SEGUIRÉ SIENDO TU
CABALLO
La primera vez que Noah, de cinco años, se acercó al establo, no quiso bajarse del
coche. Llevaba gorrito de lana hasta las cejas y el ceño fruncido. No hablaba mucho desde que su madre se había ido. Su padre lo miró desde el asiento del conductor, con ese gesto triste que tienen los hombres cuando no saben cómo ayudar.
—Solo mira un rato, hijo. Si no te gusta, nos vamos.
Desde el interior del
corral, un caballo anciano observaba. Era un percherón de pelo grisáceo y
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