Aprovechando la caída de las hojas y el atardecer, para dar más miedo, una pandilla de niños de los años cincuenta y tantos, nos divertíamos enterrándonos por turnos en los montones de hojas ya preparados para tal fin, con la contraseña ya acordada, de que al aproximarse algún ser viviente se le lanzaría una chinita desde el lugar que les valía para no ser vistos. Esto era todo un exitazo, cuando al levantarte de un salto veíamos las caras de espanto del paseante en cuestión, normalmente parejas ... (ver texto completo)