CADA AÑO es más evidente el paulatino destierro de los símbolos tradicionales de la
Navidad de los espacios públicos. Esa autocensura, que practican tanto las Administraciones responsables de la decoración de las
calles y
edificios como los propios comerciantes en sus establecimientos, responde a una corriente de opinión que postula que la exhibición de una iconografía religiosa determinada discrimina a las otras, así como que las creencias personales deben quedar exclusivamente en el ámbito de lo
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