PEDRO MARTINEZ: Mi vecino de enfrente tiene 81 años y me pidió que...

Mi vecino de enfrente tiene 81 años y me pidió que cuidara su perro por un sábado. Me dijo que tenía que viajar a otra ciudad para hacerse unos exámenes médicos y que regresaba el domingo. Nunca volvió. 20 días después aparecieron sus hijos en la casa. Lo que me contaron me dejó completamente desconcertada. Vivía solo desde que su esposa fall3ció hacía más de 15 años. Sus 4 hijos se habían ido a vivir a otras ciudades y lo visitaban muy pocas veces al año. A pesar de su edad, era un hombre completamente independiente. Hacía su mercado, cocinaba, barría el frente de su casa todas las mañanas y todas las tardes salía a caminar con su perro, un mestizo al que quería como si fuera un hijo. Como éramos vecinos desde hacía muchos años, poco a poco nos hicimos muy cercanos. Si yo preparaba comida de más, le llevaba un plato. Si yo viajaba, él me regaba las plantas. Era esa clase de vecinos que siempre estaban pendientes el uno del otro. Un jueves por la tarde tocó la puerta de mi casa con el perro sujeto de la correa. Me dijo que le habían programado unos exámenes médicos en otra ciudad y que necesitaba quedarse en ese lugar. Me preguntó si podía cuidar al perro hasta el domingo. Me dejó una bolsa con el alimento, los medicamentos, su cama y una libreta donde tenía anotados los horarios en los que comía y salía a caminar. Antes de irse me dijo sonriendo: “El domingo en la noche paso por él.” El domingo pasó. Después el lunes. Luego terminó la semana y la casa seguía completamente cerrada. Intenté llamarlo varias veces, pero el teléfono permanecía apagado. Pensé que tal vez lo habían hospitalizado por más tiempo del esperado. Mientras tanto seguí cuidando al perro. Todas las mañanas y todas las tardes lo sacaba a caminar y, cada vez que pasábamos frente a la casa, se detenía mirando la puerta como si esperara que su dueño saliera en cualquier momento. Así pasaron 20 días. Una mañana vi llegar un carro frente a la casa. Bajaron 3 hombres y una mujer. Abrieron la puerta con unas llaves y comenzaron a sacar algunas cajas. Me acerqué. Se presentaron como sus hijos. Lo primero que les pregunté fue cuándo regresaría para devolverle el perro. Los 4 se quedaron en silencio. Después me dijeron que su papá ya no iba a volver a vivir allí. Me explicaron que, después de los exámenes, decidieron ingresarlo a un hogar para adultos mayores. Según ellos, ya no podía seguir viviendo solo porque había empezado a olvidar algunas cosas y les preocupaba que un día sufriera una caída o una emergencia sin que nadie pudiera ayudarlo. Les pregunté si esa había sido una decisión de él. Bajaron la mirada y respondieron que al principio no quería ir, pero que terminaría acostumbrándose. También les pregunté si al menos había podido despedirse del perro. Me dijeron que no, porque en el hogar no aceptaban mascotas y que estaban pensando buscarle otro dueño. Esa misma tarde fui al hogar donde estaba viviendo. Y sí dejaron entrar al perro. Cuando entré al jardín y él me vio llegar con el perro, se levantó de la silla como pudo. El perro salió corriendo hacia él y no dejó de mover la cola durante varios minutos. Los dos parecían haberse estado esperando todo ese tiempo. Después de calmarse un poco, me contó que los exámenes sí eran reales, pero que nunca imaginó que sus hijos ya habían decidido vender la casa y dejarlo viviendo allí. Lo que más le dolía no era haber salido de su hogar. Era haberse ido convencido de que el domingo volvería para recoger a su perro. Desde ese día empecé a visitarlo todas las semanas y siempre llevaba al perro conmigo. Esa rutina duró varios meses, hasta que un día una de las enfermeras del hogar me llamó para decirme que había fall3cido. Hoy vivo todavía con su perro, Pero me pregunto como los hijos hacen eso a su padre solo para vender su casa?