EL CALABOZO SIN CANDADO..
Llevaba 8 años contando grietas en la pared.
Ocho años desde que me arrastraron a ese calabozo por un crimen que no cometí. Ocho años sin ver el sol, sin escuchar la risa de mi hija.
Solo una cosa me mantenía cuerdo: la promesa que le hice a Camila antes de que se la llevaran los hombres del pueblo. "Papá va a volver por ti. Te lo juro".
Anoche, la puerta estaba abierta.
No había guardias. No había cadenas. El pasillo estaba vacío, como si el lugar llevara siglos abandonado. No pregunté. Corrí. Trepé muros cubiertos de musgo. Crucé el bosque que recordaba de niño.
Nada me detuvo. Ni el hambre, ni el frío, ni los perros que ladraban a lo lejos pero nunca se acercaban a mí.
Solo pensaba en ella. Camila debía tener 15 años ya. ¿Me recordaría? ¿Seguiría en la casa vieja junto al río?
Cuando llegué, el sol salía. La casa estaba igual, pero el jardín... el jardín estaba lleno de flores blancas. Demasiadas.
Y ahí estaba ella, en el porche. Mi niña. Ya era una mujer. Tenía mi mismo lunar en la mejilla. Estaba colocando un retrato sobre una mesa con velas.
Mi retrato.
Corrí hacia ella gritando su nombre. " ¡Camila! ¡Soy yo! ¡Papá cumplió su promesa!".
No se volteó.
Me paré frente a ella, tomé su rostro entre mis manos. Mis manos la atravesaron como humo.
Fue entonces cuando lo vi. La fecha en el retrato: 15 de agosto de 2018. El mismo día que me encerraron. El mismo día que, según el acta que estaba junto a las velas, "fallecí durante el interrogatorio".
Volteé hacia el calabozo, a kilómetros de distancia. Y entendí.
Nunca tuvo candado.
Solo yo no quería aceptar que ya estaba muerto.
Llevaba 8 años contando grietas en la pared.
Ocho años desde que me arrastraron a ese calabozo por un crimen que no cometí. Ocho años sin ver el sol, sin escuchar la risa de mi hija.
Solo una cosa me mantenía cuerdo: la promesa que le hice a Camila antes de que se la llevaran los hombres del pueblo. "Papá va a volver por ti. Te lo juro".
Anoche, la puerta estaba abierta.
No había guardias. No había cadenas. El pasillo estaba vacío, como si el lugar llevara siglos abandonado. No pregunté. Corrí. Trepé muros cubiertos de musgo. Crucé el bosque que recordaba de niño.
Nada me detuvo. Ni el hambre, ni el frío, ni los perros que ladraban a lo lejos pero nunca se acercaban a mí.
Solo pensaba en ella. Camila debía tener 15 años ya. ¿Me recordaría? ¿Seguiría en la casa vieja junto al río?
Cuando llegué, el sol salía. La casa estaba igual, pero el jardín... el jardín estaba lleno de flores blancas. Demasiadas.
Y ahí estaba ella, en el porche. Mi niña. Ya era una mujer. Tenía mi mismo lunar en la mejilla. Estaba colocando un retrato sobre una mesa con velas.
Mi retrato.
Corrí hacia ella gritando su nombre. " ¡Camila! ¡Soy yo! ¡Papá cumplió su promesa!".
No se volteó.
Me paré frente a ella, tomé su rostro entre mis manos. Mis manos la atravesaron como humo.
Fue entonces cuando lo vi. La fecha en el retrato: 15 de agosto de 2018. El mismo día que me encerraron. El mismo día que, según el acta que estaba junto a las velas, "fallecí durante el interrogatorio".
Volteé hacia el calabozo, a kilómetros de distancia. Y entendí.
Nunca tuvo candado.
Solo yo no quería aceptar que ya estaba muerto.