Existe una antigua leyenda japonesa que dice que cuando el alma de una persona sube al cielo, Dios le regala una pequeña ventana desde la cual puede mirar a sus seres queridos en la Tierra.
En el alféizar de esa ventana hay una maceta con una flor. Y amarrado a una de sus ramas, un pequeño campanito.
Cada vez que alguien aquí en la Tierra recuerda a esa persona que ya partió, el campanito suena suavemente.
Cuando alguien dice palabras bonitas sobre ella, el sol se asoma entre las nubes.
Y cuando alguien llora su ausencia, comienza a llover, alimentando las raíces de la flor.
Así la flor crece, florece y alegra el corazón de quien la mira desde el cielo.
Al principio el campanito suena con frecuencia. El sol brilla. Las lluvias son constantes. Porque la memoria está viva y la gente habla mucho del que se fue, lo extraña, lo llora.
Pero con el paso del tiempo los sonidos se vuelven más raros. Los rayos de sol llegan cada vez menos. Y los aguaceros se apagan... hasta que la flor empieza a marchitarse.
Y aquí viene algo que quiero que entiendas:
Recordar a quien ya se fue no es un acto de adoración.
No es una labor para que el muerto esté mejor.
No es superstición ni religión.
Es simplemente honrar a quien tuvo un papel irreemplazable en tu vida.
Esa madre que te dio la vida y te enseñó a vivirla.
Ese padre que con sus manos callosas construyó todo lo que hoy tienes.
Esa pareja que fue tu cómplice, tu refugio, tu hogar con piernas.
Ese hijo que se fue demasiado pronto y se llevó un pedazo de ti que nunca volverá.
Ese amigo, ese abuelo, esa persona que aunque el mundo no lo sepa... cambió tu historia para siempre.
Recordarlos es decirle al mundo que existieron.
Que importaron.
Que su paso por esta vida dejó una huella que ni el tiempo ni el olvido tienen derecho a borrar.
Pronunciar su nombre con cariño no los devuelve.
Pero nos recuerda a nosotros quiénes somos y de dónde venimos.
Y eso... eso también es una forma de seguir vivos.
Que a todos los que ya partieron les llegue la paz y la luz.
Que sus campanitos sigan sonando.
Que en esas ventanas del cielo vuelvan a florecer sus flores.
Y que siempre haya al menos un corazón amoroso capaz de recordarlos.
Porque mientras alguien los lleve en el pecho...
nunca estarán del todo solos.
En el alféizar de esa ventana hay una maceta con una flor. Y amarrado a una de sus ramas, un pequeño campanito.
Cada vez que alguien aquí en la Tierra recuerda a esa persona que ya partió, el campanito suena suavemente.
Cuando alguien dice palabras bonitas sobre ella, el sol se asoma entre las nubes.
Y cuando alguien llora su ausencia, comienza a llover, alimentando las raíces de la flor.
Así la flor crece, florece y alegra el corazón de quien la mira desde el cielo.
Al principio el campanito suena con frecuencia. El sol brilla. Las lluvias son constantes. Porque la memoria está viva y la gente habla mucho del que se fue, lo extraña, lo llora.
Pero con el paso del tiempo los sonidos se vuelven más raros. Los rayos de sol llegan cada vez menos. Y los aguaceros se apagan... hasta que la flor empieza a marchitarse.
Y aquí viene algo que quiero que entiendas:
Recordar a quien ya se fue no es un acto de adoración.
No es una labor para que el muerto esté mejor.
No es superstición ni religión.
Es simplemente honrar a quien tuvo un papel irreemplazable en tu vida.
Esa madre que te dio la vida y te enseñó a vivirla.
Ese padre que con sus manos callosas construyó todo lo que hoy tienes.
Esa pareja que fue tu cómplice, tu refugio, tu hogar con piernas.
Ese hijo que se fue demasiado pronto y se llevó un pedazo de ti que nunca volverá.
Ese amigo, ese abuelo, esa persona que aunque el mundo no lo sepa... cambió tu historia para siempre.
Recordarlos es decirle al mundo que existieron.
Que importaron.
Que su paso por esta vida dejó una huella que ni el tiempo ni el olvido tienen derecho a borrar.
Pronunciar su nombre con cariño no los devuelve.
Pero nos recuerda a nosotros quiénes somos y de dónde venimos.
Y eso... eso también es una forma de seguir vivos.
Que a todos los que ya partieron les llegue la paz y la luz.
Que sus campanitos sigan sonando.
Que en esas ventanas del cielo vuelvan a florecer sus flores.
Y que siempre haya al menos un corazón amoroso capaz de recordarlos.
Porque mientras alguien los lleve en el pecho...
nunca estarán del todo solos.