Leyenda de Chimborazo volcán de Ecuador
Una mañana, mientras el joven indígena cuidaba de los animales, los toros desaparecieron misteriosamente. El muchacho entró en desesperación porque sabía que recibiría un severo castigo de parte de su patrón. Por horas buscó en el frío páramo, pero no encontró nada. Cansado por la infructuosa búsqueda, se sentó junto a una gran piedra negra y se puso a llorar; de repente de la nada apareció un hombre blanco, muy alto, quien le habló con profunda dulzura y le dijo, “por qué lloras”, a lo que el joven le relató lo ocurrido y el castigo que le esperaba. El misterioso hombre le respondió, “no te preocupes, yo sé dónde están, ven, te los voy a devolver”. El joven se puso de pie, mientras el misterioso hombre tocó la gran piedra, mientras sonreía y ante sus ojos, la enorme roca se retiró dando paso a un camino hacia el interior de la montaña. Aquella gran piedra negra era la entrada a una gran cueva, al ingresar el joven se encontró en medio de una hermosa ciudad escondida en el corazón del Chimborazo; había mucha gente alegre y a su alrededor todo parecía estar hecho de hielo. El hombre entregó los toros, le dio de comer y como compensación por el susto que había pasado, le regaló unas mazorcas de maíz, En un abrir y cerrar de ojos de pronto el joven apareció en el páramo con los toros a su lado y si no fuera por las mazorcas en sus manos, hubiera pensado que todo fue un sueño. Al llegar a la hacienda nadie le creyó su relato sobre la ciudad escondida en el Chimborazo, por el contrario, se burlaban de él, pero al momento de regresar a casa y ver las mazorcas de maíz se sorprendió, pues estas eran de oro puro. Con este regalo el joven se compró su propia hacienda y pudo vivir feliz con el recuerdo de tan bella y misteriosa ciudad. Desde aquel entonces, los campesinos y los turistas tratan desesperadamente de buscar la entrada a la ciudad del Chimborazo.
Una mañana, mientras el joven indígena cuidaba de los animales, los toros desaparecieron misteriosamente. El muchacho entró en desesperación porque sabía que recibiría un severo castigo de parte de su patrón. Por horas buscó en el frío páramo, pero no encontró nada. Cansado por la infructuosa búsqueda, se sentó junto a una gran piedra negra y se puso a llorar; de repente de la nada apareció un hombre blanco, muy alto, quien le habló con profunda dulzura y le dijo, “por qué lloras”, a lo que el joven le relató lo ocurrido y el castigo que le esperaba. El misterioso hombre le respondió, “no te preocupes, yo sé dónde están, ven, te los voy a devolver”. El joven se puso de pie, mientras el misterioso hombre tocó la gran piedra, mientras sonreía y ante sus ojos, la enorme roca se retiró dando paso a un camino hacia el interior de la montaña. Aquella gran piedra negra era la entrada a una gran cueva, al ingresar el joven se encontró en medio de una hermosa ciudad escondida en el corazón del Chimborazo; había mucha gente alegre y a su alrededor todo parecía estar hecho de hielo. El hombre entregó los toros, le dio de comer y como compensación por el susto que había pasado, le regaló unas mazorcas de maíz, En un abrir y cerrar de ojos de pronto el joven apareció en el páramo con los toros a su lado y si no fuera por las mazorcas en sus manos, hubiera pensado que todo fue un sueño. Al llegar a la hacienda nadie le creyó su relato sobre la ciudad escondida en el Chimborazo, por el contrario, se burlaban de él, pero al momento de regresar a casa y ver las mazorcas de maíz se sorprendió, pues estas eran de oro puro. Con este regalo el joven se compró su propia hacienda y pudo vivir feliz con el recuerdo de tan bella y misteriosa ciudad. Desde aquel entonces, los campesinos y los turistas tratan desesperadamente de buscar la entrada a la ciudad del Chimborazo.