SEXTA ENTREGA DEL PREGóN A LAS FIESTAS DE 2002
Como podéis apreciar en Fuensanta la familia Olmo-Osuna echamos nuestras raíces; Mi madre llegó con 18 años y aquí pasó su juventud; en Fuensanta, mis padres se entregaron a su trabajo con cariño y desvelo; y en Fuensanta he vivido la etapa más importante y decisiva para cualquier ser humano: mi infancia; una infancia que como afirmaba Antoine de Saint Exupéry es un periodo que marca profunda y definitivamente la vida de las personas. El futuro o las proyecciones inmediatas siempre oscilan hacia el tiempo de los años más tiernos, si fuimos felices y libres de niños, el mundo lo habremos doblegado a nuestro antojo; si no, todos los traumas del espectro acumulado se convertirán en esos fantasmones amarillos que no permitirán articular una plenitud gloriosa. Una infancia en la que todavía se dejaban sentir los efectos devastadores de una posguerra y en la que la miseria aún corría a sus anchas por las calles.
Quiero tener un especial recuerdo para Antonio “El Cojo”, con su cesta de mimbre y en la que su vajilla mas hermosa estaba formada por unas latas, algunas oxidadas, llenas de la comida que en algunos hogares le ofrecían y que él revolvía en las mismas; para Custodio, que se ganaba unas perras gordas tocando como nadie sus “tablillas”; para aquellos ancianos que buscaban colillas por los bares para poder fabricarse su mejor “habano”; para “Dieguete” al que recuerdo haberlo visto totalmente desnudo por la Calle Real, y tantos otros que llevaban al horno su cosecha de trigo para canjearlos por unos vales que les daban derecho a disponer de pan caliente, no siempre a diario. Tiempos difíciles aquellos y que sin embargo, van unidos a mi recuerdo de forma perenne, como esa pequeña cicatriz, consecuencia de una herida, que me hizo Francisco “Molinillo”, cuando intentaba sacar del horno unas bandejas, llenas de aquellas riquísimas magdalenas que con tanto amor y cariño mi madre preparaba para la familia.
Como podéis apreciar en Fuensanta la familia Olmo-Osuna echamos nuestras raíces; Mi madre llegó con 18 años y aquí pasó su juventud; en Fuensanta, mis padres se entregaron a su trabajo con cariño y desvelo; y en Fuensanta he vivido la etapa más importante y decisiva para cualquier ser humano: mi infancia; una infancia que como afirmaba Antoine de Saint Exupéry es un periodo que marca profunda y definitivamente la vida de las personas. El futuro o las proyecciones inmediatas siempre oscilan hacia el tiempo de los años más tiernos, si fuimos felices y libres de niños, el mundo lo habremos doblegado a nuestro antojo; si no, todos los traumas del espectro acumulado se convertirán en esos fantasmones amarillos que no permitirán articular una plenitud gloriosa. Una infancia en la que todavía se dejaban sentir los efectos devastadores de una posguerra y en la que la miseria aún corría a sus anchas por las calles.
Quiero tener un especial recuerdo para Antonio “El Cojo”, con su cesta de mimbre y en la que su vajilla mas hermosa estaba formada por unas latas, algunas oxidadas, llenas de la comida que en algunos hogares le ofrecían y que él revolvía en las mismas; para Custodio, que se ganaba unas perras gordas tocando como nadie sus “tablillas”; para aquellos ancianos que buscaban colillas por los bares para poder fabricarse su mejor “habano”; para “Dieguete” al que recuerdo haberlo visto totalmente desnudo por la Calle Real, y tantos otros que llevaban al horno su cosecha de trigo para canjearlos por unos vales que les daban derecho a disponer de pan caliente, no siempre a diario. Tiempos difíciles aquellos y que sin embargo, van unidos a mi recuerdo de forma perenne, como esa pequeña cicatriz, consecuencia de una herida, que me hizo Francisco “Molinillo”, cuando intentaba sacar del horno unas bandejas, llenas de aquellas riquísimas magdalenas que con tanto amor y cariño mi madre preparaba para la familia.