PEDRO MARTINEZ: Me dijeron que ya no era el perfil adecuado. Lo que...

Me dijeron que ya no era el perfil adecuado. Lo que no me dijeron es que tampoco era el final."
Me llamo Fernando Castro y tenía cincuenta y seis años cuando me despidieron de la panificadora industrial donde había trabajado durante veintiséis, en un polígono de las afueras de Toledo donde había entrado con treinta años y donde pensaba jubilarme algún día sin demasiada complicación.
Sabía amasar a mano y supervisar las máquinas que amasaban por mí. Conocía los hornos como si fueran una extensión de mi propio cuerpo, sabía exactamente cuándo un pan estaba listo solo por el olor que llegaba desde el otro lado de la sala. Había formado a media plantilla de turnos nuevos a lo largo de los años.
Cuando llegó la reestructuración, fui de los primeros en la lista.
Me dijeron, con esas palabras suaves que usan los departamentos de recursos humanos para decir cosas duras, que el perfil que necesitaban ahora era diferente, más orientado a procesos automatizados, más joven en la manera de adaptarse a los cambios.
Tenía dos hijos en la universidad y una hipoteca que llevaba quince años pagando sin sobresaltos.
Y de repente tenía una caja de cartón con mis cosas del taquillero y una pregunta que no me dejaba dormir: ¿y ahora qué?
Estuve buscando trabajo durante meses. Mandé currículums a panaderías, a obradores, a empresas de distribución alimentaria. Las respuestas, cuando llegaban, tenían siempre una variación del mismo mensaje.
— Buscamos un perfil más dinámico.
— Su experiencia es impresionante, pero necesitamos a alguien que se integre con el equipo joven que tenemos.
Frases bonitas que en el fondo decían lo mismo: ya no hay sitio para ti aquí.
Una noche de noviembre estaba ayudando a mi hija pequeña, Lucía, con los deberes de matemáticas en la cocina, los dos con la mesa llena de papeles y una calculadora que no encontrábamos hasta que la encontramos debajo de una libreta.
Ella levantó la vista en algún momento y me preguntó, sin venir mucho a cuento:
— Papá, ¿por qué no haces el bizcocho de canela que nos hacías en Navidad? El de la receta de la abuela.
No supe qué responder en el momento.
Pero algo se encendió.
Me levanté esa misma noche, después de que Lucía se fuera a la cama, y rebusqué en el cajón de las recetas hasta encontrar la libreta de mi madre, que en paz descanse, con su letra pequeña y las manchas de aceite de tantos años de uso.
Hice el bizcocho de canela.
Lo hice con plátano también, una variación que mi madre solía hacer cuando había fruta que se estaba pasando y que no quería tirar, y que a mí siempre me había parecido la mejor versión de todas las que hacía.
Subí una foto a Facebook sin pensarlo demasiado.
Una vecina del barrio comentó preguntando si vendía.
Le dije que sí, casi sin pensarlo, y le hice uno por quince euros.
A la semana siguiente otra vecina pidió dos.
Un mes después, una cafetería del centro de Toledo me pidió una tanda de doce para probar si funcionaban en su carta de postres.
Funcionaron.
Hoy, cuatro años después de aquella noche en la cocina con Lucía y las matemáticas, dirijo un pequeño negocio de bizcochos y panes artesanales que llamamos Obrador Castro.
Tengo un equipo de seis personas, tres de ellas mayores de cincuenta y cinco años, contratadas a propósito porque sé exactamente lo que es estar al otro lado de esa frase de "perfil no adecuado" y no quiero que nadie más la escuche si puedo evitarlo.
Vendemos en el mercado de abastos los sábados, hacemos encargos para eventos y cafeterías de la zona, y el año pasado empezamos un pequeño programa, sin ninguna pretensión más allá de hacer lo que podemos, para enseñar el oficio a personas mayores de cincuenta y cinco años que están buscando volver a empezar después de un despido.
A los que decían que estábamos caducados les digo siempre lo mismo cuando alguno se entera de la historia y me pregunta.
Nosotros no caducamos.
Fermentamos despacio.
Y eso, en panadería como en la vida, es lo que le da más sabor a todo.