Es indescriptible la sensación que me provocaba llegar a
Canena y ver asomarse el
Castillo del
pueblo. Era mi
rincón, donde muchas tardes me iba hablar con la gente de la pandilla, donde me relajaba con un buen libro. Són recuerdos que nunca se borrarán de mi mente a pesar de que ya no vaya en el mes de Agosto. Era mi Castillo...por el cual lloraba al volver a
Barcelona y lo veia desaparecer, por la
carretera de
úbeda, hasta el
verano siguiente.