SEQUíA, DESERTIFICACIóN Y CAMBIO CLIMáTICO:
España es el país más árido de Europa. Según datos de la ONU, un tercio de su superficie sufre una tasa muy elevada de desertificación y un 6% ya se ha degradado de forma irreversible. Las zonas más afectadas por este fenómeno son la vertiente mediterránea y las Islas Canarias. La sobreexplotación de los recursos hídricos, la tala indiscriminada de bosques, la agricultura intensiva, los incendios y la ocupación del suelo para el negocio inmobiliario son, en gran parte, responsables de esta situación. Es urgente tomar medidas que impidan seguir perdiendo, cada año, millones de toneladas de suelo arrastrados por el agua y el viento como consecuencia del avance de los procesos de desertificación.
A los problemas causantes de la desertificación y de la sequía se suman los efectos que el cambio climático está provocando a nivel global. El aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones son sólo dos de los múltiples efectos producidos por el incremento de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Recientes informes científicos sobre cambio climático, de la Agencia Europea del Medio Ambiente, de la Comisión Eeuropea, del Ministerio de Medio Ambiente, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y de Naciones Unidas; evidencian que sus efectos, en la Península Ibérica, serán más intensos que en el resto de países europeos.
Así, las previsiones son que los periodos de sequía serán más frecuentes y más intensos que los actuales. La escasez de lluvia del presente año hidrológico (2006-2007) ha puesto en alerta a las Administraciones y a los usuarios. De manera cíclica, en la Península Ibérica se suceden periodos de sequía que hacen que los recursos hídricos disminuyan. Sin embargo, esta disminución es cada vez más acentuada por el aumento de la presión sobre el recurso agua y por el uso totalmente descontrolado que hacemos de él.
El agua es un bien escaso y limitado, por lo que la solución a la escasez está en las políticas de gestión racional y de fomento del ahorro. Es necesario un cambio en la política hidráulica tradicional, centrada en la ejecución de grandes obras, que ha demostrado su ineficacia hacia una gestión de carácter más hidrológica y más ambientalista.
El consumo en España es de 265 litros por habitante y día, lo que nos sitúa en el tercer puesto mundial en consumo de agua por detrás de los EEUU y Japón. Esta situación, sumada al bajo costo (menos de 0, 5 euro por metro cúbico), no fomenta el ahorro ni conciencia sobre la importancia que tiene el agua. Sin embargo, y tras la entrada en vigor de la Directiva Marco del Agua en el año 2004, la situación debería cambiar y antes del año 2010 los costes reales del agua deberán repercutir en los usuarios.
Las consecuencias ambientales, sociales y económicas de la falta de previsión en la gestión del agua serán dramáticas si no tomamos medidas urgentes. Los periodos de sequía y escasez se convertirán en crónicos en buena parte de la Península Ibérica. Por ello, se hace imprescindible aplicar políticas de prevención, ahorro y optimización de los recursos hídricos. No tiene sentido seguir planteando el desarrollo de un país o una región mediante la oferta ilimitada de un recurso cada vez más escaso y valioso como el agua. Más, cuando nuestros ríos son actualmente las cloacas donde terminan buena parte de nuestros residuos.
Existe una descompensación evidente entre la capacidad natural del medio para regenerarse y la presión a la que se ven sometidos los recursos naturales. A estos factores debemos sumar los efectos que el cambio
Climático tendrá sobre todo en las áreas de mayor riesgo.
España es el país más árido de Europa. Según datos de la ONU, un tercio de su superficie sufre una tasa muy elevada de desertificación y un 6% ya se ha degradado de forma irreversible. Las zonas más afectadas por este fenómeno son la vertiente mediterránea y las Islas Canarias. La sobreexplotación de los recursos hídricos, la tala indiscriminada de bosques, la agricultura intensiva, los incendios y la ocupación del suelo para el negocio inmobiliario son, en gran parte, responsables de esta situación. Es urgente tomar medidas que impidan seguir perdiendo, cada año, millones de toneladas de suelo arrastrados por el agua y el viento como consecuencia del avance de los procesos de desertificación.
A los problemas causantes de la desertificación y de la sequía se suman los efectos que el cambio climático está provocando a nivel global. El aumento de las temperaturas y la disminución de las precipitaciones son sólo dos de los múltiples efectos producidos por el incremento de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Recientes informes científicos sobre cambio climático, de la Agencia Europea del Medio Ambiente, de la Comisión Eeuropea, del Ministerio de Medio Ambiente, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y de Naciones Unidas; evidencian que sus efectos, en la Península Ibérica, serán más intensos que en el resto de países europeos.
Así, las previsiones son que los periodos de sequía serán más frecuentes y más intensos que los actuales. La escasez de lluvia del presente año hidrológico (2006-2007) ha puesto en alerta a las Administraciones y a los usuarios. De manera cíclica, en la Península Ibérica se suceden periodos de sequía que hacen que los recursos hídricos disminuyan. Sin embargo, esta disminución es cada vez más acentuada por el aumento de la presión sobre el recurso agua y por el uso totalmente descontrolado que hacemos de él.
El agua es un bien escaso y limitado, por lo que la solución a la escasez está en las políticas de gestión racional y de fomento del ahorro. Es necesario un cambio en la política hidráulica tradicional, centrada en la ejecución de grandes obras, que ha demostrado su ineficacia hacia una gestión de carácter más hidrológica y más ambientalista.
El consumo en España es de 265 litros por habitante y día, lo que nos sitúa en el tercer puesto mundial en consumo de agua por detrás de los EEUU y Japón. Esta situación, sumada al bajo costo (menos de 0, 5 euro por metro cúbico), no fomenta el ahorro ni conciencia sobre la importancia que tiene el agua. Sin embargo, y tras la entrada en vigor de la Directiva Marco del Agua en el año 2004, la situación debería cambiar y antes del año 2010 los costes reales del agua deberán repercutir en los usuarios.
Las consecuencias ambientales, sociales y económicas de la falta de previsión en la gestión del agua serán dramáticas si no tomamos medidas urgentes. Los periodos de sequía y escasez se convertirán en crónicos en buena parte de la Península Ibérica. Por ello, se hace imprescindible aplicar políticas de prevención, ahorro y optimización de los recursos hídricos. No tiene sentido seguir planteando el desarrollo de un país o una región mediante la oferta ilimitada de un recurso cada vez más escaso y valioso como el agua. Más, cuando nuestros ríos son actualmente las cloacas donde terminan buena parte de nuestros residuos.
Existe una descompensación evidente entre la capacidad natural del medio para regenerarse y la presión a la que se ven sometidos los recursos naturales. A estos factores debemos sumar los efectos que el cambio
Climático tendrá sobre todo en las áreas de mayor riesgo.