En el valle de los vientos, donde las nubes se enredan en las cumbres como lana descuidada, Nora se sentía atrapada. Las paredes de su casa, antes refugio, ahora le parecían fronteras. El mundo se había detenido, y con él, su sentido de dirección.
Se sentó a los pies de su abuela, Clara, una mujer cuya piel parecía haber sido tallada por el mismo viento que soplaba afuera. Clara no miraba las noticias; miraba el polvo bailando en un rayo de sol.
—Abuela, ¿cómo se vive este encierro sin volverse loca? —preguntó Nora, con la voz quebrada por la incertidumbre.
Clara dejó de lado su labor y acarició el cabello de su nieta.
—Hija, no lo llames encierro. Llámalo crisálida. Los antiguos sabían que el 40 es un número de umbral. Son cuarenta días para que el alma se desprenda de lo que ya no le sirve, como el niño que espera cuarenta días para conocer la luz del sol.
Nora bajó la mirada a sus manos inquietas.
— ¿Y qué hago mientras espero?
—Acciones pequeñas que muevan montañas internas —respondió la abuela—. Toma tu peine. Desata cada nudo de tu cabello con la paciencia de quien desenreda una vida. Mientras sueltas los nudos de fuera, estarás tocando los nudos que llevas apretados en el pecho desde hace años. Luego, ve a tus cajones.
— ¿A limpiar?
—A morir —sentenció Clara con una sonrisa mansa—. Mata lo que ya no da frutos. Quema las cartas que te atan a un pasado que ya no existe. Regala la ropa que guarda el olor de quien ya no eres. Abre las ventanas para que el aire viciado de tus viejos pensamientos se marche. Si no dejas morir a la Nora de ayer, la Nora de mañana no tendrá espacio para nacer.
Nora sintió un escalofrío. La honestidad de la abuela dolía como el alcohol en una herida abierta.
—Tengo miedo, abuela. Tengo miedo de que cuando esto pase, el mundo siga igual. El hombre olvida rápido.
Clara tomó el rostro de su nieta entre sus manos callosas.
—Lo que el mundo haga no es tu carga, pequeña. Tu única obligación es que esta tormenta te sacuda tanto que, cuando las puertas se abran, seas incapaz de reconocer a la persona que las cerró. Cambia tú, y habrás cambiado el universo.
Aquella noche, Nora no encendió la televisión. Tomó un peine de madera y, frente al espejo, empezó a deshacer el primer nudo.
Se sentó a los pies de su abuela, Clara, una mujer cuya piel parecía haber sido tallada por el mismo viento que soplaba afuera. Clara no miraba las noticias; miraba el polvo bailando en un rayo de sol.
—Abuela, ¿cómo se vive este encierro sin volverse loca? —preguntó Nora, con la voz quebrada por la incertidumbre.
Clara dejó de lado su labor y acarició el cabello de su nieta.
—Hija, no lo llames encierro. Llámalo crisálida. Los antiguos sabían que el 40 es un número de umbral. Son cuarenta días para que el alma se desprenda de lo que ya no le sirve, como el niño que espera cuarenta días para conocer la luz del sol.
Nora bajó la mirada a sus manos inquietas.
— ¿Y qué hago mientras espero?
—Acciones pequeñas que muevan montañas internas —respondió la abuela—. Toma tu peine. Desata cada nudo de tu cabello con la paciencia de quien desenreda una vida. Mientras sueltas los nudos de fuera, estarás tocando los nudos que llevas apretados en el pecho desde hace años. Luego, ve a tus cajones.
— ¿A limpiar?
—A morir —sentenció Clara con una sonrisa mansa—. Mata lo que ya no da frutos. Quema las cartas que te atan a un pasado que ya no existe. Regala la ropa que guarda el olor de quien ya no eres. Abre las ventanas para que el aire viciado de tus viejos pensamientos se marche. Si no dejas morir a la Nora de ayer, la Nora de mañana no tendrá espacio para nacer.
Nora sintió un escalofrío. La honestidad de la abuela dolía como el alcohol en una herida abierta.
—Tengo miedo, abuela. Tengo miedo de que cuando esto pase, el mundo siga igual. El hombre olvida rápido.
Clara tomó el rostro de su nieta entre sus manos callosas.
—Lo que el mundo haga no es tu carga, pequeña. Tu única obligación es que esta tormenta te sacuda tanto que, cuando las puertas se abran, seas incapaz de reconocer a la persona que las cerró. Cambia tú, y habrás cambiado el universo.
Aquella noche, Nora no encendió la televisión. Tomó un peine de madera y, frente al espejo, empezó a deshacer el primer nudo.