando habitaba el caserón un militar que había quedado ciego. Le ayudaban una anciana sirvienta y un soldado, que ejercía de asistente. Muchos les recuerdan yendo cada día a misa a Santa Creu. El joven, conocido como "el Catalán", era algo introvertido, con un carácter extraño. Tal vez por eso empezó a tener problemas con la mujer, que estaba convencida de que no se portaba como debía. Las disputas y tensiones eran frecuentes, y llenaban los altos techos de la mansión. El soldado, taciturno y sombrío, apretaba los puños. Hasta que un día cesaron las peleas. Se hizo el silencio. La anciana había desaparecido.

El militar empezó a preocuparse al segundo día. Le preguntaba al soldado, quien se encogía de hombros y decía no saber nada. Pero la mujer no aparecía. Antoni Serra, escribió un libro sobre este suceso denominado Destinos (camino hacia la horca) (Imprenta Fullana, 1966). El escritor recuerda todavía cuando el militar invidente visitó la redacción de un diario, acompañado por su soldado lazarillo, para denunciar la desaparición de su sirvienta. Colocaron varios avisos en la prensa. "Desaparecida". Pero no surtieron resultado.

Serra describe así al Catalán: "Un muchacho alto, atlético, de manos finas y cutis blanco; tenía un aire afeminado y era corto de genio". En la novela, frecuenta a un vagabundo que se refugia en el Carrer de l´Ermità y recoge desperdicios en sa Riera. Un submundo sórdido.

Olor a muerto

Lo que nadie sabía es que el soldado había asesinado a la anciana en el entresuelo, donde estaban las cocinas y las habitaciones de servicio. Pronto, los vecinos de la casa empezaron a notar un olor profundo y repugnante. Incluso el militar advirtió la pestilencia, y con disgusto le dijo al soldado que limpiara sus aposentos.

No era extraño. En un rapto de locura, el soldado había asesinado a la anciana. Horrorizado por el crimen, paseó nervioso por el inmenso caserón pensando en cómo salir de aquella situación. Finalmente, decidió descuartizar el cuerpo de su víctima y guardarlo en diversas tinajas de aceite. Esperó un poco, y comenzó a quemar aquella siniestra prueba en la chimenea. Pero el hedor a muerto llenaba el barrio. Los vecinos acudieron a la policía y el Catalán intentó huir. Pero fue detenido.

Antoni Serra lo describe así en su novela: "El atardecer le sorprendió entre aquellas callejas. Y repentinamente la ciudad se iluminó. El guiño de las luces de neón, de los letreros de colores que se encendían y apagaban acababan por enloquecerle. Toda la ciudad se había convertido en una luciérnaga".

Cuando se descubrió el crimen, después de la publicidad en la búsqueda de la mujer, la opinión pública quedó conmocionada. Y desde entonces, los vecinos cada vez que pasaban bajo el siniestro portal, con sus estatuas mudas y solemnes, evocaban en voz baja la muerte terrible de la anciana.

El crimen de Can Sales Menor venía así a aumentar la nómina de historias fantasmagóricas del barrio de Sant Feliu. Durante un tiempo se habló de presencias espectrales en la casa del Marqués de la Romana. Y no muy lejos, la casa que hoy sirve de local para la conselleria de Turismo, fue escenario de otro crimen. El famoso asesinato del presbítero Martí Mascort, en el siglo XVIII, a manos de un esclavo moro. El homicida fue apresado, condenado a morir y descuartizado. Su cabeza fue colgada en el Born, donde una reproducción todavía nos lo recuerda. Y su mano fue clavada delante de la casa donde cometió el asesinato. A partir de entonces, esa calle se conoce como es Carrer de sa Mà des Moro. La mansión de Can Sales Menor había estado en los últimos tiempos habitada sólo en parte, y allí residía una oficina de las misiones. En su zona posterior se comunica con la residencia de los Misioneros de los Sagrados Corazones. Allí también se levanta la parte trasera de Sant Gaietà.
(21 de Abril de 2026)