Lukana, me has provocado;
Quizás sea un poco coñazo, pero ahí van:
Mis primeros recuerdos de Huesa son la escuela de de. León y deª Pepita (para mí siguen teniendo Don), padre y hermana de Andrés el maestro, que estaba frente a la que ahora es la tienda del Toso, recuerdo también la escuela de de. Antonio Uceda, la construcción de la pista, tal y como se ve en las fotos en blanco y negro, anteriormente había un castillete de música; la barbería del Fiche y después la de Josico; robar almecinas y acerolas en el Llano; mi primera película, por cierto de Joselito, que la pusieron en el corral del Sito (donde ahora está la discoteca de los Costillas); los eternos y tórridos veranos que se aliviaban en cualquiera de las albercas de los alrededores (la del botas, el llano o la del alcalde); las “barrigonas” bajo el árbol del Popi (los dos se merecen un monumento) o los biscutes en la taberna de Marcos o en Juan Pablo; el quiosco de José el coscorrones (construido por Pepe el de los polos), el bar del zapatero; mis primeros cigarros con ángel el Bilurin (¿se escribe así?); escondíamos el paquete en el campanario pues era monaguillo. A propósito, antes los zagales del pueblo tenían la costumbre de nada ver al cura, corrían a besarle la mano. Nunca entendí porqué. De los veranos también recuerdo la excitación que nos producía la llegada de forasteros (no confundir con los tordos) desprendiendo ese “glamour” capitalino (entre ellas Anita ¿verdad?); en fin …
El Moli.
Quizás sea un poco coñazo, pero ahí van:
Mis primeros recuerdos de Huesa son la escuela de de. León y deª Pepita (para mí siguen teniendo Don), padre y hermana de Andrés el maestro, que estaba frente a la que ahora es la tienda del Toso, recuerdo también la escuela de de. Antonio Uceda, la construcción de la pista, tal y como se ve en las fotos en blanco y negro, anteriormente había un castillete de música; la barbería del Fiche y después la de Josico; robar almecinas y acerolas en el Llano; mi primera película, por cierto de Joselito, que la pusieron en el corral del Sito (donde ahora está la discoteca de los Costillas); los eternos y tórridos veranos que se aliviaban en cualquiera de las albercas de los alrededores (la del botas, el llano o la del alcalde); las “barrigonas” bajo el árbol del Popi (los dos se merecen un monumento) o los biscutes en la taberna de Marcos o en Juan Pablo; el quiosco de José el coscorrones (construido por Pepe el de los polos), el bar del zapatero; mis primeros cigarros con ángel el Bilurin (¿se escribe así?); escondíamos el paquete en el campanario pues era monaguillo. A propósito, antes los zagales del pueblo tenían la costumbre de nada ver al cura, corrían a besarle la mano. Nunca entendí porqué. De los veranos también recuerdo la excitación que nos producía la llegada de forasteros (no confundir con los tordos) desprendiendo ese “glamour” capitalino (entre ellas Anita ¿verdad?); en fin …
El Moli.