La costura invisible
En la periferia del pueblo vivía un hombre que pasaba las tardes sentado a la puerta de su casa, con una aguja gastada y un carrete de hilo blanco. No remendaba ropa. Unía con delicadeza pequeños retales de tela que el viento arrastraba hasta su acera: un trozo de cortina descolorida, un jirón de una vieja camisa de trabajo, el pañuelo perdido de un niño.
— ¿Para qué guardas esos retazos que ya nadie quiere? —le preguntó una vecina al pasar.
El hombre sonrió, sin levantar la vista de su tarea.
—Solo han olvidado a qué pertenecían.
Con el paso de los meses, aquellos fragmentos dispersos comenzaron a formar una manta inmensa, hecha de telas de todos los colores.
Cuando el invierno arreció y el frío caló en los huesos de los más desamparados, el hombre no dijo nada. Sencillamente, extendió aquella manta sobre los hombros de quienes tiritaban en las esquinas.
Nadie preguntó de qué estaban hechos los remiendos. Solo sabían que, por primera vez en mucho tiempo, el frío parecía haberse quedado fuera.
Quizá todos seamos, alguna vez, un retal olvidado esperando la paciencia de unas manos que sepan dónde volver a colocarnos.
En la periferia del pueblo vivía un hombre que pasaba las tardes sentado a la puerta de su casa, con una aguja gastada y un carrete de hilo blanco. No remendaba ropa. Unía con delicadeza pequeños retales de tela que el viento arrastraba hasta su acera: un trozo de cortina descolorida, un jirón de una vieja camisa de trabajo, el pañuelo perdido de un niño.
— ¿Para qué guardas esos retazos que ya nadie quiere? —le preguntó una vecina al pasar.
El hombre sonrió, sin levantar la vista de su tarea.
—Solo han olvidado a qué pertenecían.
Con el paso de los meses, aquellos fragmentos dispersos comenzaron a formar una manta inmensa, hecha de telas de todos los colores.
Cuando el invierno arreció y el frío caló en los huesos de los más desamparados, el hombre no dijo nada. Sencillamente, extendió aquella manta sobre los hombros de quienes tiritaban en las esquinas.
Nadie preguntó de qué estaban hechos los remiendos. Solo sabían que, por primera vez en mucho tiempo, el frío parecía haberse quedado fuera.
Quizá todos seamos, alguna vez, un retal olvidado esperando la paciencia de unas manos que sepan dónde volver a colocarnos.