¡Hola! a todos y todas (*) Ayer marché para las sierras córdobesa,
la Sierra Morena,
la mas morena de todas la sierras,
donde el Rey moro hizo nevar para su amada,
con la blanca flor del almendro,
nevada que yo he contemplado,
ahora unos siglos después,
allí en Medina Azahara,
donde las lagartijas,
se refugiaban en la viejas piedras
que dejó la historia,
donde lloró Almutamid,
rey moro por su rendición de Granada,
su séquito de mujeres (¡ay!) Ausente, ¿este no le tocaría ningún Sargento de Semana,
todavía se conservan esos ojos moros
en esta Córdoba la sultana,
bellos cuan ninguno,
esas esplendorosa piernas de la Chiquita Piconera,
o ese otro de limones y narajas,
que esa mujer morena, que pintó Julio Romero de Torres,
medio cuerpo desnudo y mantiene sobre su busto las naranjas.
Esta modelo que aparecía en los billetes
de 100 ptas. y fallecida no hace mucho,
era una belleza,
como bella es nuestra sierra,
ese verde que te quiero verde,
como el verde castañar o las adelfas
de la rivera, hoy recuerdo cuando
en los veranos en esas aguas verdosas y estancadas
en charcos, los rayos del sol penetraban
y veías a los peces pasear tranquilamente,
cuantas veces intenté coger alguno,
nunca lo conseguí, me fue mas fácil comprarlo,
pero no me gustaban eran de colores y yo los quería
de color negruzco de esas riveras del Chanza,
En pobre Judas, si se cantaba así y después
se quemaba, los huevos pintados de colores,
y eran tres días de pascuas,
Castillo, El Pontón, y El Castaño de huevo.
Tradiciones, que se han perdido como se pierden las guerras,
con penas para todos, sobre todos los perdedores,
Hasta Átila, Rey de los unos fue vencido,
Andalucía habla del primer beso, supongo que de amor,
pues el primero siempre es el de una madre,
ya lo he dicho otras veces no recuerdo ni el segundo,
ni el tercero, pero ¡Ay! amiga ¿quien olvida el primero?
se me pararon los pulsos y me temblaron las piernas,
pero no los labios,
que los recuerdos todos son los mismos,
lo que cambian son las personas,
SYRA, que si también Unamuno, y la casa de Las Conchas,
que hasta hace cuatro años era de la Junta de Andalucía,
y su blancas mañanas de neblinas bajas
y la frías de nieves que no helaron los talentos salmantinos,
yo que estuve por ahí en la azucarera, pues hasta dulce es Salamanca, ha transcurrido el tiempo, pero aún sigue mi mente y pienso ¡Ay! si volviera atrás y mi experiencia,
haría lo que Almutamid, llorar por lo perdido
pero aprovechar mis amores, cuantas volaron como palomas
que corrian de este,
Halcón de la Serranía.
Un día no lejano subiremos a ese majestuoso castillo, allí juntos hablaremos, del Bala, de Julián García, o el platanito, o iremos a una taberna El Pisto de Córdoba,
donde su decoración son en la fachada El Guerra y Manolete,
en céramica,
dentro el sabor, no solo del condumio, que es exquisito,
el sabor de retornar a lo antiguo, otro siglo al 1880, donde
el sombrero cordobés de copa alta como pirámide egipcia,
y que con tanta elegancia lo hizo cabalgar el maestro Cañero.
Un abrazo para todos y todas, (con mi excluyente (*)
la Sierra Morena,
la mas morena de todas la sierras,
donde el Rey moro hizo nevar para su amada,
con la blanca flor del almendro,
nevada que yo he contemplado,
ahora unos siglos después,
allí en Medina Azahara,
donde las lagartijas,
se refugiaban en la viejas piedras
que dejó la historia,
donde lloró Almutamid,
rey moro por su rendición de Granada,
su séquito de mujeres (¡ay!) Ausente, ¿este no le tocaría ningún Sargento de Semana,
todavía se conservan esos ojos moros
en esta Córdoba la sultana,
bellos cuan ninguno,
esas esplendorosa piernas de la Chiquita Piconera,
o ese otro de limones y narajas,
que esa mujer morena, que pintó Julio Romero de Torres,
medio cuerpo desnudo y mantiene sobre su busto las naranjas.
Esta modelo que aparecía en los billetes
de 100 ptas. y fallecida no hace mucho,
era una belleza,
como bella es nuestra sierra,
ese verde que te quiero verde,
como el verde castañar o las adelfas
de la rivera, hoy recuerdo cuando
en los veranos en esas aguas verdosas y estancadas
en charcos, los rayos del sol penetraban
y veías a los peces pasear tranquilamente,
cuantas veces intenté coger alguno,
nunca lo conseguí, me fue mas fácil comprarlo,
pero no me gustaban eran de colores y yo los quería
de color negruzco de esas riveras del Chanza,
En pobre Judas, si se cantaba así y después
se quemaba, los huevos pintados de colores,
y eran tres días de pascuas,
Castillo, El Pontón, y El Castaño de huevo.
Tradiciones, que se han perdido como se pierden las guerras,
con penas para todos, sobre todos los perdedores,
Hasta Átila, Rey de los unos fue vencido,
Andalucía habla del primer beso, supongo que de amor,
pues el primero siempre es el de una madre,
ya lo he dicho otras veces no recuerdo ni el segundo,
ni el tercero, pero ¡Ay! amiga ¿quien olvida el primero?
se me pararon los pulsos y me temblaron las piernas,
pero no los labios,
que los recuerdos todos son los mismos,
lo que cambian son las personas,
SYRA, que si también Unamuno, y la casa de Las Conchas,
que hasta hace cuatro años era de la Junta de Andalucía,
y su blancas mañanas de neblinas bajas
y la frías de nieves que no helaron los talentos salmantinos,
yo que estuve por ahí en la azucarera, pues hasta dulce es Salamanca, ha transcurrido el tiempo, pero aún sigue mi mente y pienso ¡Ay! si volviera atrás y mi experiencia,
haría lo que Almutamid, llorar por lo perdido
pero aprovechar mis amores, cuantas volaron como palomas
que corrian de este,
Halcón de la Serranía.
Un día no lejano subiremos a ese majestuoso castillo, allí juntos hablaremos, del Bala, de Julián García, o el platanito, o iremos a una taberna El Pisto de Córdoba,
donde su decoración son en la fachada El Guerra y Manolete,
en céramica,
dentro el sabor, no solo del condumio, que es exquisito,
el sabor de retornar a lo antiguo, otro siglo al 1880, donde
el sombrero cordobés de copa alta como pirámide egipcia,
y que con tanta elegancia lo hizo cabalgar el maestro Cañero.
Un abrazo para todos y todas, (con mi excluyente (*)