Purullena, un palacio con leyenda
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02:50 "DE admiración, es la primera frase que debemos estampar, al ocuparnos de la casa palacio del Sr. Marqués de Villa Real de Purullena, que sirvió de hospedaje dignísimo a SS. MM. por cortos momentos. Jamás creímos encontrar en una población, si importante, de orden inferior, un monumento de la antigüedad, de la riqueza artística, de la ostentación y grandeza que reúne en sí el edificio de que vamos a tratar", fueron los términos que utilizó el cronista J. L. A. B. en su obra Reseña de la visita hecha a la ciudad del Puerto de Santa María de S. M. la Reina Isabel II y su augusta y real familia el día 3 de octubre de 1862, para referirse al Palacio del Marqués de Purullena sito en la confluencia de las calles Cruces y Pozuelo.
Multitud de leyendas inundan aún las tertulias de los vecinos de la zona. Una de ellas, que siempre me llamó la atención de pequeño, cuando visitaba la casa de mi abuela materna en Cruces, 90, sentenciaba que en la torre del Palacio estuvo encerrada una dama, que el propietario del inmueble emparedó para no separarse de ella. Desde las azoteas que circundan el edificio adivinábamos en la lejanía el paradero de aquella princesa, y con miedo intuíamos que algún día saldría para siempre. O aquella otra, sobre el escudo familiar, que permanece como un blasón labrado en mármol sobre la puerta principal de entrada. En su interior, en el cuartel superior derecho pueden observarse siete estrellas de seis puntas, que rodean cinco cabezas masculinas con turbante y media luna, las cinco cabezas de moro del apellido Ortuño. Pues bien, cuenta la leyenda que Sancho Ortuño figuró entre doce caballeros godos que fueron convidados a comer por el rey, que al levantarse de la mesa, les anunció que al día siguiente habría de librarse una gran batalla y que en ella se vería cual de los doce era el más valiente. Entonces Sancho exclamó: ¡Morir pero no huir ¡Al día siguiente luchó hasta lograr cortarle la cabeza a cinco moros, obteniendo licencia para añadirlas a su escudo de armas.
Durante dos décadas, y hasta principios de los setenta, una señora mayor, María Baroni, que era a su vez la criada de una "señora bien" venida a menos, a la que los propietarios residentes en Barcelona le habían confiado el cuidado de la casa a modo de ama de llaves, acompañada de una legión de olorosos gatos, eran los únicos habitantes del Palacio de Purullena. Los colegiales de San Luís Gonzaga o los de la cercana escuela del admirado don Luís Poullet, además de contribuir a ensalzar las leyendas sobre el palacio, participaban en los juegos y fechorías en torno a aquella señora y sus mininos.
El 3 de octubre de 1862. Isabel II y su séquito, de visita por las provincias de Andalucía, se hospeda en el Palacio. Las crónicas decían: 'la soberbia escalera que da ingreso al piso principal, aún cuando no es de mármol, merece especial mención por sus grandes dimensiones, por sus atrevidos arranques, por su elevada cúpula y por la comodidad y anchura de sus peldaños. En el piso superior una antesala cuadrilonga acoge dos lienzos de Rodríguez Losada que representan el recibimiento hecho por Isabel I a Colón a su regreso del Nuevo Mundo, y la entrada en Sevilla del Santo Rey conquistador'.
El cronista se detiene describiendo con colmados detalles, la decoración de las habitaciones contiguas: "con grandes tapices y adornadas con zócalos y jambas imitando preciosos bajorrelieves; y el estrado de ébano y de forma antigua forrado de un rico florido tapiz. Espejos, pedestales, jarrones de china y una vistosa araña…". Hasta tal punto llega el asombro de quienes visitaban la Casa-Palacio, que en la descripción se llegaba a decir que "acaso recorriendo las galerías de un famoso y antiguo palacio, ó visitando edificios notables de una corte, no producirían igual efecto los salones del Marqués de Purullena; pero hallados repentinamente en una casa que fuera de allí en nada respira grandeza, y en el barrio más extremo y mísero de una población subalterna, son admirables".
Irrepetible fue el salón de Corte, que ocupando la parte posterior de la primera planta, daba a un patio inmenso a través de cuatro arcos. El techo, pintado al óleo presentaba en el centro un recuadro de alto relieve conteniendo una gallarda figura, que de pie sobre la esfera terrestre, y cargada con los atributos de la abundancia y la fortaleza que alegorizaba a España. Rodeándolo, pinturas de las cuatro grandes epopeyas de nuestra historia: Navas de Tolosa, Simancas, Clavijo y el Salado. En los ángulos extremos del techo, aparecían entre trofeos guerreros y pintados al fresco los bustos de cuatro figuras históricas: Rui Díaz de Vivar, Gonzalo de Córdoba, Enrique de Lorena y Ramón de Borgoña. En uno de los testeros una obra del Españoleto.
Nos podemos imaginar aquel inmenso salón de baile repleto de señoras bien compuestas, bajo la atenta mirada del Marqués de Purullena, empavonado y luciendo impecable uniforme de una de las cuatro órdenes militares a las que pertenecía. En el gran salón del trono, riquísimo en pinturas, un par de antiguas y hermosas arañas de cristal opaco pendían simétricamente del techo. Cinco hermosos lienzos, algunos con más de doscientos pies cúbicos y de valor extraordinario que bien hubieran podido ser de Jordan o El Greco o de Arellano ó Vander Hammen, que destacaron durante el reinado de Felipe IV, cerca de un siglo antes de que fuese terminada la obra del Palacio.
El cronista describe dos habitaciones contiguas, la destinada a tocador de la reina, de la que llega a decir que "figuraos una cuadra de buenas proporciones techada con alta bóveda, a la que embellecen caprichosas y doradas molduras alternando con preciosos frescos'. Y el oratorio, 'cubierto de una graciosa cúpula adornada de talla, y un retablo completamente dorado donde se venera por efigie un calvario, cuya imagen fue ejecutada por la mano misma del fundador: Don Agustín Hortuño Ramírez".
De esta sorprendente manera hemos descubierto una perspectiva del Palacio de Purullena desconocida para muchos. En la magnífica reconstrucción de las ruinas, que ahora contemplamos, difícilmente podemos sospechar lo que algún día, no muy lejano, entre historia y leyenda, significó para El Puerto el Palacio del Marqués de Purullena.
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02:50 "DE admiración, es la primera frase que debemos estampar, al ocuparnos de la casa palacio del Sr. Marqués de Villa Real de Purullena, que sirvió de hospedaje dignísimo a SS. MM. por cortos momentos. Jamás creímos encontrar en una población, si importante, de orden inferior, un monumento de la antigüedad, de la riqueza artística, de la ostentación y grandeza que reúne en sí el edificio de que vamos a tratar", fueron los términos que utilizó el cronista J. L. A. B. en su obra Reseña de la visita hecha a la ciudad del Puerto de Santa María de S. M. la Reina Isabel II y su augusta y real familia el día 3 de octubre de 1862, para referirse al Palacio del Marqués de Purullena sito en la confluencia de las calles Cruces y Pozuelo.
Multitud de leyendas inundan aún las tertulias de los vecinos de la zona. Una de ellas, que siempre me llamó la atención de pequeño, cuando visitaba la casa de mi abuela materna en Cruces, 90, sentenciaba que en la torre del Palacio estuvo encerrada una dama, que el propietario del inmueble emparedó para no separarse de ella. Desde las azoteas que circundan el edificio adivinábamos en la lejanía el paradero de aquella princesa, y con miedo intuíamos que algún día saldría para siempre. O aquella otra, sobre el escudo familiar, que permanece como un blasón labrado en mármol sobre la puerta principal de entrada. En su interior, en el cuartel superior derecho pueden observarse siete estrellas de seis puntas, que rodean cinco cabezas masculinas con turbante y media luna, las cinco cabezas de moro del apellido Ortuño. Pues bien, cuenta la leyenda que Sancho Ortuño figuró entre doce caballeros godos que fueron convidados a comer por el rey, que al levantarse de la mesa, les anunció que al día siguiente habría de librarse una gran batalla y que en ella se vería cual de los doce era el más valiente. Entonces Sancho exclamó: ¡Morir pero no huir ¡Al día siguiente luchó hasta lograr cortarle la cabeza a cinco moros, obteniendo licencia para añadirlas a su escudo de armas.
Durante dos décadas, y hasta principios de los setenta, una señora mayor, María Baroni, que era a su vez la criada de una "señora bien" venida a menos, a la que los propietarios residentes en Barcelona le habían confiado el cuidado de la casa a modo de ama de llaves, acompañada de una legión de olorosos gatos, eran los únicos habitantes del Palacio de Purullena. Los colegiales de San Luís Gonzaga o los de la cercana escuela del admirado don Luís Poullet, además de contribuir a ensalzar las leyendas sobre el palacio, participaban en los juegos y fechorías en torno a aquella señora y sus mininos.
El 3 de octubre de 1862. Isabel II y su séquito, de visita por las provincias de Andalucía, se hospeda en el Palacio. Las crónicas decían: 'la soberbia escalera que da ingreso al piso principal, aún cuando no es de mármol, merece especial mención por sus grandes dimensiones, por sus atrevidos arranques, por su elevada cúpula y por la comodidad y anchura de sus peldaños. En el piso superior una antesala cuadrilonga acoge dos lienzos de Rodríguez Losada que representan el recibimiento hecho por Isabel I a Colón a su regreso del Nuevo Mundo, y la entrada en Sevilla del Santo Rey conquistador'.
El cronista se detiene describiendo con colmados detalles, la decoración de las habitaciones contiguas: "con grandes tapices y adornadas con zócalos y jambas imitando preciosos bajorrelieves; y el estrado de ébano y de forma antigua forrado de un rico florido tapiz. Espejos, pedestales, jarrones de china y una vistosa araña…". Hasta tal punto llega el asombro de quienes visitaban la Casa-Palacio, que en la descripción se llegaba a decir que "acaso recorriendo las galerías de un famoso y antiguo palacio, ó visitando edificios notables de una corte, no producirían igual efecto los salones del Marqués de Purullena; pero hallados repentinamente en una casa que fuera de allí en nada respira grandeza, y en el barrio más extremo y mísero de una población subalterna, son admirables".
Irrepetible fue el salón de Corte, que ocupando la parte posterior de la primera planta, daba a un patio inmenso a través de cuatro arcos. El techo, pintado al óleo presentaba en el centro un recuadro de alto relieve conteniendo una gallarda figura, que de pie sobre la esfera terrestre, y cargada con los atributos de la abundancia y la fortaleza que alegorizaba a España. Rodeándolo, pinturas de las cuatro grandes epopeyas de nuestra historia: Navas de Tolosa, Simancas, Clavijo y el Salado. En los ángulos extremos del techo, aparecían entre trofeos guerreros y pintados al fresco los bustos de cuatro figuras históricas: Rui Díaz de Vivar, Gonzalo de Córdoba, Enrique de Lorena y Ramón de Borgoña. En uno de los testeros una obra del Españoleto.
Nos podemos imaginar aquel inmenso salón de baile repleto de señoras bien compuestas, bajo la atenta mirada del Marqués de Purullena, empavonado y luciendo impecable uniforme de una de las cuatro órdenes militares a las que pertenecía. En el gran salón del trono, riquísimo en pinturas, un par de antiguas y hermosas arañas de cristal opaco pendían simétricamente del techo. Cinco hermosos lienzos, algunos con más de doscientos pies cúbicos y de valor extraordinario que bien hubieran podido ser de Jordan o El Greco o de Arellano ó Vander Hammen, que destacaron durante el reinado de Felipe IV, cerca de un siglo antes de que fuese terminada la obra del Palacio.
El cronista describe dos habitaciones contiguas, la destinada a tocador de la reina, de la que llega a decir que "figuraos una cuadra de buenas proporciones techada con alta bóveda, a la que embellecen caprichosas y doradas molduras alternando con preciosos frescos'. Y el oratorio, 'cubierto de una graciosa cúpula adornada de talla, y un retablo completamente dorado donde se venera por efigie un calvario, cuya imagen fue ejecutada por la mano misma del fundador: Don Agustín Hortuño Ramírez".
De esta sorprendente manera hemos descubierto una perspectiva del Palacio de Purullena desconocida para muchos. En la magnífica reconstrucción de las ruinas, que ahora contemplamos, difícilmente podemos sospechar lo que algún día, no muy lejano, entre historia y leyenda, significó para El Puerto el Palacio del Marqués de Purullena.
donde esta ese palacio
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